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Oraciones, nostalgia, música y comida se conjugan en los cementerios de Ecuador

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Oraciones, nostalgia, música y comida se conjugan en los cementerios de Ecuador

Oraciones, nostalgia, música y comida se conjugan en los cementerios de Ecuador

Su padre murió hace cuatro años pero René Paucar sigue entonando las canciones preferidas de su progenitor cada noviembre ante un nicho decorado con flores, en un cementerio ecuatoriano, donde cientos de personas arreglan la última morada de sus seres queridos en medio de recuerdos, oraciones y nostalgia.

Vestido de negro absoluto, Paucar cuenta a Efe que acudió al camposanto con ocho de los quince integrantes de su banda que, con saxofones, tambores, trompetas, trombones, bombos y platillos, entre otros instrumentos, inundaron de música una parte del cementerio, mientras otro grupo hacía lo propio a pocos metros.

Deudos de otros difuntos esperaban turno a su lado para llevarlo ante otras tumbas a honrar a sus parientes con tres canciones que la banda entona por cinco dólares.

Como Paucar, miles de ecuatorianos acuden hoy a los cementerios con motivo del Día de los Difuntos, una jornada en la que se entremezclan elementos católicos, paganos e indígenas y que ha echado profundas raíces dentro del folclor local.

El sacerdote Edwin Guacho recordó a Efe que la víspera del Día de los Difuntos, se celebra el de Todos los Santos y que con una misa en el cementerio de una parroquia cercana a Quito, acompañó a los fieles en su preparación para recordar a quienes ya partieron.

La costumbre católica manda la celebración de misas en el camposanto, al que la mayoría de visitantes ya no llegan con rigurosa vestimenta negra como antaño, aunque los mayores mantienen el oscuro color en toda su indumentaria.

"Hay que entender a la muerte no como un hecho mismo de dolor o tristeza sino más bien entenderla desde el sentido mismo de la esperanza de participar en la resurrección de Cristo".

Las tumbas lucen hoy renovadas, pues desde hace varios días, familiares y amigos de los fallecidos han acudido a los distintos camposantos a arreglarlas, al igual que los nichos y los panteones cuyos modelos dependen del ingenio y la economía de los deudos.

Muchos indígenas, para quienes la muerte más que desaparición es transformación, acuden a los cementerios con abundante comida para compartir con sus muertos y agradecerles su contribución en la vida.

La cosmovisión indígena dicta que la muerte proporciona ese contacto con el más allá y hace posible el flujo constante de energía entre diferentes mundos.

La tecnología no falta ni en el camposanto: una mujer arregla dos pequeños altavoces y acomoda un ordenador sobre la tumba que tiene los nombres de su padre y su madre. Poco después, le rodean sus familiares y juntos ven un cadencioso desfile de fotografías de sus progenitores.

Cánticos, rezos, silencios reflexivos y nostálgicos se mezclan en el cementerio donde abundan las velas, el olor a incienso, donde se juntan las manos en infinitas plegarias, donde hay quienes dicen no entender la muerte, que otros aceptan con resignación, y donde unos más han aprovechado la ocasión para asuntos menos espirituales y más terrenales... y comerciales.

Y es que en medio del murmullo típico del lugar se escucha a los vendedores de dulces o agua con avisos menos sonoros que sus colegas apostados en las afueras del cementerio donde, a voz en cuello, ofertan tarjetas y adornos para las tumbas en colores morados, dorados o blancos, combinados o en solitario.

Además, en distintas casetas afuera del cementerio situado a unos 30 minutos de Quito, se vende comida típica, salchichas, mejillones, cangrejos, diferentes frutas y, por supuesto, la típica bebida de la época: la colada morada, hecha a base de frutas y harina, que -como manda la tradición- va acompañada de pan en formas humanas.

A diferencia de lo que ocurre en cementerios en grandes ciudades u otras localidades, en los alrededores del de la parroquia se venden espadas de luces que atraen a los niños y otros juguetes cerca de juegos inflables colocados en mitad de una calle cerrada al tráfico de vehículos, donde los más pequeños invaden el aire de sonrisas, donde la vida sigue su curso.

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