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Carlos Pardo: "España es el producto de sucesivos borrados de memoria"

El escritor disecciona a su propia familia en 'El viaje a pie de Johann Sebastian' para desmenuzar la decadencia de nuestro tejido social con todo el proceso de individualización de los emprendedores y el impulso que está tomando la comunidad en los últimos años

"No es que todos quisiéramos ser clase media, sino que todos queríamos ser artistas, ser especiales, tener algún tipo de talento creativo y mejor si se ganaba dinero con ello"

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El escritor Carlos Pardo

El escritor Carlos Pardo

En su primera novela, Vida de Pablo, el escritor Carlos Pardo (Madrid, 1975) reflejaba a toda una generación –muy cultureta- que mostraba sus dudas e inquietudes ante los cambios en la sociedad. La segunda y recién estrenada El viaje a pie de Johann Sebastian (Periférica) también tiene un carácter muy autobiográfico, pero en ella sale del círculo individual para adentrarse en la comunidad, y lo hace a partir del tejido social que representa su propia familia. Una metáfora de la España comunitaria, rota y fragmentada por tanto “borrado de memoria”, como él mismo señala.

A la vez es una novela extraordinariamente política puesto que, sin caer en discurso mitinero, da claves de lo que está ocurriendo. Sobre todo a esos hijos del final de la Historia –véase final del franquismo y Transición- que ahora están empezando a construir su propio mundo en lo político y lo cultural.

En su primera novela Vida de Pablo trataba más el asunto de la individualidad, pero en este El viaje a pie de Johann Sebastian abunda mucho más en lo colectivo, aunque también parta de la autobiografía al abordar su propia familia. ¿Por qué este cambio?

En las dos hay una necesidad de crear tejido social. No he pensado los libros antes de escribirlos de una manera teórica, pero tengo una tendencia a jugar con el campo de las ideas y que las novelas tengan un conflicto de ideas. En este sentido me apetecía escribir una novela de ficción en la que pudiera narrar la decrepitud, el envejecimiento de una sociedad, y me di cuenta de que la ficción era la responsable de casi todos los problemas que yo veía en esa destrucción de ese tejido comunitario. Al final eso hizo que la novela fuera lo que es ahora.

Me interesaba la familia, mi familia, porque en ella todavía hay un tejido social, pero me interesaba más como destrucción de ese tejido. Lo que creo es que esto, además, es uno de los problemas de España con todo este proceso de individualización y de falta de tejido comunitario. Uno empieza a escribir autobiografías cuando falla la comunidad. En este modelo casi protestante liberal capitalista en el que estamos y en el que todos nos sentimos responsables de nuestro propio fracaso, es decir, no vivimos las cosas como problemas sociales o políticos, sino como fracasos personales, me parecía que la autobiografía daba la medida de esa necesidad de narrarse uno mismo buscando esos lazos sociales.

Y es curioso pero España, por cultura e historia, sí viene de una comunidad, aunque sólo sea una religiosa, católica. Y de alguna manera eso está al principio de la novela en esos finales de los setenta y comienzos de los ochenta. Aunque luego se fuera al traste.

Sí, lo que pasa es que España es el producto, igual que otros países europeos, de sucesivos borrados de memoria. No venimos de tiempos idílicos en los que hubo una comunidad sino que también venimos de una Guerra Civil y de una posguerra que se inventó la tradición. De alguna manera, convirtió la tradición en algo folclórico y fascista. Es verdad que hay una latencia en la sociedad española de tener vínculos comunitarios, casi de patio de vecinos, por suerte, pero por un lado la tradición comunitaria se convirtió en un folclore casi policial, no hay más que ver los clásicos de la literatura española donde se redunda en la idea de que la familia es una cárcel, y por otro, desde los ochenta se han producido unos borrados de memoria para convertirnos en emprendedores, figuras aisladas. Y ahí es donde choca lo que tú dices de la formación católica y un modo de vida que viene del protestantismo.

Además el personaje de Carlos pasa por eso tan individualista como es el dandismo: la rareza, lo que es más original que nadie. Y, sin embargo, después, de alguna forma, se da cuenta de que eso no funciona. ¿No es lo que nos ha pasado a todos en los últimos años y que han estallado en estos movimientos sociales y nuevos partidos que vemos ahora?

Yo creo que es evidente. No es que todos quisiéramos ser clase media, sino que todos queríamos ser artistas, ser especiales, tener algún tipo de talento creativo y mejor si se ganaba dinero con ello. Esto tiene que ver con ese caos y esa educación que hemos tenido con esas series de televisión americanas de ‘tienes que ser original, todo el mundo es un artista’. Ese mirarse en un espejo que es Estados Unidos y que no nos devuelve la imagen. Pero también es verdad que todos estos seres originales que se han criado en una cultura individual buscan lo comunitario. El 15M fue una explosión brutal de todo eso.

