Opinión y blogs

eldiario.es

El índice y la Luna: las hipotecas de la evaluación científica

Fuente: http://am.ascb.org/dora/

Una advertencia inicial: este texto supone una invitación explícita a la necedad. Y es que si, como reza el viejo proverbio chino, “Cuando el dedo del sabio señala la Luna, el necio mira al dedo”, me confieso un necio incapaz de apartar la mirada de unos dedos que cada vez más mueven los hilos de nuestra sociedad: los índices (ya sean de revalorización de las pensiones, de interés de las hipotecas, de déficit público, de calificación de la deuda soberana...).

De entre todos esos índices, mi trabajo en la universidad me ha empujado a fijarme en aquel que señala la subida a los cielos (o no) de las publicaciones académicas, las carreras investigadoras y la financiación de proyectos científicos: el índice de impacto. Se trata de una métrica anual de la relevancia de una revista científica basada en el número medio de citas que reciben sus artículos aparecidos en los dos años anteriores. Del cálculo y publicación de esta métrica en los JCR® ( Journal Citation Reports, Informes de Citas de Revistas) se encarga desde 1975 el Institute for Scientific Information (ISI) de la empresa cotizada en Bolsa Thomson Reuters, que se autodefine como “la mayor agencia de noticias multimedia del mundo”. En última instancia, esta métrica es investida de carácter oficial al ser incorporada a los baremos con que agencias de evaluación e instituciones académicas calibran la relevancia de las publicaciones científicas y, en consecuencia, deciden qué proyectos e investigadores merecen crédito (financiación, contratación, promoción, estabilización...) y cuáles no.  

En mi descargo alegaré que nunca habría perdido de vista la luna del impacto académico si no hubiera conocido en 2012 a Juan Moreno Yagüe y Francisco Jurado, dos juristas sevillanos tan necios como para quedarse mirando el Euribor® cuando todos los sabios de la prestidigitación bancaria señalaban al éter de los mercados financieros. Para comprender mejor este contagio de necedad conviene partir de la explicación del Euribor® incluida en la web de su campaña Operación Euribor:


"El Euribor® (acrónimo de European Inter bank Offered Rate , es decir, tipo europeo de oferta interbancaria) es un índice de referencia publicado diariamente que indica el tipo de interés promedio al que las entidades financieras se prestan dinero en el mercado interbancario del Euro. Se calcula usando los datos de los 31 principales bancos que operan en Europa y algunos extracomunitarios, y su valor mensual es muy utilizado como referencia para los préstamos bancarios."


Del cálculo y publicación de esta métrica en el Telerate (una suerte de teletexto financiero) se encarga desde 1999 la empresa cotizada en Bolsa Thomson Reuters, que se autodefine como “la mayor agencia de noticias multimedia del mundo”. En última instancia, esta métrica es investida de carácter oficial al ser incorporada mensualmente al BOE por el Banco de España como un tipo de referencia con el que las entidades financieras fijan el interés de sus préstamos a tipo variable (amén de su influencia en contratos de la Administración Pública con empresas o en el célebre déficit tarifario).

La cuestión es que la necia mirada de Juan Moreno Yagüe y Francisco Jurado les llevó a una conclusión del todo chocante: "el Euribor® es una monumental estafa”. La hipótesis clave de su investigación la explican detalladamente en su web, pero puede sintetizarse así: al menos desde el colapso de las hipotecas subprime en 2008 los datos ofrecidos por el panel de bancos sobre los tipos de interés son meras declaraciones de intenciones sin el respaldo de operaciones de préstamo reales. La reciente multa récord que la Comisión Europea ha impuesto a seis bancos por manipular el Euribor® (además de otros índices) parece avalar la hipótesis de #OpEuribor, por más que la Comisión haya corrido una tupida cortina de humo sobre la naturaleza y la cuantía de dicha manipulación.

