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Hoy como ayer, por un nuevo país

Solo un proceso constituyente del que surja una revisión total de la actual Constitución podrá dar paso a un nuevo país más democrático, plural y justo.  

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La resignación y el posibilismo no son buenos compañeros en política. Este ciclo político comenzó en las plazas con la determinación de darle la vuelta a todo y no puede finalizar en el desencanto, en un voto sin ilusión repleto de concesiones por miedo a las derechas, creyendo que no se puede construir aquel nuevo país que soñamos.

Se trataba de llevar la voz de las plazas y de las calles a las urnas. Sorprender, hacerles saltar sus agendas con dignidad y coraje, con una imaginación política que deslumbró al mundo. Íbamos lejos.

Desde Unidad Popular estamos en esas. Hoy como ayer. Y como estaremos mañana. Lo decimos claro con propuestas que no se las lleva el viento, con la experiencia y el aprendizaje de estos últimos años.

Queremos acabar con el país del 14% de trabajadores pobres, con la temporalidad que inundó el 92% de los contratos firmados en 2014. No nos gusta el país del gran paro, que además mantiene tan solo un 27% -y bajando- de sus parados con prestación.

Rechazamos el país de la LOMCE, de las segregaciones y las desigualdades, de los recortes en Filosofía y Humanidades mientras se implanta la FP en Tauromaquia. Buscamos acabar con un país donde la Iglesia católica tenga privilegios, donde se adoctrine en las escuelas públicas. Queremos dar la vuelta al país del rey, en realidad queremos que no haya rey, tampoco reina. Cerrar las bases de la OTAN que permiten bombardeos crueles que quiebran vidas, impedir el vuelo de los drones al servicio de la codicia, implantar una política exterior de paz y respeto a la legalidad internacional.

Aquel mes de mayo de 2011 nadie se esperaba lo que sucedió en Sol. Los grandes medios tuvieron que ir incorporándose con el paso de los días, tan acostumbrados al ninguneo de lo que no entienden ni comparten. Hoy, como ayer, no hay más que fijarse a quién vetan en sus debates. Al establishment aquello le pilló con el pie cambiado y antes o después le volverá a suceder.

Nos colamos en la agenda desde las plazas. Nadie nos invitó. No pudieron predecirnos con sus datos y sondeos. Como tampoco invitaron a los afectados por la hipoteca, quienes crearon desde la base la organización política más potente y compleja de los últimos años. Las mareas llenaron las calles de colores en defensa de lo público y los grandes poderes seguían mirando estupefactos desde la barrera. Nadie nos ofreció tampoco personarnos como acusación en los casos de corrupción que sacudían al país, ni publicar nuestra opinión en los nuevos medios para gritar a los cuatro vientos que estaban desnudos.

La idea de cambiar el país que no nos gusta, el que obliga a hacer las maletas a cientos de miles de jóvenes, el que asienta las injusticias sociales a nuestro alrededor, fue tomando forma en las discusiones que acompañaron los movimientos populares. Se nombró como Proceso Constituyente una senda que recorrer juntos entre diferentes en pos de un objetivo común, un nuevo país.

El régimen del 78 a través de su Constitución había blindado una Monarquía que nos trataba formalmente como menores de edad. Algunos dijimos con todas sus letras que queríamos un Estado laico, romper los acuerdos con la Santa Sede y el carácter aconfesional que imponía el texto constitucional. Frente al vaciado de derechos sufrido, en lo que denominamos proceso destituyente neoliberal, apostamos por desafiarlo. En un nuevo texto para un nuevo país los derechos socioeconómicos han de ser exigibles, no meramente nominales. Incumplirlos debe ser sancionable, han de estar al mismo nivel que los ahora considerados fundamentales y las libertades públicas.

Ante la corrupción, la pobreza energética, las privatizaciones perpetradas al servicio de unos pocos y los oligopolios, muchos creímos que era posible lograr la devolución de los sectores estratégicos al sector público. Nacionalizar, sí, hablábamos de nacionalizar con todas sus letras. Hoy lo llevamos en nuestro programa y mañana seguiremos luchando por ello.

El 15M lo protagonizó una generación perdida para el empleo. Y el drama sigue. Los jóvenes entre 16 y 29 años han superado por vez primera a los menores de 16 años en la tasa de riesgo de pobreza y/o exclusión social. Del 23% en 2009 al 36% en 2014. La pobreza infantil no le va a la zaga con un 35%. En definitiva, uno de cada tres menores de 29 años en España está como poco al borde de la pobreza.