Lo que pasa es que también se suele mitificar lo comunitario. Por un lado, lo comunitario es más difícil de lo que parece. En España hemos tenido impulsos comunitarios como la comunidad de los compradores o la de los que nos gusta la misma música. Y ahora parece que miramos con nostalgia esta especie de comunidad suburbana cuando hablamos de aquella época de las tribus urbanas en las que se podía ser auténtico. Por un lado, queremos recuperar una idea de pueblo, pero es una idea que hay que inventarse de nuevo, porque no hay nada que se pueda llamar pueblo en España. Es una cosa que está completamente rota y fragmentada.

'El viaje de a pie de Johann Sebastian' es el segundo libro de Carlos Pardo

'El viaje de a pie de Johann Sebastian' es el segundo libro de Carlos Pardo

Incluso en esta vuelta a la necesidad de lo popular hay una mistificación de lo cani que es muy graciosa, pero que está bastante desorientada. Parece que lo popular, lo pobre se convierte en un mito, es decir, su lectura por parte de una élite se convierte en algo guay. Es como decir, ‘yo soy tan guay que he aniquilado lo guay y entonces me voy a mezclar con el pueblo’. Y eso ya no sólo es más guay sino que cuando llegues al pueblo te darás cuenta de que este suele ser o gente que ha mandado a sus hijos a la universidad y ahora están volviendo al pueblo porque no tienen trabajo o realmente una estructura casi protofascistas por los canis y demás. No hay nada idílico en eso.

Con lo que dice, le observo cauto con partidos como Podemos y el discurso de la vuelta a lo popular. ¿Por qué razón?

Me produce una tremenda ilusión que exista Podemos. Me parece una responsabilidad de todos los partidos políticos de izquierda, aunque ahora no se quieran llamar así por motivos electorales, pero son de izquierda. Es una responsabilidad de Podemos, Izquierda Unida, Equo y todos los proyectos que hay alrededor de Ganemos de hacer un frente común. Yo creo que Podemos es una fuerza más, igual que lo es IU o Ganemos. Y es una responsabilidad de toda esta parte.

No soy cauto con ese mensaje. Sí lo soy con la idealización de lo popular desde un despacho. Hace falta conocer el imaginario de lo popular, que no es homogéneo en España. Fue homogéneo durante el franquismo, pero por un lavado de memoria. Estamos en un momento en el que tenemos que establecer un diálogo con lo popular, que puede ser horrible porque hay comportamientos machistas, misóginos, tremendos, pero haciendo un diálogo con la creación de una nueva idea de lo popular. Es decir, hay que volver a traer el tema de la lucha de clases que en España se intentó borrar de muchas maneras. Es decir, pensar menos en lo identitario y pensar más en el reparto del dinero.

¿Hay una cuestión estética en todos estos nuevos movimientos políticos?

Estamos ante una estetización de la política. Es decir, lo político se ha convertido en un suplemento que se le añade a las obras [culturales] para darle un valor extra y ese valor se asume de una forma estética. Es decir lo político es estético, está de moda en el peor sentido. Pero por otra parte, lo político manda en amplios sentidos así que cómo conseguimos que esa moda de lo político se convierta en obras verdaderamente políticas que no sirvan solo para que una élite se identifique con lo que está leyendo y diga ‘qué guay somos’.

De eso habla Ranciére cuando hace una crítica de cierto arte político que solo consumen los artistas que se consideran superiores y que desde un criterio casi neoplatónico le está diciendo a la sociedad lo que tiene que hacer. Pero lo político está en todo y desde luego la literatura, arte, música y demás tienen un componente político fundamental siempre, lo que ocurre es que hay que saber distinguir entre lo que es una novela política y una novela donde los personajes parece que se están presentando a unas elecciones y están continuamente hablando en clave de mitin.

Y usted ha intentado hacer política con la historia de su familia, que por otra parte no es la primera vez que aparece en recientes novelas de autores de su generación. ¿Por qué?

Yo creo que es necesario. Hay una tendencia a recuperar el origen y el punto de partida debido a estos sucesivos borrados de memoria. La familia parece que es ese último anclaje que nos queda con la sociedad y un mundo ordenado, y a la vez es el espacio frente al que uno se desarraiga. Yo creo que vamos a seguir teniendo novelas de padres y novelas autobiográficas, porque tiene que ver con la construcción de individuos que están creando la sociedad ahora, que está entre esta crisis del modelo español antiguo de los años ochenta, que ha sido una falacia tremenda, y este desarraigo del emprendedor.

Dicho esto, hay infinitas maneras de narrar lo familiar porque eso está ahí desde los Hermanos Karamazov. Es un universal, lo que pasa es que igual en la literatura española no se había tratado tanto, o al menos, no con esta clave autobiográfica, ya que teníamos mucho pudor con las autobiografías. Por nuestra cultura católica hemos tendido a llevar la confesión primero a  través de la Iglesia y luego a través de otro tipo de estructuras.

