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Martín Caparrós: "Querer escribir sin leer es como querer tocar la guitarra sin haber escuchado música"

El escritor y periodista argentino publica Lacrónica (Círculo de Tiza), un libro con algunas de sus mejores piezas comentadas, un manual imprescindible sobre el periodismo, la escritura y la lectura

"Tuve al lado a Videla y aún no entiendo por qué no le partí la grabadora en la cabeza"

"A mí el periodismo me sirve para entender algo que antes no había entendido porque la obligación de ponerlo en relación con otras cosas me hace encontrar sentido"

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Martín Caparrós | Foto: Marta Jara

Martín Caparrós, cronista formidable | Foto: Marta Jara

“Siempre me sorprendió que los entrevistados se dejen entrevistar”, escribe Martín Caparrós en Lacrónica (Círculo de Tiza).

¿Cómo acabaste siendo periodista con la cantidad de cosas que hay que hacer en la vida? (Nos reímos)

¿Qué cosas se pueden hacer mejores? ¡El problema es que uno se da cuenta tarde…! (Se ríe) No: ser periodista es estupendo.

¿Qué piensas de tu trabajo cuando lo ves reunido y comentado aquí?

¿Después de que decido no cortarme las venas? Es un poco impresionante… lo que me sorprende es que, después de 20 años, alguien pueda pensar que merece la pena publicar algo que supuestamente fue escrito para el día siguiente. Lo raro es que yo nunca escribí cuentos, no sé por qué, y, entonces, con el tiempo me pregunto si estos no serán mis cuentos. Relatos que fui haciendo sin saber que los estaba haciendo. El hecho de que se puedan publicar y leerlos 25 años después es un gusto.

Esa intersección entre crónica y cuento la llamas Lacrónica, todo junto, porque también contiene una defensa de “elcronista”, de tu perspectiva, que en parte es ficción…

No sé en qué parte es ficción.

Martín Caparrós, cronista

Martín Caparrós, con Edu Galán | Foto: Marta Jara

Lo decía en el sentido de que tienes que construir un relato.

No llamemos a eso ficción, sino narración. Porque ficción tiene la idea de que está inventado y esto no es inventado.

En Lacrónica hay una defensa de la escritura, de tu escritura, y una defensa muy necesaria de la lectura en tiempos en los que todo el mundo escribe: intentas mostrar cómo llegas a tu estilo a través de ella.

Insisto en mi sorpresa cuando veo que mucha gente quiere escribir por regla de tres, sin leer, cosa que se nota muchísimo en la escritura. ¿De qué está hecha la escritura? De lo que uno leyó. Es como si uno quisiera aprender a tocar la guitarra sin haber escuchado música. No puede. Ya no es solo que uno quiera escribir: también es necesario para cualquier relato oral o audiovisual. Tienes que haber leído para saber cómo se estructura un relato.

Ya después está el tema de tomar ciertos tonos, ciertas formas, ciertas retóricas… Lo cuento en el libro, cuando empecé con Crónicas de fin de siglo en 1991 releí cuatro libros que creía que me iban a ayudar a formar un estilo: Lugar común la muerte de Tomás Eloy Martínez, Música para camaleones de Truman Capote, Operación Masacre de Rodolfo Walsh e Inventario de otoño de Manuel Vicent. Leí todo esto para ver si de ahí podía sacar cosas con las que armarme un estilo. El estilo es la combinación que uno puede hacer a partir de todo lo que puede copiar. Una remezcla: uno se nutre de infinidad de cosas sin darse cuenta, pero están ahí.

Es sorprendente lo vivos que están algunos textos que escribiste hace 20 o 30 años.

Yo no releo mis textos si no tengo una obligación puntual. No es algo de lo que disfrute ni me interese hacer, sin embargo, cuando tengo que hacerlo no lo paso mal. Me da como cierta ternura, “mirá al pendejo este”, y después me acuerdo que en ese momento yo no creía para nada que fuese un pendejo. Tengo esa mirada paternal sobre mi mismo: no hay nada de lo que me arrepienta, lo cual es malo, porque debería arrepentirme de alguna cosa.

En Lacrónica hay periodismo y estilos de muchos tipos. Entre ellos, uno que descubre, denuncia y sirve para dar o volver a dar luz pública a determinados casos. A veces tengo la sensación de que hay periodistas que se instalan en este tipo de periodismo de “descubrimiento”.

