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Homenaje al palestino Judeh, un hombre bueno y sencillo

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Mi abuelo Judeh fue una persona memorable. Nadie podría haberme hecho conocer Palestina mejor que él. Nacido en 1920 en Beit Jala, tuvo que abandonar la escuela a la edad de 8 años para ayudar a su padre en la construcción de viviendas de piedra, debido a que este había perdido tres dedos una década antes luchando contra el Imperio Otomano; lucha que, según las promesas británicas, habría de traer la libertad a Palestina. Este fue el comienzo de un recorrido por muchas ciudades de Palestina, aunque la mayoría de las casas que construyó lo fueron en lo que hoy se conoce como Jerusalén Oeste, en los barrios palestinos de Talbiya, Qatamon y Baqaa, tomados desde 1948 por Israel. A los seis años de su muerte, no puedo disimular el dolor que me produce que mi amado abuelo Judeh haya muerto sin ver a su país libre.

Judeh tenía historias para cada una de sus aventuras. Yo sabía de la Nakba (catástrofe) de 1948 y sus efectos en Palestina por él, quien fue testigo directo de la voladura del Hotel King David de Jerusalén por terroristas sionistas; de los sobrevivientes de la masacre de Deir Yassin; y también de la llegada de miles de refugiados a Beit Jala y Belén contando las atrocidades que les había tocado vivir. También se acordaba de actos de resistencia y mostraba una sonrisa como diciendo “¡qué ingenuos fuimos!”, cuando describía los fusiles del siglo XIX con que contaban y que muchos creían que podían salvar a Palestina de su destrucción.

Judeh salió de Palestina tras la Nakba. Junto con su hermano Nicolás (Emcula) trabajaron en Chile, donde ya había una importante comunidad palestina, con la intención de volver a Palestina cuando la situación mejorase. Ello nunca sucedió, tal y como pudo leer en la carta que recibieron de su padre explicándoles que las esperanzas de que los ejércitos árabes liberasen Palestina disminuían cada vez más. Esto fue ratificado por la derrota árabe en la agresión israelí de 1967, cuando Tel Aviv ocupó el 22% de la Palestina histórica que no pudo ocupar en 1948.

Como parte de la ocupación israelí de 1967, Israel revocó los permisos de residencia de cientos de miles de palestinos en la Palestina ocupada, incluyendo los de mi familia. Aún recuerdo como Judeh, sin saber nada de política ni de sus derechos bajo la Convención de Ginebra, me contaba incluso sonriendo lo que en 1981 le dijeron en la Embajada de Israel: que solo podría volver a Palestina “para una corta visita” con un pasaporte chileno y tras obtener una visa de turista. “La chica parecía rusa y yo nací en Palestina”. Esta respuesta, parte de una sistemática política para separar al pueblo palestino de su tierra, fracasó rotundamente en cuanto Judeh, un cantero sin mayor educación que la del pico y el cincel, mantuvo sin tan siquiera proponérselo las costumbres y tradiciones palestinas entre sus hijos y nietos. Como Judeh, cientos de miles en todo el mundo hicieron lo mismo.

El difunto poeta Tawfik Zayyad escribió: “Debo esculpir el nombre de cada pedazo robado (…), qué casas explotaron, qué arboles fueron cortados, qué pequeñas flores silvestres fueron aplastadas. Todo ello para recordar. Y continuaré esculpiendo cada acto de mi tragedia, cada fase de mi catástrofe (…) en un olivo en el patio de mi hogar”. Así lo hizo Judeh en el jardín de su casa en Santiago, plantando los árboles que extrañaba de Palestina, principalmente un albaricoque, una vid y un limón. Yo me crié a la sombra de esos árboles, comiendo za’atar (orégano molido con sésamo) y mezclando el laban (yogurt) con el arroz. Judeh nunca tuvo una preferencia por Fatah o por el Frente Popular. Como persona muy sencilla desconfiaba de los políticos, pero de la misma forma los deleitaba cada vez que alguno de mis amigos, diplomáticos o no, nos visitaba en casa. Todos comentaban que en Judeh habitaba el espíritu de esa Palestina simple y hospitalaria que muchos pensaron desde el exilio que ya no existía.

La frase “todos tienen un país para vivir en él, pero los palestinos tenemos un país que vive en nosotros” representa la vida de cientos de miles de personas que como Judeh vivieron sin ver a su país en libertad y terminaron muriendo a miles de kilómetros de distancia, mientras colonos de todo el mundo llegan a tomar sus tierras y pertenencias.

Tras muchas “visitas con visa de turista”, incluyendo una con mi abuelo, finalmente pude volver a Palestina. Judeh se sintió muy orgulloso. Su nieto podría hacer lo que él no pudo. Ahora soy yo el que cultiva su huerto, el que poda sus árboles y el que cosecha sus frutos. También el que toma té con sus hermanas y ayuda a su hermano a cargar sacos. Todo ello hace que me acuerde de la famosa frase sionista de “los padres morirán, los hijos olvidarán".

Si bien muchas cosas han pasado desde la Nakba y Palestina ya no es la misma, la esperanza y el amor del pueblo palestino hacia su tierra se mantienen. La fiel muestra de ello fue Judeh, un simple cantero, que supo traspasar su amor por nuestra tierra. A seis años de su partida, y mientras las flores comienzan a brotar en Palestina, sentía que debía hacer público mi homenaje a un hombre bueno y sencillo. La pregunta que todavía se mantiene es la de cuándo veremos realizado el sueño de tantos como Judeh de tener un país libre y soberano. Pero el amor y dedicación por Palestina no se han acabado. Son millones de Judehs quienes la mantienen viva.

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