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Nostalgia buena / Nostalgia mala

Las celebraciones de noviembre me recuerdan que sí, que Franco murió en 1975, pero que los franquistas aún están entre nosotros, amparándose en nuestra democracia, a la que tanto odian, para atacarla desde dentro

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Bartolomé Ros: "Francisco Franco y Millán Astray abrazados mientras entonan cánticos legionarios. Cuartel de Dar Riffien". Fotografía de 1926.

Bartolomé Ros: "Francisco Franco y Millán Astray abrazados mientras entonan cánticos legionarios. Cuartel de Dar Riffien". Fotografía de 1926.

Como cada año, el mes de noviembre se ha convertido en una retahíla de actos y celebraciones que conmemoran el aniversario de la muerte del dictador Franco, con políticos pseudo-democráticos y periodistas pseudo-periodistas cantando las alabanzas de un régimen que se dedicó a construir todo un entramado social que le permitió sobrevivir durante cuarenta años y tras una Transición que se ha convertido sólo en una excusa para otros cuarenta años de amnesia.

Unos años de amnesia que sólo han servido para perpetuar a unos grupos sociales y económicos que se han mantenido de forma casi inalterable desde la dictadura hasta la actualidad. Basta con mirar los antecedentes familiares de algunos de nuestros ministros y políticos principales para comprender que esa continuidad es un hecho palpable.

Las celebraciones anuales que se producen cada mes de noviembre hacen surgir una nueva cara de esa Transición, tantas veces alabada y tantas veces denostada. Surgen grupos de personas que recuerdan al régimen, que lo conmemoran, que siguen manteniendo la nostalgia de aquellos tiempos. Una nostalgia que a tenor de lo que dicen algunos políticos y periodistas (los "pseudo" de los que hablaba antes) está amparada, correctamente, en la libertad de expresión de la democracia que los ampara, pero que nunca se corresponde con la libertad de expresión que deben tener otros colectivos, otros grupos, otras personas, que piensan de forma diferente, que sienten de forma diferente. Esta es la "nostalgia buena", según la versión oficial: la que no provoca problemas al sistema; la que no "divide España", ese concepto tan manido y que tanta risa me provoca, porque los únicos que dividen a España son los intereses económicos que están consiguiendo que el abismo entre unos y otros se incremente notablemente.

Por otro lado están aquellos que intentan recordar a los que desaparecieron, a los represaliados, a los que aún se encuentran enterrados en las cunetas, a los que sólo sus familias, sus amigos y sus círculos cercanos recuerdan; unas familias que se han visto abandonadas por los políticos, por todos los políticos, tanto por el PP como por el PSOE; que se han sentido abandonadas durante más de cuarenta años, pero no los del régimen franquista, sino los cuarenta años posteriores, los de después de la Transición, los del olvido, los años oscuros en que nuestra democracia y nuestra clase política se ha dedicado a abandonar y arrinconar a esas familias, a esos desaparecidos, a esos represaliados, a esos enterrados en las cunetas.

Y estos últimos, según los "pseudos" de antes, son lo que he denominado "nostalgia mala", porque ellos sí que están dedicados a "romper España", a causar dolor a la sociedad, a dividirla.

O eso podría derivarse de la tendencia de nuestros políticos, de la profesión periodística, de descalificar a las familias que reclaman el recuerdo, la memoria de sus muertos. Me duele ver cómo algunos políticos denostan, insultan o menosprecian a esas familias, sólo por querer conocer el destino de sus padres, madres, abuelos, abuelas, tíos, tías, hermanos y hermanos, por querer darles una sepultura adecuada, por saber dónde reposan sus restos, y que han encontrado un descanso digno.

Me duele que periodistas sin escrúpulos cuestionen los intereses y las intenciones de esas personas que sólo quieren dignificar a personas que murieron, en la mayoría de los casos, por defender unos ideales decentes y legítimos, frente a unos golpistas que se alzaron contra un gobierno legítimo y que instauraron un régimen de terror y represión.

Me duele ver cómo nuestros gobiernos, tan dispuestos a obedecer los mandatos internacionales cuando se trata de recortes económicos a la sanidad o la educación, no están tan dispuestos a acatar esos mandatos cuando hacen referencia a la memoria histórica, a reconocer los delitos del régimen. Pero claro, en muchos casos supondría tener que reconocer los delitos de sus padres y abuelos.

Las celebraciones de noviembre me recuerdan que sí, que Franco murió en 1975, pero que los franquistas aún están entre nosotros, amparándose en nuestra democracia, a la que tanto odian, para atacarla desde dentro. Se manifiestan abiertamente, mostrando símbolos del franquismo, con total impunidad, mientras me pregunto: ¿sería posible manifestarse por el centro de Berlín con cruces gamadas, banderas nazis y fotos de Hitler? La respuesta es sencilla: no. Sería totalmente impensable e ilegal. Pero la diferencia es que Alemania sí afrontó su doloroso pasado nazi, con luces y con sombras, es cierto, pero lo afrontó.

En nuestro país no hemos conseguido aún asumir la carga que supone el régimen franquista, porque la Transición sólo consiguió tapar los hechos y plasmar torticeramente unas ideas que debían considerarse como fait accompli, que no debían cuestionarse y que no podían discutirse abiertamente. Y ahora, con el paso de los años, la sociedad española, al menos una parte importante, ha comenzado a replantearse esos dogmas y a pedir justicia para los suyos, igual que se hizo en todos los países que pasaron por regímenes políticos traumáticos, tanto fascistas como comunistas.

Pero mientras llega el momento en que ese pasado pueda ser abiertamente considerado y debatido, se sigue persiguiendo y denostando, en nombre de una pretendida "reconciliación nacional" que sólo implica olvido para unos y reconocimiento para otros, a aquellos que buscan la verdad, que intentan reconstruir lo que pasó de verdad, lo que se ha silenciado durante tanto tiempo. Se persiguen comportamientos que en cualquier estado de derecho auténtico, con una verdadera separación entre el poder político y el judicial, no pasarían de meras anécdotas, mientras se toleran, en aras de la libertad de expresión", comportamientos que amenazan seriamente la convivencia democrática de nuestro país.

Falta aún mucho camino por recorrer hasta conseguir restituir a muchas familias a los seres queridos que desaparecieron y que se encuentran en las cunetas. Hasta ahora nuestros gobiernos no han hecho más que gestos vacíos para cubrir las apariencias, pero no se ha llegado a conseguir una auténtica reconciliación, porque esa reconciliación no se producirá hasta que se curen adecuadamente las heridas de nuestra sociedad. Y la cura no es, sencillamente, ocultarlas debajo de una alfombra, sino asumirlas y "cuidar" a los sectores sociales que aún se sienten heridos.

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