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Cuento de mayo

En Sol comenzó algo importante, empezamos a construir éticamente, desde el pensamiento y la palabra, el carácter democrático que ha de superar a un régimen caduco

Última entrega de la serie que Contrapoder ha dedicado a conmemorar los cinco años del 15M

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Éranse una vez las plazas, los chicos y chicas que rompieron el silencio al fin por miles. Éranse los silenciados de la ciudad lanzando, cada media noche, un grito mudo. Las ágoras, los lemas, la horizontalidad, la imaginación tocando de verdad las narices al poder. Érase una vez la primavera en la que se empezaron a quebrar los presupuestos de esta oligarquía.

Érase una vez el desconcierto, la represión, el gesto torcido de los que no entendían. Érase también la alegría de los que sí, la astilla incrustada de aquellas otras luchas solitarias de esos años que ahora destellaban en portadas extranjeras. Una democracia que no era tal, tantos representantes que tampoco, érase un país ante el espejo.

En medio de la ciudad había surgido un campamento de indignados. En su ira organizada no quemaban ni destrozaban. Al contrario. Se cuidaban, se escuchaban y aprendían sin dogmas ni barandillas. Hubo biblioteca, zona infantil y hasta enfermería. Los más viejos resistentes del lugar se frotaban los ojos, los más jóvenes los abrían. Dormíamos, despertamos.

Si recordamos las reivindicaciones de entonces encontramos otra organización para los partidos, otra ley electoral, otra economía y una vivienda digna. De Sol salieron mareas de colores con las que defender lo público, y cuando hoy lo contamos nos sigue pareciendo un cuento. Se impulsaron las PAH y se multiplicaron los y las valientes que ponían su cuerpo frente a la injusticia del desahucio. Se organizó una comisión legal que con los meses fue fundamental. El grito contra la corrupción, además de aldabonazo ético se convirtió en construcción popular de una querella contra la Bankia que estafó. Surgió una radio, aparecieron los yayoflautas, fueron protagonistas las feministas, se defendió la libertad de movimiento y se impidió que en Madrid nos robaran el agua. En Sol, en la Plaza de Catalunya y en el resto de plazas de España se incubaba la amistad política, la felicidad pública, las pasiones que precisamos para darle la vuelta a casi todo.

De la indignación, la revuelta y la esperanza, del diálogo entre iguales, de los aprendizajes, se pasó a una época de resistencia. Durante meses nos atacó por tierra, mar y aire el peor gobierno en décadas, pero se resistía cada carga policial inmisericorde, como las ordenadas por la entonces delegada en Madrid, Cristina Cifuentes. Tenemos memoria, que no rencor. Boicotearon aquel otro día histórico de marzo, el de la dignidad, como lo hicieron al rodear el Congreso, una noche en que la Solfónica protegía a la ciudadanía cantando entre el humo y los golpes, sobre las balas de goma y tanto ruido inútil.

Surgían nuevos medios buscando independencia, pululaban entre el conflicto fotoperiodistas que con sus vídeos e imágenes protegían a miles. Se experimentaba el desborde. Tuvieron que ponernos en las portadas, los sondeos mostraban que una mayoría pensaba como nosotros.

Érase una vez un cambio de época, un día clave como otro cualquiera, como un 14 de julio, como un 14 de abril. Quizá mitificando un poco, recordemos que esto quería ser un cuento, pero sin dejar de lado el adanismo, la desorientación y las disputas, que también las hubo, el 15 de mayo de 2011 empezó nuestra particular revolución política, la primera del siglo XXI. Sin palacios que asaltar para ganarlo todo, sin guillotinas ni cabezas que cortar. Los centros de poder están diseminados como nunca y las instituciones políticas no pueden solas. Pero en Sol comenzó algo importante, empezamos a construir desde el pensamiento y la palabra, con un fuerte contenido ético, el carácter democrático que ha de superar a un régimen caduco.  

Vamos despacio porque vamos lejos.

Han pasado cinco años de aquella frase. Ahora hay que ganarlo todo para dejar atrás una oligarquía que nos roba la vida, el trabajo, las libertades, la sanidad y la educación, que destroza el planeta. Y ganarlo todo no pasa solo por ser gobierno, pero hay que hacerse con él. Esa es la conclusión a la que llegamos algunos, que no todos. Pues el 15M es diverso, apartidista y tiene una valiosa veta libertaria que tanto sigue enseñando.

Éranse una vez unos sindicalistas que hartos de divisiones y burocracias unifican luchas. Éranse los actores, las actrices, los cantantes, músicos y titiriteros, las escritoras y cineastas, los artistas gráficos y las periodistas despedidas. Muchos apoyando la coalición estos días. Muchas uniéndose ahora tal como son, diversas y esperanzadas, llenando en breve las plazas de mayo y junio para tocar y recitar, para soñar con un país al fin justo en una campaña que vamos a recordar. Érase una vez un tejido político y social fortaleciéndose, impulsando, exigiendo, dibujando y desbordando.

Érase un barrio, un pueblo de acá y otro de allá, reuniéndose a comer, a cenar, tras meses de desencuentros y recelos. Ahora sí es la buena, se dicen. Hartos de sentir mal, hartos de pelear. Tras un siglo XX fracturado y entregado a la derecha, al fin se reparten el pan.

Érase un vago recuerdo de aquel mayo, antes de tantas rupturas. Recordemos el calor y los megáfonos, las manos al aire y los carteles, los consensos y los disensos, el respeto. Recordemos la esperanza, la alegría y la amistad. Recordemos la noche por miles. Recordemos que todo esto iba de una democracia que queríamos real.

Somos y seguiremos siendo diferentes, como nuestros proyectos. Y continuaremos debatiendo a fondo. Pero en aquel mayo de 2011 se tocó una primera nota radical, democrática, soñadora y ambiciosa, que puso un tono épico y mayor a la época que queremos traer. Así que volvamos allá para regresar acá, cooperemos a partir de lo que nos une, impregnémonos de lo aprendido desde entonces y salgamos a las plazas a ganar el país, a ganarlo bien, transformándolo de verdad, a construir democracia desde las voces, las acciones, los actos, los silencios y anhelos de cada cual. Repartiendo el poder tal y como decíamos, y con él el pan, el techo, el trabajo, la cultura y toda la dignidad.

Érase una vez un mes de mayo de 2016 en el que todo, una vez más, vuelve a ser posible.

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