Pero en estas novelas se tiende a hablar bien de los padres. En la suya, a pesar de todo, no hay un ajuste de cuentas.  

Sí, eso también es relativo, Hay que cuidar a los padres porque hay que cuidar, pero no me apetecía hacer un ajuste de cuentas ni decir mis padres son geniales. Tampoco quería escribir una novela sobre mis padres sino sobre un montón de gente que pertenece a un tiempo concreto y no solo son los padres. Yo creo que el desarraigo es el mismo para esos padres, para esos hijos y para todos los que pasaban por ahí. Es un proceso de desmaterialización de alguna manera y viene de largo. Esto no es un problema generacional sino de varios siglos. A mí me dan miedo los libros en los que se habla de la propia familia porque uno tiende a decir o bien que son todos geniales o son difíciles, pero hay que quererlos. Por eso, he intentado, y eso me ha dado algún problema que otro familiarmente, ya que la novela es bastante explícita, escribir como si todos los personajes hubieran muerto, incluido el propio narrador, ya que creo que tampoco es el que mejor parado sale.

¿Por qué uno decide convertirse en cronista de una familia a priori normal sin conflicto alguno?

Prefiero encarnar el problema de una forma sentimental. Creo que tiene que ver con ese complejo que tenemos de hermanos pequeños, que es generacional. De alguna manera, nosotros somos los hijos del final de la Historia, y estamos empezando a contar de nuevo. Eso hace que miremos hacia atrás y hacia los que decretaron el final de la Historia, que pueden ser los hermanos mayores o los padres. Y yo creo que ese complejo de irrealidad que tiene nuestra generación hace que tengamos que reescribir para reinventar el origen, pero que tiene que ver más con el futuro que con el pasado y la nostalgia. Se trata de ver qué es lo que tenemos, no solo del pasado reciente, sino de siglos y que podemos hacer nosotros ahora empezando de cero. El final de la Historia terminó con eso que has dicho antes sobre el 15M y con muchas cosas que venían de antes que no era nada estético y que llevaban haciendo un trabajo durante bastante tiempo.

Y en la creación cultural, ¿cómo están afectando estos cambios? Por ejemplo, acaba de publicarse el libro de Víctor Lenore con la crítica a lo hipster.

Está bien ese debate, pero no creo que sea mucho más fructífero. Lo que hace Lenore, que me parece muy bien, es asumir una experiencia personal que es toda una generación anglófila, indie, que empieza a darse cuenta de que son una construcción de un sistema capitalista bastante exagerado. Ya no solo individualista sino capitalista en el sentido de construir la identidad a través de  marcas y consumo de grupos de música y siempre con un carácter anglosajón. Eso está muy bien en una parte de la sociedad, pero no todo el mundo es así.

De todas formas ya desde el momento en el que surgieron los hipster, todo el mundo se dio cuenta de que eran una panda de pijos, una banalización del dandismo, que sobre todo tiene cosas muy buenas para los tíos. El gran hallazgo hipster es la barba india que queda muy bien a los tíos feos. Lo hipster ha tenido éxito como estética masculina, pero esta es una figura que se va a consumir muy rápido.

Creo que tiene más interés de fondo lo de Víctor Lenore o el fenómeno que hay de la necesidad de establecer comunidades y de acabar con conceptos tan individualistas de la estética. Esta idea de la casta se puede aplicar a todos los estamentos e instituciones. Ese ‘no nos representan’ se puede aplicar a la literatura desde la crítica literaria a las editoriales y los medios de difusión o al trabajo de los artistas, que es uno de los mundos más pijos que existen. Pero a la vez hay un montón de artistas que no van por ahí. Culturalmente vivimos en un momento muy interesante que por suerte todavía no tiene una forma definida que se pueda vender como generación a los suplementos culturales. Eso se agradece porque está lo suficientemente vivo para que no se convierta en una etiqueta.

También ha cambiado ese discurso del ‘dame’ de la subvenciones porque sí, pero por supuesto no es dejar toda la creación sin una ayuda estatal.

Claro, si tú no apoyas la cultura desde diferentes ámbitos que van desde los impuestos o el IVA al apoyo a colectivos y creadores… Lo que pasa es que es un criterio bastante peligroso y en el que los criterios de selección tendrían que ser más transparentes. Pero se puede hacer. El problema no es decir “subvenciones no porque están todas viciadas”, sino que el sistema de muchas instituciones es el que está viciado y lo que hay que cambiar es la estructura de estas instituciones. No se puede acabar con la cultura pública de un país y sustituirlo por un modelo privado que no controlamos ninguno. Es mejor que haya subvenciones y becas desde lo público que sean transparentes y que podamos controlar los ciudadanos.

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