En este punto, es inevitable preguntarse: ¿dónde estaban el Banco de España, el BCE o la Autoridad Bancaria Europea cuando se más se los necesitaba? Cabe decir que estaban en la Luna, pues todos los organismos reguladores consultados por #OpEuribor hacen mutis por el foro sobre las operaciones interbancarias y terminan remitiendo a Thomson Reuters, que tampoco sabe ni contesta. Alguien podría aducir que si los reguladores europeos transfieren sus funciones de control financiero a una “agencia de noticias” cotizada en Bolsa, y esta se limita a recibir declaraciones de intenciones de los bancos sin contrastar las operaciones reales, el cálculo del Euribor® no sería más que una encuesta de opinión... y Thomson Reuters no tendría ninguna culpa si luego los Boletines Oficiales la recogen en sus páginas. Estaríamos así ante la misma línea de defensa de las agencias de rating Standard & Poor's, Moody's y Fitch cuando declararon ante el Congreso de EEUU en 2011 que sus calificaciones de riesgo (incluida la triple AAA de Lehman Brothers poco antes de su quiebra) son simplemente “opiniones” y, por tanto, están amparadas por la Primera Enmienda.

A estas alturas habrá lectores que se preguntarán impacientes: ¿Pero qué tiene que ver el Euribor® con el factor de impacto? ¿Acaso sugiere el autor que el JCR® de Thomson Reuters también carecería de base real? Incluso un necio como yo sabe que sería demasiado temerario proyectar las dudas que pueda despertar la división de Thomson Reuters que calcula el Euribor® sobre el resto de actividades de este gigante de la información mundial. Sin embargo, ello no es óbice para señalar la falta de transparencia de los datos originales que maneja Thomson Reuters, la cual llevó a Mike Rossner, Heather Van Epps y Emma Hill a criticar sus estimaciones como “resultados irreproducibles” que, en cuanto tales, serían impublicables en cualquier revista del JCR®.

Con todo, la transparencia no es lo que más me inquieta de este asunto: nadie duda que el liderazgo mundial de Thomson Reuters tiene como precondición su monopolio de la información. Además, no por publicar “resultados irreproducibles” deja una agencia de prensa de estar amparada por la libertad de expresión. En realidad, mi mayor inquietud es otra: ¿están nuestras agencias de evaluación científica otorgando validez oficial a un índice adecuado a aquello que deben valorar? Si asumimos que el índice de impacto se concibió originalmente para medir la relevancia de las revistas (y ayudar así a los bibliotecarios en sus compras) pero hoy se emplea para medir el impacto de artículos y autores individuales, mucho me temo que la respuesta es negativa. ¿Estoy descubriendo algo nuevo? No, pues el propio Eugene Garfield (co-creador del índice de impacto y accionista de Thomson Scientific) reconoce que ese fue su origen, si bien sigue defendiéndolo como “una buena técnica para la evaluación científica” dado que “no hay nada mejor”.

¿No hay nada mejor?

Cada vez más investigadores, asociaciones y revistas científicas internacionales creen que si ese es el mejor argumento que hay para defender el índice de impacto, es que ha llegado la hora de transformar la evaluación científica desde sus cimientos. Fruto de esta creciente convicción, el 16 de diciembre de 2012 vio la luz la Declaración de San Francisco sobre la Evaluación de la Investigación (DORA) (disponible aquí en castellano), un documento promovido por la Asociación Estadounidense de Biología Celular que ya han suscrito 10419 investigadores y 447 sociedades científicas. Las agudas y lúcidas recomendaciones que contienen las tres páginas de la DORA merecen una lectura reposada, pero no me resisto a destacar aquí algunas de sus líneas maestras:

1) “La necesidad de eliminar el uso de métricas basadas en revistas, como el índice de impacto de revistas, en las consideraciones sobre financiación, nombramientos y promoción”. Si bien la DORA contempla mecanismos de transición, su diagnóstico es inapelable: no se trata de remendar los “abusos” o “distorsiones” del factor de impacto, sino de abandonarlo.

