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“Cristóbal Colón fue un terrorista, pero la Historia perpetúa el supremacismo blanco”

Spike Lee presenta su última película 'Infiltrados en el KKKlan'

Mónica Zas Marcos

Spike Lee (Atlanta, 1957), tiene la certeza de que el mundo recibe un espejismo falaz de Estados Unidos a través de Hollywood. Quizá por eso, el cineasta se infiltró hace cuatro décadas en la maquinaria mejor engrasada del séptimo arte, como también lo hace a su manera el protagonista de su nueva película, Infiltrado en el KKKlan

Desde dentro, Lee ha podido contar las tensiones raciales de Brooklyn en Haz lo que debas, crear el mejor biopic de Malcolm X en su película homónima o simplemente hacer una aportación brillante al cine de acción con La hora 25 u Old Boy, en las que el activismo antirracista no desaparece pero queda relegado a un segundo plano. Con Infiltrados en el KKKlan, en salas desde el pasado día 31, el director recupera su pulso combativo en un momento crucial donde las sutilezas no tienen cabida.

El presidente Trump no merece ser nombrado para él, por eso le refiere como Agente Naranja, y sin embargo es inevitable que aparezca en cada una de las entrevistas que Spike Lee concede en Madrid. Su nueva película se ambienta en los años 70, pero sin Trump y el auge de los nacionalismos en todo el mundo no sería tan oportuna como lo es hoy en día. 

Infiltrado en el KKKlan parte del caso real de Ron Stallworth (interpretado por John David Washington), el primer policía afroamericano de Colorado Springs que acabó siendo guardaespaldas de David Duke, líder cuasi político del Ku Kux Klan. Lo irónico de la situación, y más en la época auge del movimiento Black Power, le ha servido a Lee para elaborar su conocido maridaje entre comedia y drama también en este filme.

Su vuelta al cine militante no ha dejado indiferente a la crítica ni a Cannes, donde fue laureado con el Gran Premio del Público. “Si eres un artista, ya seas un músico, poeta, pintor o cineasta, y decides que tu pieza de arte no tenga contenido político, esa ya es una decisión política en sí misma. ¿Cómo podría el arte no ser político?”, asegura Spike Lee ataviado con una gorra de los Yankees, sellos de oro en las manos y una chupa vaquera plagada de parches.

“Pero el artista también tiene derecho a contar la historia que quiera. Esta es mi cuarta década como director, he hecho alrededor de treinta largometrajes, y no todos se identifican como políticos. No me considero a mí mismo como un cineasta político, sino un contador de historias”, puntualiza en conversación con eldiario.es. 

Lee hace uso de otras películas como Lo que el viento se llevó (1939) o El nacimiento de una nación (1915) para demostrar lo fácil que es destilar contenido racista a través del cine. Precisamente la segunda, según él, fue la que despertó al KKK tras años de letargo. “Como dice uno de los personajes, el Klan estaba desaparecido hasta que se estrenó la película de D.W Griffith. El nacimiento de una nación lo resucitó y condujo al linchamiento de afroamericanos. A los asesinatos”, sentencia el cineasta.

“La pregunta importante es si el público es capaz de separar la persona de la obra. ¿Puede gustarte la canción pero no el o la que la interpreta por sus ideas políticas?”, lanza. “Yo acabé mi grado en la escuela de cine en 1982. En el primer año, el primer filme que vimos fue El nacimiento de una nación. Y nos dijeron lo gran cineasta que era D. W. Griffith y lo que supusieron sus innovaciones. El problema fue que no nos dijeron que esta película provocó que mucha gente negra fuera asesinada. Así que, si vamos a proyectar Lo que el viento se llevó o El nacimiento de una nación, al menos contemos la historia completa”, resuelve.

Los presidentes esclavistas

No es ningún secreto que la Historia es una asignatura pendiente en Estados Unidos, como ya demostró el catedrático James Loewen en el libro Patrañas que me contó mi profe. Los manuales están desfasados y normalmente se enseña desde la perspectiva del salvador, donde las invasiones quedan maquilladas sin consecuencias culturales ni antropológicas. Para Spike Lee, el problema se remite al principio de los tiempos.

