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"Hablar", un retrato de la España en crisis de Joaquín Oristrell

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"Hablar", un retrato de la España en crisis de Joaquín Oristrell

"Hablar", un retrato de la España en crisis de Joaquín Oristrell

Como una coreografía perfecta o como un plan ultrapreciso para atracar un banco. Así se gestó "Hablar", el último experimento cinematográfico de Joaquín Oristrell, un retrato de la España en crisis rodado en una sola toma de 79 minutos a lo largo de 500 metros del barrio madrileño de Lavapiés.

Oristrell (Barcelona, 1958) que hace años estuvo en la primera división del cine español -entiéndase comercial: "Entre las piernas", "Boca a boca"- se pasa así al bando de "ese otro cine" que con pocos medios logra hacer de la necesidad virtud.

Y lo hace arriesgando en forma -con ese plano secuencia vivo, sin trampa ni cartón- y en fondo, dándole el protagonismo a la palabra. "La palabra da esperanza y también la pervierte", señala el director y guionista a Efe, a unos días del estreno en salas del filme, tras haber inaugurado el pasado Festival de Málaga.

Hay tantas formas de hablar como personas, y cada una de ellas es aquí un retazo de una historia en un momento único de la España actual.

La cámara arranca con un Raúl Arévalo saliendo del metro de Lavapiés rumbo a una incierta cita concertada por internet y va desplazándose calle abajo hasta llegar a la sala de teatro Mirador, de Cristina Rota, corresponsable de este singular proyecto.

"Hay distintas formas de hablar", ratifica Oristrell. "Desde Sergio Peris-Mencheta, que es el conspirativo; a Nur Al Levi, que renuncia al habla porque no está segura de que las palabras le den sinceridad".

Y luego están los que no escuchan, como el personaje de Marta Etura, porque "a veces la desesperación no te permite ver la luz", y los que usan las palabras retorciéndolas para justificar barbaridades, como el pequeño empresario de Juan Diego Botto.

"Se trata de una película tan pequeña como ambiciosa", admite el director. "El primer motor era que queríamos dar la voz al actor -cada uno de ellos lanzó las propuestas para sus personajes- y, a partir de ahí, ver si el conjunto tenía coherencia para plantear una foto de España hoy".

Unos trabajaron con ideas e improvisación, otros escribieron su propio texto al detalle. Y así fueron saliendo temas como los desahucios, el paro, la corrupción, la crisis inmobiliaria, el hambre, los malos tratos, el amor.

"Todos entraron a saco en el proyecto, pese a que eran tres días de rodaje sin cobrar -y más de una semana de ensayos-. Parecíamos un campamento de verano", comenta Oristrell.

En cuanto a la planificación técnica, asegura que al principio el plano secuencia era una solución práctica para poder cuadrar las agendas de todos los actores, y que empezó a trazarlo echando mano de Google Maps.

"Pero la necesidad se convirtió al final en el motor y en el sentido de la película", añade. "Es como un directo, como un partido de fútbol, donde los jugadores están ahí, cada uno en su ubicación dispuestos a salir cuando les toque. Y eso le da a los actores la energía del momento, y también a los técnicos y a la cámara".

Una adrenalina que traspasa al otro lado de la pantalla en forma de invitación a volver a poner la mirada en el aquí y el ahora, en estos tiempos de hipercomunicación virtual, de móviles y tablets que interrumpen el contacto con el entorno inmediato.

Por Magdalena Tsanis

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