2) “La necesidad de evaluar la investigación a partir de sus propios méritos y no a partir de la revista donde se publica”. Tres aspectos me parecen especialmente reseñables de esta perogrullada/herejía (táchese lo que no proceda): primero, el acento en trasladar este cambio de enfoque a los investigadores en fase inicial (los más sensibles a estos índices); segundo, la ampliación de la definición de contribución científica para abarcar los programas informáticos y los conjuntos de datos (basta ver las charlas TED de Hans Rosling para entender por qué); y tercero, la promoción de indicadores de impacto cualitativos como la influencia en las políticas públicas y en la práctica social. Obviamente, evaluar esto es complejo (desde luego más complejo que transcribir un índice de impacto prefijado), pero merece la pena si con ello potenciamos el diálogo enriquecedor entre ciencia y sociedad.  

3) Finalmente, la DORA propone a los editores de revistas “eliminar toda limitación a la reutilización del listado de referencias de los artículos y ponerlo a libre disposición bajo la licencia Creative Commons de Dominio Público”. ¿Qué pretenden con ello? Ni más ni menos que reeditar la apuesta por la web semántica y los datos abiertos en el campo de las métricas científicas. Aquí también la opción por el acceso abierto frente a lo que el reciente Nobel de Medicina Randy Schekman denomina “la tiranía de las revistas de lujo” se evidencia como perentoria. Ahora bien, aun si las revistas no fueran de acceso abierto, bastaría la libre disposición y reutilización de sus metadatos bibliográficos para generar una base de datos de citas que abriría el código de los índices de impacto y, por ende, de las decisiones de evaluación... ¡Sería el fin de los “resultados irreproducibles” porque cualquier persona (científica o no) podría comprobarlos!

En suma, la DORA propone una alternativa a los índices científicos establecidos que halla resonancia en muchos otros ámbitos sociales. Al fin y al cabo, atender a los índices es atender a las creencias, esto es, a cómo una sociedad atribuye su crédito (financiero, político, periodístico y también científico). Y creer a ciegas no es solo la antítesis de la actitud que se nos presupone a los académicos, sino también una amenaza antidemocrática que ningún ciudadano comprometido puede permitirse ignorar. He aquí el sentido último de mi invitación a la necedad: si deseamos apuntar bien a la Luna, debemos impedir que, a fuerza de no mirarlos, nuestros índices se nos vayan de las manos hasta llegar a eclipsarla.

Seguir leyendo »

Diseñar para el mercado o diseñar para la comunidad

Tienda Softwarealpeso en el Mercado de San Fernando de Madrid

Softwarealpeso es una tiendecita de apoyo integral al software libre que, en el mercado de San Fernando (barrio de Lavapiés, Madrid), ofrece servicios de instalaciones, configuraciones, personalizaciones, formación, resolución de problemas y reparaciones de hardware, todo ello con la intención de extender y dar soporte a todas aquellas personas que, queriendo usar software libre, necesitan algún tipo de apoyo profesional, casi siempre puntual, de bajo coste. Es, más o menos, una evolución de los hacklabs actualizada a las nuevas circunstancias.

No hace mucho la gente de Communia me hizo ver cómo la existencia de procomunes globales compatibles con la actividad económica (léase software libre) son muy buenos para una redistribución de los conocimientos y de la renta, ya que permiten poner en marcha proyectos muy locales, en este caso de barrio, que se aprovechan del conocimiento global generado mediante cooperación, al tiempo que lo nutren y le dan valor (en este caso, masa crítica de usuarios activos).

El aprovechamiento del conocimiento global libre permite ofrecer servicios a precios populares... hasta que se te avería el portátil.

Seguir leyendo »

De la industria centralizada al taller descentralizado


La gran industria, centralizadora de los recursos, tecnológicos, humanos, de capital, generadora del empleo de miles de trabajadores, pieza clave de la economía del sistema económico, está en crisis . L o estamos viviendo día a día y de manera evidente en el denominado primer mundo (¡ja!).Vemos c ó mo las grandes estructuras no son sostenibles,  y van resquebraj á ndose. Además somos testigos de cómo las grandes ciudades, los grandes núcleos , son difíciles de gestionar y ante eso se está gestando la descentralizanción de regiones, barrios, distritos, que se van autoorganizando en torno a su disposición geográfica y coordin á ndose en red.

