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Cultura & tecnología

CRÍTICA

CentroCentro, macedonia de exposiciones en el corazón de Madrid

El espacio público del Ayuntamiento de Madrid acoge un abanico de colecciones dispares 

De una reflexión a los límites de nuestro tiempo personal, cada vez más diluidos por las nuevas tecnologías a una reflexión sobre la desprotección de la arquitectura

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Ruiz De Infante Transfiguracion

En CentroCentro, el espacio público del Ayuntamiento de Madrid, hay un café, salas de lecturas, conciertos y también exposiciones. El mero hecho de que las haya puede ser puesto en cuestión, pero las malas noticias al final.

En estos meses, más o menos hasta junio hay tres muestras principales, llamadas 24/7 Conectados; Tiempo de alegría, tiempos de desamparo y El borde de una herida. También hay una del fotógrafo Geray Mena, una de artistas gitanos llamada Akathe te beshen, sastipen thaj mestepen ( Aquí nos quedamos, salud y libertad), además de Ciudad Decisiva, una reflexión sobre la desprotección de la arquitectura, compuesta por unos paneles sobre el patrimonio arquitectónico de Madrid. El destruido y el amenazado.

Empecemos por esta última. ¿Cómo puede compararse la ruina del frontón Recoletos de Torroja/Zuazo o la Pagoda de Fisac con la reciente demolición de la casa Guzmán? El primero, construido en 1935 fue un breve hito de lo popular en el Madrid más castizo, con un interior espectacular. Un edificio al que le cayeron varias bombas en la Guerra Civil y luego se hundió dos veces. Su demolición total en 1973 lo fue de un pecio arquitectónico.

La Pagoda (casa de los Picos, 1967) era conocidísima porque estaba junto a la autopista de Barajas y era otro gran edificio, este sí demolido por sorpresa y con alevosía. Sin embargo, la casa Guzmán (1975), una vivienda unifamiliar en una urbanización, no la conocía nadie más que sucesivas promociones de arquitectos y existe una corriente de opinión que la consideraba la menos interesante de las viviendas familiares realizadas en Madrid por el arquitecto Alejandro de la Sota.

En fin, siempre está bien alertar sobre los peligros que corre el patrimonio, pero igual sería buena idea que algún arquitecto montara una exposición sobre Edificios modernos que deben ser demolidos, como por ejemplo la Torre de Valencia, que destruyó uno de los mejores y más tradicionales paisajes urbanos de Madrid, el de Cibeles mirando hacia la Puerta de Alcalá.

Pero ¡ah!, resulta que ese edificio, construido entre protestas en 1973, saltándose a la torera la legalidad y la sensatez, fue realizado por Javier Carvajal (1926-2013), figura plenamente integrada en la oficialidad arquitectónica, por mucho que fuera ese tipo de arquitecto que plantaba sus edificios de firma en cualquier parte sin importarle lo más mínimo el entorno. Urbano o semiurbano, personas o animales, como quedó patente en el tan interesante como agresivo Zoo de Madrid. Sería una exposición muy de agradecer que podría realizarse en muchas ciudades.

Aquí nos quedamos, salud y libertad va de arte realizado por gitanos de diferentes países. No es posible entrar en una crítica como suele aplicarse a otras exposiciones. Y ello porque el tipo de selección implica que no hay mayor coherencia formal o intelectual ni más propósito que el testimonial. Lo cual está muy bien pero tiene como consecuencia que pasemos de unos enormes retratos al óleo de Camarón a unos dibujos sobre el campo de concentración de Auschwitz casi sin solución de continuidad. También las aproximaciones son demasiado diferentes. Lo dicho, señalar que existe para quien pueda estar interesado.

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Christine Bruckbauer y Patricia K. Triki

Otras de las exposiciones tienen que ver con lo solidario. Por ejemplo El borde de una herida, una reflexión sobre la migración en el Estrecho y Tiempos de alegría / Tiempos de desamparo, comisariada por Simeón Saiz Ruiz, Monika Anselment y Wolfgang Wirth. Esta última busca reflejar las dramáticas vicisitudes que han tenido y tienen lugar en los países de la Primavera Árabe o en los de Oriente Próximo.

La exposición está bien ideada, con dos entradas posibles que conducen desde la alegría al desamparo y viceversa. Hay algo previsible pero de lo que se ha prescindido: la imágenes gore con que nos han ido obsequiando los medios. Se agradece y es sensato porque la profusión de esas imágenes terribles, aunque pueda despertar la compasión tiende a ignorar la reflexión.

