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Kostandovo, la aldea búlgara donde nacen alfombras para Palacios Reales

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Kostandovo, la aldea búlgara donde nacen alfombras para Palacios Reales

Kostandovo, la aldea búlgara donde nacen alfombras para Palacios Reales

Hilos con cientos de colores diferentes, dedos precisos, meses de paciencia y máxima concentración. Son los "ingredientes" para las alfombras de un modesto taller en Kostandovo (sureste de Bulgaria), desde donde son enviadas a palacios, bancos y otros lugares glamurosos de Europa.

Estas obras maestras, que llegan a tener decenas de metros cuadrados, son hechas completamente de mano y materiales naturales.

Cubren los suelos de lugares como el palacio de Buckingham, en Londres, o el castillo de Osborne, que fue la residencia de verano de la Reina Victoria en el siglo XIX, en la isla de Wight.

También se encuentran en algunas propiedades de la familia real de Holanda, en el Banco de Inglaterra, en Londres, en el Museo Albertina de Viena, o en casas del mítico rockero Mick Jagger.

Bulgaria tiene una larga tradición en la producción a mano de alfombras, aunque la llegada de tecnologías modernas de producción masiva hicieron que casi todas las empresas del país cerraron.

Lo que era un desastre para muchos, era una nueva oportunidad para Nino Parpulov, un empresario de Velingrad, una cercana cuidad.

El antiguo empleado en una fábrica de muebles, cerrada tras la caída del comunismo, se vio obligado a trabajar como taxista a mediados de los años 1990.

En 1995 un cliente le hizo ir hasta un taller de alfombras en Kostandovo, hundido en deudas y a punto de quebrar.

Fascinado por el lugar, el búlgaro consigue adquirirlo, junto a un inversor británico y la ayuda de una fundación estadounidense.

En pocos años convirtió el taller en un negocio, preservando la tradición en producción de alfombras hechas exclusivamente de lana de oveja y colorantes naturales.

Cuatro años más tarde -el taller estaba a punto de ser rentable- llegó el encargo que iba a definir el futuro de esta empresa.

"Ya habíamos enviado cinco alfombras al Banco de Inglaterra, para el British Museum y una biblioteca en Gran Bretaña", recuerda Parpulov, de 61 años.

"Entonces llegó el encargo más importante, el de la familia de la reina Isabel II para la antigua residencia de verano en la isla de Wight", cuenta en declaraciones a Efe.

"Habían decidido abrir parte del edificio al público y para esto necesitaba recuperar el interior como era en 1837", explica.

La tarea pasó por varias dificultades porque la única pista de la alfombra original era una pintura donde se veían algunos fragmentos.

Un pintor británico trabajó durante dos años para precisar el diseño adecuado que luego fue entregado a las trabajadoras del taller de Parpulov para producir la alfombra.

"Eran 140 metros cuadrados y 26 obreras la tejieron durante ocho meses. Esta alfombra era compleja porque debía caber en una sala de forma irregular, con muchas columnas", explica el búlgaro que durante el ciclo de producción casi no salía del taller.

"La reina Isabel personalmente inauguró la residencia con la nueva alfombra. Su marido, Felipe, de origen griego, también estuvo presente en el acto", cuenta el empresario.

Felipe "no podía creer que la alfombra estuviera hecha en Bulgaria, con el argumento que conoce bien la región, por lo que lo consideró imposible", relata Parpulov con una sonrisa.

A partir de entonces su taller empezó a recibir encargos de clientes nobles y de fama mundial.

Lo difícil de producir alfombras de grande tamaño y calidad, sea una original o una réplica, es la elección de los colores.

Según cuenta Parpulov, en su taller se trabaja con 7.000 colores, todos con base natural y sin agentes químicos agresivos.

Pese al éxito de la empresa, es cada vez más difícil encontrar tejedoras hábiles en Kostandovo.

Por eso, algunas de las tejedoras de Parpulov tienen décadas de experiencia en este trabajo, que demanda un máximo de concentración y habilidad con los dedos.

Una de ellas es una mujer que se identifica como Svetlana. "Los jóvenes no tienen interés en nuestro trabajo. Algunos intentan y se retiran poco después, prefieren ir a trabajar al extranjero", dice.

"Tejer una alfombra exige paciencia, además es un deseo que llega desde el corazón. Los jóvenes buscan ganancias rápidas en vez de pasar horas concentrados en no cometer algún error que pueda ser fatal para todo el proyecto", dice esta mujer, que se ha pasado 40 de sus 60 años de vida tejiendo alfombras.

Su jefe cuenta que durante siglos las alfombras se consideraban en los Balcanes un "tesoro familiar".

Y como los buenos vinos, las alfombras de máxima calidad no pierden valor, al contrario.

Parpulov asegura que algunas de sus alfombras se han vendido en los últimos años en subastas en Europa al doble del precio original.

"Así, un metro cuadrado de una alfombra que sale de aquí costará en dos siglos hasta 50.000 dólares", asegura Parpulov de forma críptica, sin querer revelar ni el precio actual de sus alfombras ni el salario medio de sus empleadas.

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