Seguir leyendo »

De lo inmaterial libre a lo material libre

Red social



La Red es múltiple y se extiende. Hasta hace unos años, pensábamos la red como esa red social que cuando vas andando por la calle hace que espacios públicos y privados sean reconocibles y accesibles, permite reconocer a amigos y extraños, entender lo s códigos de una comunicación que se ha ido construyendo poco a poco, con el roce, con el estar, donde los cuidados y los afectos son la base de la red.

Seguir leyendo »

Ver, pagar, reconocer

Curso de entrenamiento doméstico en Notting Hill Gate, Londres, 1944 (Ministerio de Información - Photo Division Photographer)

Leo el libro Calibán y la bruja y a la mitad me tropiezo con una afirmación contundente: "Para los trabajadores varones las proletarias se convirtieron en lo que sustituyó a las tierras que perdieron con los cercamientos, su medio de reproducción más básico y un bien comunal del que cualquiera podría apropiarse y usar según su voluntad. [...] En la nueva organización del trabajo todas las mujeres (excepto las que habían sido privatizadas por los hombres burgueses) se convirtieron en un bien común, pues una vez que las actividades de las mujeres fueron definidas como no-trabajo, el trabajo femenino se convirtió en un recurso natural, disponible para todos, no menos que el aire que respiramos o el agua que bebemos. Esta fue una derrota histórica para las mujeres."

Es así como Silvia Federici explica que el capitalismo, en su avance, en los siglos XVI y XVII levantó cercamientos, enclosures, para privatizar los bienes naturales comunales (bosques, prados, agua...) que mal que bien garantizaban la subsistencia de las personas pobres, empujándolas con ello hacia el trabajo asalariado. Y explica también que el capitalismo, mientras desposeía a la gente (hombres y mujeres) de los bienes naturales comunales básicos para la reproducción, en paralelo fue desposeyendo a las mujeres en un proceso todavía más bestia, excluyéndolas del trabajo asalariado, empobreciéndolas y confinándolas a desempeñar los trabajos necesarios para la reproducción social, sin visibilización y sin sueldo. Es decir, de forma "natural" pasaron a ser para los hombres el procomún que garantizaba la reproducción social.

Veo en este enfoque un péndulo que oscila entre familia y estado. La misma actividad reproductiva, exactamente la misma, puede estar invisibilizada y naturalizada cuando se desempeña en el hogar como actividad doméstica o bien puede estar visibilizada y reconocida cuando se desempeña como trabajo a cargo del estado. Según sea la relación de fuerzas, tendremos mucha familia y poco estado o poca familia y mucho estado. (Está claro que ahora vamos hacia lo primero).

Seguir leyendo »

Salvar lo público, ensanchar el procomún

Imagen de Opensourceway (CC BY-SA 2.0)

El mundo cambia de prisa y la función pública experimenta, como el resto de las formaciones sociales, enormes dificultades para adaptarse a la aceleración que experimenta el cambio tecnológico y cultural.

La función pública debe reinventarse. Por supuesto debe conservar su original identidad redistributiva y regulatoria y asumir nuevas responsabilidades. Nosotros pensamos que nada la ayudará más que la defensa y ampliación del procomún. Los nuevos patrimonios se mueven por las múltiples escalas de lo público, desde lo barrial a lo global, pasando por lo estatal y lo internacional. Y, desde luego, nuestras vidas cada día penden más de variables cuya definición desborda los dispositivos del estado-nación.

Defender lo público será imposible sin una mayor conciencia de lo común. Lo común, por otra parte, es una forma de gestionar los bienes que son de todos y de nadie al mismo tiempo. Y aquí es dónde se hace más evidente la necesidad de reconfigurar la función pública si es que las administraciones públicas van a seguir siendo un actor decisivo. No hay ninguna posibilidad de defender lo publico sin que evolucione hacia lo abierto.

Seguir leyendo »

La promesa de la desorganización

The open source organization: good in theory or good in reality? by Opensourceway (CC BY-SA 2.0).

