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La inversión del principio de fraternidad europea

Las políticas desplegadas por algunos gobiernos, y por la UE, ante el asunto de los refugiados nos colocan al borde de la fascistización de Europa

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¿Cuáles son las bases del sistema de organización social que estáis construyendo?

¿Qué medidas habéis tomado para mejorar la existencia moral y física de la clase más pobre?

Saint-Simon

Ahora que el acuerdo con Turquía ha terminado definitivamente con la posibilidad de encontrar una solución ética a la crisis de los refugiados, parece conveniente pensar sobre cuatro políticas que iluminan, a mi modo de ver, uno de los elementos centrales de la estructura moral de la Europa actual: la inversión del principio de fraternidad. Solamente son cuatro granos de arena más, me dirán, sobre el desierto de la violencia en las fronteras de la UE, en los campos de refugiados improvisados y en los centros de internamiento; solamente son cuatro granos de arena más, podrían insistir, sobre el desierto de los miles de refugiados que hemos visto deambular a través de los campos europeos, custodiados, a veces, por policías, siendo objeto, en otros casos, de varios tipos de vulneraciones de los derechos humanos. Y lo peor es, probablemente, aquello que ni siquiera hemos visto. Quiero centrarme, sin embargo, en las siguientes cuatro líneas de actuación política: el refugio por desposesión, el refugio por híper-explotación, la criminalización de la solidaridad y la celebración de la insolidaridad.    

Hemos visto cómo algunos países europeos han legalizado el desvalijamiento de los refugiados que llegan a Europa en lo que supone de facto la institucionalización del robo a “los otros”. Este es un paso que conviene pensar despacio. Despojar a los que poco tienen de lo escaso que poseen es un acto tan salvaje y brutal que no puede pensarse en ninguna justificación, como no sea hacer más vulnerables a los que ya son evidentemente vulnerables. Te acojo, pero te robo. Te acojo a desgana, una vez que has llegado hasta aquí atravesando mil penurias y después de jugarte la vida, pero, a cambio, me das todo lo que tengas. Una extraña política humanitaria que deberíamos denominar “refugio por desposesión”. Y, para no quedarse solamente con tal acogida, se llegó a plantear también eliminar el salario mínimo para los refugiados. De este modo, y tras la desposesión, se activaría la fase del “refugio por híper-explotación” (si damos por hecho un cierto nivel de explotación, se trataría, pues, de una explotación intensificada o radicalizada). Híper-explotación, por supuesto, legal e institucionalizada.  

Este modelo parece completarse con un tercer elemento: la penalización de la solidaridad. Merece la pena recordar el c aso de Lisbeth Zornig y su marido en Dinamarca. Como quizá recuerden, fueron multados por trasladar en su coche a su casa a unos refugiados, posteriormente les ofrecieron café y finalmente les acercaron a una estación de tren, donde les compraron unos billetes a Suecia. Han sido, pues, multados por hacer lo que supuestamente debería hacer cualquier persona que encuentra a otra en dificultades. En situaciones muy graves, cuando nos encontramos con alguien que ha sufrido un accidente, por ejemplo, lo que constituye un delito es no prestar ayuda, denegar nuestro auxilio. Parece razonable incentivar a la gente a tratar de ayudar, y, sin embargo, es inconcebible que se nos sancione por echar una mano. De hecho, Zornig y su marido han sido multados por hacer algo que debería hacernos sentir orgullosos: ayudar al otro, asistir a quien no tiene nada. Un pequeño gesto de humanidad (un viaje en coche, un café) tan intrascendente en nuestra vida cotidiana que lo hacemos con frecuencia sin darnos cuenta y sin considerarnos héroes de la solidaridad.

El problema es, claro, que se trata de refugiados. Gracias a este caso ya sabemos que ser tan superficialmente solidarios cuesta cerca de 6.000 euros en Dinamarca. Es importante subrayar que no se trata de un caso aislado, ni de un error del sistema, por decirlo así; hay, de hecho, abundantes casos, no poca bibliografía sobre el tema y una larga lista de detenciones y multas. Imagínense si se nos sancionara en cada ocasión en la que operamos bajo la lógica de lo que Graeber llama el “comunismo de la vida cotidiana”; cuando le damos un cigarrillo a alguien, por ejemplo, o cuando invitamos a una cerveza a un amigo. Como escribió Allport, la mera existencia de estas multas muestra que la voluntad de alguna gente, rebelde y desobediente, de ayudar a los refugiados choca con la voluntad de los Estados de impedirlo. La directiva europea de 2002/90/EC y la decisión marco del Consejo 2002/946/JAI amparan de alguna forma estas sanciones, al no distinguir si la “ayuda” se realiza por motivaciones económicas o por motivaciones humanitarias y de solidaridad.

Para completar el cuadro estamos también viendo el reverso de la criminalización de la solidaridad, es decir, la celebración de la insolidaridad: en determinados pasos fronterizos algunos “voluntarios” están actuando como milicias parafascistas secuestrando, reteniendo y evitando el paso de los refugiados. En Bulgaria, por ejemplo, no solamente no ha habido ninguna sanción para estos individuos, sino, al contrario, una delirante felicitación.  

La institucionalización del robo y de la híper-explotación, y no fruto de la acción de algún desaprensivo, la criminalización de la solidaridad y la celebración de la insolidaridad descansan en la misma estructura lógica y moral que los sistemas políticos e institucionales que acaban por dar pie al exterminio de grupos humanos. Si ayudas al más débil estarás cometiendo un delito y serás sancionado; si eres débil serás despojado y posteriormente explotado. La pesadilla de Saint-Simon; nuestra atroz realidad contemporánea. La conjunción de estos acontecimientos nos lleva inevitablemente a identificar y subrayar un rasgo central de la estructura moral europea: la inversión del principio de fraternidad.

Cada hora, cada día, cada semana estamos dando un paso más hacia la realización de la Europa infernal que algunos se empeñan en construir. Una vez más, y hay que insistir en ello, viene de arriba: son políticas activas impulsadas por gobiernos concretos. También hay otras amenazas que vienen de abajo; eso es indudable. Pero no nos digan más que hay una parte de la población que exige estas medidas, porque impulsar políticas que pondrían en marcha alegremente partidos de ultraderecha para evitar que ganen las elecciones esos mismos partidos tiene tanto sentido como exterminar a todos los osos panda para que no se mueran.

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