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'The Disaster Artist': James Franco rinde homenaje a la peor película de la historia

Llega a los cines la historia de The Room, que acumuló las peores críticas jamás escritas sobre un film

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The disaster artist, de James Franco

The disaster artist, de James Franco

Hace años, un usuario de Yahoo Respuestas se interesaba por la clave que hacía que una película fuese buena. El excedente de humanidad, como siempre allí, era de frenopático. La música, decía uno. El final. La lógica y la coherencia. La calidad de vídeo, apuntaba un lince. Es buena si no tiene cosas malas, señalaba una especie de moralista virtual. Y tampoco faltaba quien recordaba que era imprescindible tener nominaciones al Oscar.

The Room, una película realizada en 2003 al margen de la industria, incumple todas esas condiciones. Tal vez por eso está considerada una de las peores películas de la historia reciente y puede incluso que lo sea. Pero su virtud arrasa con todas las sumas de bondades posibles. The Room es única y extraordinaria, no se puede explicar y suple el talento con un rosario de desacatos al sentido común.

James Franco, figura prominente en el negocio, símbolo erótico, actor culto y de culto, guionista, director, productor y en general hombre audaz, nos ofrece ahora la adaptación de The Disaster Artist, el libro en el que Greg Sestero, uno de los protagonistas, narró el rodaje de aquella extravagancia y despejó algunos de los misterios que rodeaban a su protagonista y factótum, el ignominioso Tommy Wiseau.

Una habitación propia

Está extendida la creencia de que las películas malas lo son porque fueron confeccionadas en condiciones precarias, pero las peores películas del planeta, al menos las más nocivas, se van a localizar siempre en la cima de la industria, que es el barbecho ideal para la putrefacción ideológica y estética. Christopher Nolan. Alejandro G. Iñárritu. Cualquier despilfarro que lleve el nombre de Paul Haggis.

Aunque la pagó un tío de su bolsillo y se rodó de espaldas a todos los estudios, en The Room tampoco faltó de nada. Costó alrededor de seis millones de dólares, dos menos que Lost in Translation, por mencionar un título estrenado aquel mismo año, y a día de hoy nadie sabe de dónde salió aquel dinero. Tommy Wiseau ha dicho alguna vez que lo acumuló importando chupas de cuero de Corea del Sur, pero otras teorías apuntan a que lo amasó en el mercado inmobiliario o que tal vez fue producto de la indemnización por un accidente de tráfico que le habría provocado los daños cerebrales que a simple vista se podría decir que padece.

Como sea, parece evidente que el carácter de la película no proviene tanto de sus carencias como del exceso que la constituye. En ese sentido estaría más cerca de productos desaforados como La manzana (1980), el musical psicotrónico de Menahem Golan, que de la legendaria Plan 9 from Outer Space (1959) de Ed Wood, dos títulos que en su día ostentaron el título de peores películas jamás filmadas. Porque, como todas las películas aunque ellas no lo sepan, The Room dice unas cosas pero en realidad está hablando de otras, y por debajo de su imbecilidad constituyente, más allá de su discurso elocuente de misoginia y frustración homoerótica, corre un estudio psicológico sobre el poder y la manipulación.

Si The Room es una comedia involuntaria, The Disaster Artist es una patética. Si la primera quiso ser una historia trágica, la obra derivada es una película sombría sobre las propiedades persuasoras del dinero. The Room fue posible porque contó con presupuesto ilimitado y en su confección nunca intervino la ilusión de quienes la hicieron posible.

En ese sentido, es significativo que uno de los personajes más antipáticos de The Disaster Artist acabe siendo el de Sandy Schklair, el profesional contratado para supervisar el guion y, según él, director fáctico de The Room, que interpreta Seth Rogen en un papel pensado para personificar la sensatez y ofrecer asideros al espectador corriente.

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Fotograma de 'The Disaster Artist' EFE

Un Prometeo moderno

The Disaster Artist es una especie de biopic inaprensible. Para esclarecer quién es Tommy Wiseau se le compara varias veces con el monstruo de Frankenstein, y su encarnación de la criatura resulta idónea: la herida invisible, la ineptitud social, la tiranía infantil. Wiseau, que no podría ser nada por mucho tiempo sin su insondable cuenta corriente, es un personaje estrafalario encastillado en su obsesión, un hombre inmoderado que no atiende a los imperativos de la realidad, pero que sin embargo sabe aprovecharlos.

Cuando el fracaso natural de The Room fue mudando en el interés de cierto público que encontraba en ella cualidades hilarantes, Wiseau, animal adaptativo como buen sociópata, aceptó la decisión popular de que su película, que en principio había tratado de vender como una historia pasional a lo Tennessee Williams, fuera una comedia. Fue capaz de instrumentalizar hasta el escarnio.

James Franco toma a Wiseau como objeto de estudio, canta su gesta y elude la apología del querer es poder y el tan frecuente y apestoso triunfo de la voluntad. Porque su interés es la diferencia, las cualidades angélicas de la anomalía y la verdad cruel que contiene el error. Porque el error es lo natural y cualquier otra cosa es mentira, artificio.

Franco sabe que The Room es una película a la que no se le puede objetar nada. Cuyo primer valor es la singularidad y el último su cualidad de irrepetible. Porque irrepetibles son esos diálogos vacíos como bóvedas vaticanas, sus informaciones sin efecto en la trama pero capaces de peinar nuestro espíritu. Imposible es reproducir ese vodevil pasmado, ese burning heart fuerte en camas con dosel, a la luz de las velas o de una celosía, esas nociones de pederastia y esa idea obtusa de la amistad viril.

James Franco dirige y protagoniza este comentario de texto para acceder al secreto fugitivo de aquella película extraordinaria. Trata de explicársela y para ello recrea el proceloso rodaje original, vuelve a filmarla con minuciosidad de copista, reproduce su sandez y termina ofreciendo una comparativa brillante, reveladora y respetuosa con el enigma que la mantiene viva. Una celebración sentida, obligatoria para seguidores de la diferencia, que también funciona de manera autónoma y sabe encandilar a los espectadores menos dados a la espeleología.

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