El mundo está plagado de organizaciones que institucionalizan consensos más o menos democráticos, o valores más o menos impuestos. Gran parte de su actividad se orienta a la producción y reproducción de prácticas y argumentos que fortalezcan sus principios constitucionales y mejoren su legitimidad social. Todas en consecuencia tienen un canon que es fruto de innovadores maridajes entre los asuntos del saber y los del poder. Todas estas instituciones, también llamadas disciplinares, como lo son la escuela, el museo, la academia, la iglesia, el hospital y para muchos los media, el arte y la ciencia, son los pilares sobre los que se asienta nuestro mundo. Un mundo que, sin embargo, no deja de producir exclusión, dolor, enfermedad, desigualdad y pánico. Mucha gente no está contenta y ve otras conexiones, formula distintas preguntas o busca nuevas proporciones. Mucha gente apuesta por la desorganización.

Lo repetimos: el orden es construido y sólo es aparente para quienes comparten el sistema de valores que soporta la supuesta consistencia, armonía o simetría que sostiene nuestro mundo. El más mínimo cambio de mirada, sin embargo, desfigura, descentra o descompone el equilibrio. ¡Son nuestros monstruos! Pero no todo el mundo vive asustado, ni se espanta por las mismas cosas. ¿Podemos vivir sin monstruos?  

El asombro es o debería ser un gesto común. Pero común no debería ser sinónimo de contingente, periférico, colateral, insignificante, y muchos menos desestabilizador o disruptivo. Todo los días lo comprobamos. Cada generación, cada cultura, cada cuerpo o cada localidad, encuentra sentido en conductas, prácticas o protocolos diferentes. Nada tiene de radical decir que eso que llamamos valores es transferido también a los objetos, los dispositivos o las tecnologías que nos rodean. Diseñar, en otras palabras, no es más que proyectar cosas que la gente quiera poseer, experimentar o sentir. Diseñar, en definitiva, es algo que todos hacemos de forma espontánea, ordinaria y constante.

El llamado design thinking, ahora tan redicho y cacofónico, sería una vulgaridad si no fuera porque puede practicarse a la inversa. Y así, de un mantra pasamos a un enigma: del todos nos producimos mediante valores, transitamos al qué valores están embutidos en cada producción. Aquí las cosas se hacen muy problemáticas, pues con frecuencia damos por ineludibles, sabios o eficientes, muchos procesos, principios o protocolos que no son más que el resultado de una adaptación oportunista a un lugar, un tiempo, una cultura o un credo. Basta con que agreguemos la componente institucional para darnos cuenta de la gravedad de lo que decimos, pues ciertamente las cosas acaban siendo lo que son porque lograron fijarse en nuestros imaginarios, nuestros manuales y nuestros estándares como formas probadas, exigidas, naturalizadas y al fin inevitables e impuestas.

Cada cambio entonces implica la alteración de estructuras productivas, jurídicas o afectivas que parecían sólidamente asentadas. Los manuales de historia nos lo cuentan aunque, con frecuencia, sólo reparan en las grandes revoluciones, las grandes culturas, los grandes autores. Todo mayúsculo y todo épico. Cansados de relatos tan portentosos, en algunas facultades de humanidades, escuelas de negocios e institutos tecnológicos se hacen otras cuentas, se narran otros cuentos: historias de lo pequeño que explican cómo modificaciones minúsculas promovieron aperturas hacia lo improbable, lo imprevisto y hasta lo imposible. Nada nos impide aprender de estas historias.

Tomemos pues un objeto, un problema, un proceso, una estructura, un sistema o cualquier otro ensamblaje y expongámoslo a la mirada cruzada de perspectivas mutuamente inconsistentes. Situemos el objeto equidistante respecto a las ignorancias de cada uno de los participantes. Creemos un objeto frontera. Cuidemos que nadie se sienta preferentemente ubicado para comprenderlo mejor. Experimentemos la fuerza que mana de esta inestabilidad. Fomentemos la discrepancia sin cuartel. Hagamos explícitas las divergencia conceptuales. Señalemos el flujo inopinado de prejuicios. Luchemos contra el consenso funcional. Confrontemos el sesgo hacia la normalidad con la que cada interlocutor evita la complejidad. Explicitemos los riesgos inherentes a cada simplificación. Hagamos filosofía de garaje, practiquemos la cultura hacker, despleguemos la imaginación crítica, valoremos el aura de lo colateral, apreciemos el colorido de lo criollo. Hagamos diseño negro como se hace novela negra o humanidades ficción como haríamos ciencia ficción.