El interés, la calidad de los trabajos y su adecuación al tema varían bastante pero hay algunos destacables, como  La chronologie, 2011–2016, Christine Bruckbauer y Patricia K. Triki en el cual se van narrando en sucesivas hojas de papel la represión que el gobierno de Túnez ejerce sobre los intelectuales desde el 2011.

Sofía Jack, en una de las dos obras que presenta, La huella de los ausentes, realiza un ejercicio gráfico muy sencillo, a primera vista curioso y en segunda estremecedor: se trata de la típica pirámide demográfica, en esta ocasión de Siria, de la que se han deducido los cambios que impone en esa gráfica el éxodo de millones de refugiados. El mismo Simeón Saiz Ruiz muestra retratos en primer plano de diferentes grupos y en general, aunque desiguales pueden encontrarse muchos detalles.

Simeón Saiz Ruiz

Simeón Saiz Ruiz

Los límites del espacio-tiempo

24/7 Conectados es la única exposición que se atiene a los cánones habituales y curiosamente es la más original. El tema elegido por la comisaria Luisa Espino es bueno, sin duda. Y aunque con algunas curiosas contradicciones, está bien realizado. Por lo pronto, hay dos videomontajes que suelen reseñarse entre los más significativos del género. Obreros saliendo de la fábrica (1995) de Harun Farocki y Telephones(también 1995) de Christian Marclay.

El primero son una serie de 12 monitores con imágenes de obreros saliendo de fabricas rodadas en cada década posterior al corto (cortísimo, no llegaba al minuto) rodado en 1895 por los hermanos Lumiere con ese mismo nombre. El segundo es un montaje de llamadas telefónicas extraídas de películas comerciales en las que apenas se dice una palabra o no hay palabras, contestadas de la misma forma por otra palabra u otro sonido. Es un trabajo que antecede al muy impresionante The Clock, 24 horas de montaje virtuoso que fue la gran sensación en la Bienal de Venecia del 2010.

A veces lo exposición incurre en contradicciones tan flagrantes que deben interpretarse como intencionadas. La más notable es la yuxtaposición de los trabajos de Superflex, un hombre hablando sin parar, con la de Ceal Floyer que se refiere al silencio de manera explícita. Justo después está Transfiguración de Francisco Ruiz de Infante, que parece un set fotográfico imposible y más allá del cual no hay nada. Hay que regresar a la entrada y verlo todo en orden inverso. Vale la pena, hay obras como las de Mladen Stilinovic, Tania Blanco, Cristina Garrido, Marta Minujín, o Martha Rosler, por mencionar solo algunas, que son bien interesantes. Aunque todo el conjunto lo es.

Se trata de un grupo de exposiciones algo incoherente, como puede apreciarse, pero eso no es lo peor. En dos visitas había unas seis personas en las salas, la misma situación que en exposiciones anteriores. Una cosa es poner en cuestión exposiciones espectaculares diseñadas exclusivamente para atraer público y otra que se hagan exposiciones para que no las vea nadie.

El antiguo Palacio de Comunicaciones nunca fue pensado para realizar este tipo de historias y el hecho de que el edificio sea al mismo tiempo el Ayuntamiento no ayuda. Para empezar, no hay anuncios exteriores que avisen de lo que hay en el interior. En ese interior tampoco queda nada claro a primera vista ni lo que hay ni donde está. Hay información muy amable y efectiva, pero dedicada a todo tipo de temas.  

La entrada, a través de arco detector y rayos X es normal, pero no lo son tanto unos empleados de seguridad de una sequedad rayana en lo áspero. Sin embargo, no hay vigilantes de sala. Las exposiciones están distribuidas en cuatro plantas y se sitúan en antiguos lugares de paso que tampoco son idóneos. Ya se ha comentado que la programación no parece guiada por por un criterio discernible.

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SUPERFLEX

La pregunta sería ¿tiene esto sentido en su situación actual? No parece, porque socialmente no se justifica lo que nadie ve. La segunda podría ser ¿tiene arreglo o es mejor dejarlo? Hacer cosas por hacerlas, incluso aunque sean majas, bienintencionadas y estupendas, es dilapidar el esfuerzo de artistas y comisarios y unos dineros que, sin ser nada cuantiosos dado que todos los montajes son modestos, tampoco se justifican. Como en tantas otras cosas, se trata de tomar decisiones tras haber analizado la realidad. Es fácil decirlo, un poco más complicado hacerlo. Pero seguramente no tanto.

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