“La historia de EEUU está basada en una mentira. La narrativa es una mentira. Nos vendemos como la cuna de la democracia, pero es una mentira. La verdad en la que yo creo es que los cimientos de los Estados Unidos de América se han erigido sobre el genocidio de los nativos y la esclavitud”, declara. 

Y continúa: “Robaron la tierra a los nativos y robaron a mis ancestros de sus hogares en África para que trabajaran esa tierra que habían robado. La gente negra ha construido los Estados Unidos de América. Trabajaron en la sombra de la mañana hasta la oscuridad de la noche. Y ahora los nativos americanos son prácticamente invisibles. Están relegados en, ni siquiera reservas, sino campos de concentración”, dice lanzando un dardo hacia el sistema educativo de su país.

Sin atarse demasiado las manos con las cifras, Lee asegura que “los primeros cuatro o cinco presidentes de Estados Unidos tenían esclavos. Pero en las escuelas no te hablan de los esclavos de George Washington; te hablan de si cortó un cerezo y no sé qué estupideces más como que nunca dijo una mentira”.

“Y no os enfadéis por lo que voy a decir”, prosigue. “En 1492 Colón atravesó el océano azul”, te cuentan el primer día de colegio. ¡Y una mierda! Cristóbal Colón fue un terrorista. Seamos sinceros, ¡un terrorista! Pero la Historia se cuenta para perpetuar el supremacismo blanco. Todo en la narrativa oficial es supremacismo blanco, supremacismo blanco y supremacismo blanco“, clama.

Precisamente, Infiltrado en el KKKlan es una continua muestra de que esos alegatos racistas no se circunscriben a los años 70 ni a una panda de radicales que queman cruces frente a los hogares afroamericanos. “Me alegra que se puntualice que este ascenso de los populismos y los fascismos no solo se da en Norteamérica. El fenómeno de la derecha es universal. Tenemos que repudiar las mentiras que nos cuentan una y otra vez”, reconoce.

En su opinión, “el cine es un gran medio para hacerlo, pero no es el único”. Al final, la mirada del cine es tan personal como la que se lanza en los mítines políticos. Incluso Spike Lee ha reconocido que en ocasiones su filmografía, centrada en la lucha racial, ha caído en prácticas machistas, algo que segura estar revisando en su madurez. 

Infiltrados en el KKKlan es una historia encabezada por dos hombres: el policía negro Ron Stallworth y su compañero Flip (interpretado por Adam Driver), que se infiltra en la secta en una operación orquestada por el primero. Sin embargo, Lee reserva un gran espacio entre sus protagonistas para Patrice, una joven estudiante afroamericana y militante de las Panteras Negras.

“El personaje está basado en Angela Davis y Kathleen Cleaver, dos mujeres negras y fuertes que fueron portavoces de las Panteras Negras”, asegura orgulloso con una sonrisa de oreja a oreja.

“Lo que la gente olvida es que todo proviene del movimiento por los derechos civiles y que la lucha de los afroamericanos en EEUU puso los cimientos para el movimiento de los homosexuales y para los derechos de las mujeres. Todo va unido. El objetivo es que la gente sea libre; no puedes picotear y elegir uno y otro. No puedes ser feminista y antigay, ¿cómo funciona eso? Es una locura”, afirma concluyendo que, en efecto, la lucha feminista y antirracista deben ir ligadas. 

Al enterarse de que su paso por Madrid coincide con la visita de Angela Davis para la conferencia El feminismo será antirracista o no será, Spike Lee pega un brinco sobre la mesa e implora a su acompañante que concierte una cita con ella. Y así es como el cineasta sexagenario demuestra que nunca se es demasiado mayor ni demasiado famoso para admirar con pasión, ni para aprender de las mujeres y hombres que se dejaron la piel por un mundo mejor.

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