La promesa de la desorganización está por descubrir y es un continente a explorar. Para innovar hay que desorganizar: desburocratizar, descentralizar o desjerarquizar, son tareas urgentes si queremos acabar con mucho despilfarro, mucha ineficiencia y, desde luego, muchas asimetrías. Las cosas son como son porque algo y alguien las sostiene. ¿Desde cuándo? ¿Para qué? ¿Con qué aliados, mediante qué tecnologías, desde qué valores? En fin, la organización es culpable de lo mejor y de lo peor. Es el fruto de la simplificación, la exclusión y la institucionalización. Cada orden explícito contiene una forma cruel e insidiosa de desorden implícito. No desorganizar nos condena a la injusticia, el despilfarro y la irrelevancia.

Seguir leyendo »

Empresas del procomún sí, pero ¿qué hay de “lo público”?

Making community software sustainable

Los commons, en su origen histórico, eran tierras bajo régimen comunal gestionadas y explotadas por clases campesinas. Esos bienes comunes formaban parte del sustento vital de dichas comunidades y, a su vez, constituían otra forma de cultura productiva. Si desde su origen estos recursos formaban parte de cierta realidad económica podría sonar redundante hablar hoy de economía del bien común o de empresas del procomún pero, en realidad, lo que se empuja con este nuevo paradigma no solo es aquella misma cultura productiva sino hacer visible que la actual economía capitalista se funda y consolida con la depredación de dichos bienes.

Empresas que sobreviven gracias a la explotación privada de bienes comunes sin ningún tipo de regulación las hay a miles, por no decir que no existe empresa capitalista que no capture, explote o se alimente de ellos. Bien lo saben algunos expertos de la teoría del management, autores de toneladas de manuales que buscan favorecer la comodificación de saberes y conocimientos que circulan en el interior o exterior de las empresas. Lo que en otro momento se suponía "al margen" de la explotación económica siendo considerado como no-productivo, hoy se percibe como un recurso fundamental. Esto incluso podríamos considerarlo como la mera punta del iceberg, puesto que la captura de estas balsas de recursos inmateriales parece casi anecdótica si la comparamos con el uso y sobreexplotación de otro tipo de recursos como los naturales o medioambientales. Por tanto, el tema no es si los bienes comunes toman o no un papel en el modelo económico, el tema es bajo qué principios éticos nos relacionamos con ellos.

En ese sentido, lo que denominamos empresas del procomún no es una categoría que define un matrimonio de conveniencia, sino una realidad económica compleja donde estructuras empresariales se relacionan con bienes comunes, gestionándolos, produciéndolos y explotándolos pero –punto fundamental– sin erosionarlos, sobreexplotarlos o privatizarlos. Como comentábamos en un artículo anterior donde introducíamos las empresas del procomún, es importante ver que la supervivencia de estos recursos de base comunitaria depende de pactos, mecanismos de gobernanza y la habilidad de detectar y respetar las diferentes esferas de valor que emergen del procomún. Por otro lado, señalábamos que con el estudio de casos de empresas que se relacionan bajo principios éticos con el procomún no vamos a poder aportar soluciones ideales, pero sí un compendio de ejemplos y patrones de los que podemos aprender. Asumimos así que manejamos prácticas con una escala y una dimensión pequeña, en muchos casos local y que difícilmente puede replicarse o crear espacios económicos homogéneos en una escala mayor. Y justo aquí es donde empezamos a echar en falta “lo público” o, mejor dicho, muchas de las funciones que pensábamos cumplía.