Por eso soñamos con otro modelo productivo basado en empleos cualificados y estables. Una economía del conocimiento que dispare la productividad para facilitar el reparto, que se cree trabajo reduciendo la jornada laboral. Soñamos con un empleo basado en salarios dignos, convenios colectivos, seguridad laboral. Más aún, todavía somos muchos los que creemos que la democracia económica no solo es posible sino imprescindible.

Ni nos servía un PSOE que hablaba con lengua de serpiente, ni un PP a todas luces peor. Tampoco sus sucedáneos.

Queremos derogar sus reformas laborales, sus leyes privatizadoras de la Sanidad, abandonar su Estrategia 2015 para una Universidad neoliberal. Buscamos erigir organizaciones políticas al fin democráticas, horizontales, abiertas a la ciudadanía, capaces de revocar fácilmente a sus representantes cuando no cumplan. Acabar con la ley de hierro de los aparatos tristes y en guerra. Reformar uno de los sistemas con menor presión fiscal de Europa y gravar de una vez a los más ricos. De verdad; por tierra, mar y aire. Con impuestos a las transacciones financieras sin esperar a nadie, penalizando a quienes se llevan el dinero a paraísos fiscales.

El diagnóstico era y sigue siendo meridianamente claro, al menos para nosotros: el régimen del 78 mantiene evidentes legados autoritarios y una estructura económica, social, legal y política injusta.

La represión se ha extendido sin freno por el Código penal, con reformas cada vez más punitivas, con una Ley Mordaza no ya antidemocrática, sino directamente antiliberal. La justicia nunca fue igual para todos y la ley electoral es ampliamente reconocida como injusta.

Tras años luchando por recuperar la memoria histórica, dijimos bien alto y sin complejos que nuestro referente constitucional era aquel plenamente democrático de 1931. Las cesiones del 78 no eran las nuestras. El noble impulso popular de entonces fue sofocado por pactos entre élites. Nada por tanto que agradecer, tampoco que celebrar. El nuevo país que queremos se hará desde 2015, pero dignificando aquel pasado vencido que tanto nos sigue enseñando, desde la inaplazable reparación de los daños infligidos por el franquismo. Sin maquillajes ni renuncias, desde abajo.

Sabemos que se ha instalado el marketing, el espectáculo y el ganar a cualquier precio. Se desprecia la ética, se abraza la frivolidad a costa de las propuestas de fondo, se entroniza a los expertos y volvemos a dilemas que ya dábamos por desterrados: reforma o ruptura, viaje al centro para atrapar allí más votos o pedagogía para acercar a la gente a tus principios. La pugna enfrenta en realidad un nuevo elitismo vertical y una apuesta por la democracia cercana.

Un nuevo país, una República laica y federal, que enfrente las desigualdades de género desde lo económico, lo social y lo educativo, que persiga sin cuartel las violencias machistas. Una economía con energías renovables como motor de un desarrollo al fin sostenible, con universidad gratuita, sanidad pública y cien por cien universal. Sin CIE ni deportaciones, sin persecuciones racistas, construyendo una comunidad inclusiva capaz de acoger.

Son propuestas que conforman un proyecto de país que no traicionaremos. Las dijimos ayer en las calles, las seguimos llevando en los programas y las defenderemos allá donde nos dejen expresarnos. Mañana seguiremos luchando por ellas, discutiendo y decidiendo entre todos en cada barrio, en cada pueblo.

Frente al cierre del nuevo bipartidismo que jalea sin pudor debates a cuatro ofrecemos la construcción de un nuevo país plural y democrático, sin miedo a escuchar y dialogar públicamente con todos. Frente a la Restauración comandada por Felipe de Borbón, frente a las Reformas que alivian y apuntalan al régimen, que apenas tosen a sus pilares monárquicos, religiosos, económicos y militaristas, seguimos poniendo sobre la mesa un Proceso Constituyente que nos traiga un nuevo país. La mera Reforma, dirigida por los partidos y controlada por un Tribunal Constitucional bipartidista, será impotente para la gran transformación que precisamos.

La propuesta de siempre era salirnos del artículo 167 y apostar por la revisión total que permite el 168, una nueva Constitución para un nuevo país. Por nuestra parte ahí seguimos. Me encantaría que el 20D esto se tuviera en cuenta, pero sobre todo ojalá se vote con alegría, con orgullo de lo que se hace y con esperanza. Tras las enormes resistencias de esta legislatura, no merecemos menos.

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