Seguir leyendo »

El kit de iniciación a Arduino o cómo aprender electrónica al estilo punk

Arduino Starter Kit

Si en el anterior post se hablaba de empresas del procomún hoy toca concretar con un ejemplo de producto cuyo éxito está basado, entre otras cosas, en la apertura. Para quien no lo conozca, Arduino es un pequeño chip que permite a quien lo usa interactuar electrónicamente con el "mundo real". Es decir puedes conectar sensores y obtener información: ¿Qué temperatura hace? ¿Hay alguien en la habitación? ¿Alguien ha tocado la mesa? Y además actuar en base a esa información: Abre la ventana, enciende lucecitas, sube el dato a Internet.

La plataforma Arduino prácticamente inauguró la categoría del "open hardware". Siguiendo los principios de apertura de código y de libertad para compartir del software libre, el "open hardware" libera el diseño de los circuitos. Esto permite a los cracks del asunto entender completamente las tripas del aparato y es uno de los factores que explican el éxito de Arduino. Porque aunque a la mayoría no nos interese entender como funciona en detalle, esta apertura establece una s bases para construir una buena relación con la comunidad. Una comunidad se agrupa mejor en torno a un producto que se sabe de todos y por el que no hay que pagar licencias extrañas, que frente a un producto cuyo funcionamiento ocultan sus creadores.

Así, la gran comunidad de Arduino lo ha convertido en el estándar de facto para todos aquellos que hacen cosas con electrónica sin ser "profesionales" de la electrónica. En Arduino pocas veces se empieza un proyecto desde cero. No importa lo que quieras hacer, alguien habrá hecho algo parecido antes. Así que navega por los ejemplos, por los foros de Arduino.cc o busca en Google desde "sensor temperatura arduino" hasta "brainwaves arduino" para encontrar  ejemplos y código que alguien ha compartido antes. Lees el código, entiendes, copias y pegas lo que te interesa, después añades lo que necesitas y vuelves a compartir tus resultados.

Además como el entorno es muy simple, muchas veces es más sencillo probar cosas y ver qué ocurre, que someter nuestras ideas a un análisis "teórico" sesudo antes de ponerlas en práctica. Esto supone una forma de trabajar muy distinta a la que la mayoría aprendimos en las escuelas de ingeniería, donde se prioriza el entendimiento matemático del circuito electrónico. Con Arduino se aprende haciendo proyectos.

Seguir leyendo »

La modestia del procomún (o la economía que no aspiraba a serlo)

Building an open source business by Opensourceway (CC BY-SA 2.0).

Uno de los aspectos más interesantes que se derivan del renovado interés por el procomún es que implícitamente se han empezado a cuestionar algunos de los pilares básicos que sustentaban la economía clásica. Elinor Ostrom, la única mujer que ha ganado el premio Nobel de economía, basó gran parte de su trabajo en estudiar a comunidades capaces de explotar un recurso sin que ninguno de sus miembros lo poseyera en exclusiva. De esta manera la politóloga ha demostrado que no hace falta instaurar la propiedad privada para que se puedan diseñar entramados económicos viables y sostenibles.

Muchas de las experiencias de las que se sirvió Ostrom para entender estos sistemas de gestión colectiva llevan mucho tiempo en funcionamiento y tienen dilatadas historias, ejemplos de gestión de bosques comunales, cooperativas de regantes, explotación de arrozales, etc. En todos los casos nos enseñó que la clave de la superveniencia de la gestión colectiva reside en la capacidad de estas comunidades de diseñar modelos de gobernanza adecuados a sus propias necesidades y a las especificidades del contexto.

Cuando empezamos a investigar con detalle diferentes casos en los que el procomún y la economía entran en contacto nos damos cuenta de un factor muy interesante, el procomún no produce "modelos económicos", es decir, fórmulas replicables que se puedan implementar en diferentes contextos. Al contrario, nos ofrece formas más o menos ingeniosas diseñadas por las diferentes comunidades para poder explotar ciertos recursos de forma sostenible. Así pues, el procomún nos proporciona ejemplos muy situados de gestión, sistemas completamente integrados en contextos sociales específicos que no aspiran a universalizarse sino a ser viables.

Seguir leyendo »