No me interesa tanto descubrir como entender. Descubrir está muy sobrevalorado: casi todos los datos que necesitamos ya están, el problema es ponerlos en relación y hacer sentido con ellos. A mí el periodismo me sirve para entender algo que antes no había entendido porque la obligación de ponerlo en relación me hace encontrar sentido. Y también me sirve para sentirme un poco menos canalla: en general, los habitantes de estas sociedades somos bastante privilegiados y los que nos dedicamos a lo que nos gusta hacer, tenemos un privilegio infinito. No sé cómo podría vivir sin esto pero sé que mi situación le ocurre a un porcentaje muy chico de la población. Creo que si no aprovechamos este privilegio de una manera interesante, que produzca algo que a otros a su vez les produzca algo, sería abusivo.

Martin Caparrós | Foto: Marta Jara

Martin Caparrós | Foto: Marta Jara

¿Hay alguien con quién no te sentarías porque ya lo has entendido todo? Pongo un ejemplo extremo y tonto para explicarme: Hitler, Videla…

Hace unos meses en El País me preguntaron en un cuestionario con quién me sentaría en una fiesta. Contesté que con alguno de los grandes malos: Hitler, Videla,… porque me gustaría entender. Me gustaría que, con un par de copas, de algún modo se desvelara por qué hacen lo que hacen o cómo se justifican a sí mismos.

A veces, el no tratar de entender al malvado tan solo tiene que ver con problemas morales del periodista, cuando debería colocarse fuera de esta perspectiva, ¿no crees?

Me interesa la figura del malo. Es uno de los grandes misterios de lo humano, ojalá alguien pudiera tener una ventana para poder mirarlo más de cerca pero yo tuve al lado de Videla y aún no entiendo por qué no le partí la grabadora en la cabeza. Tenía la grabadora a diez centímetros de su boca, íbamos caminando los dos, él no decía nada que mereciese la pena ser grabado pero llevarla era como establecer nuestra relación: yo no vengo a pasear o a charlar contigo. Después lo que se me produjo fue la perplejidad de “¿por qué no se la partí en la cabeza?”. Me lo pregunto todavía hoy. Ocurre una ambivalencia fuerte cuando uno está con alguien así.

Lacrónica es una defensa de la escritura pero también de la escucha. En las entrevistas, ¿qué es lo más difícil para ti de esta escucha? Yo lo tengo claro…

Sí, ¿qué?

Pues no conseguir llevar al entrevistado a que te cuente lo que tú piensas que debe de ser contado, esa incapacidad de no llevar el juego bien, por lo que sea: no establecer relación de confianza, que no le caigas bien al entrevistado, poco tiempo, que quizá esté cansado…

O que el entrevistador tiene cosas que demostrar que no son necesarias. O que tenga una agenda demasiado marcada. O que trate de demostrar lo inteligente que es durante todo el tiempo. Un poquito está bien pero todo el rato… En definitiva, que no entienda que en una entrevista el entrevistado es el otro y que tiene que resignarse.

A mí lo que más me inquieta durante una entrevista, y es un poco tonto dicho así, es el desorden. Cuando veo que alguien en una frase me ofrece cuatro caminos a seguir pero obviamente no puedo seguir los cuatro, me veo obligado a seguir uno y ver si puedo recuperar alguno de los otros tres. La entrevista es un gran ejercicio de edición donde también estás haciendo ventriloquía, estás hablando a través del otro, queriendo que diga una palabra que está por decir o cuente no sé qué… es un trabajo espantoso, con lo fácil que es hablar uno solo. ¡Tratar de que otro diga lo que uno quiere que diga! 

Muy importante en Lacrónica: la ética en la subjetividad. Tú eres el que cuenta, con la honestidad que eso conlleva.

Es mi caballo de batalla: todo texto o discurso, por definición, es subjetivo. Hay un sujeto que decide qué es lo que debe ser dicho y lo que no con la mejor voluntad y la mejor honestidad. Esto no significa que esté engañando a alguien pero no hay otra manera: cuando terminemos, tú vas a decidir cuáles de las frases que se han dicho aquí merecen ser transcritas porque crees que a los lectores les interesará más esto o que a ti te parece más importante lo otro. Tu subjetividad va a intervenir mucho en algo que debería ser uno de los géneros más neutros: transcribir una entrevista. Negar que eso sea así es el gran arma de la prensa tradicional para contar “la” realidad. Al decirlo yo, es poner en evidencia que no existe “la” realidad, sino miradas sobre la realidad que te ofrecen. Tú sabrás si esa mirada te conviene, te sirve… En cambio, en la máquina periodística que supuestamente te cuenta “la” realidad, no te deja ninguna opción. Lo único que puedes hacer es aceptar eso de “ya me contaron cómo son las cosas”. Es una relación de poder muy fuerte a la que, al ponerme yo como contador de la crónica, ataco.

Martin Caparrós, entrevistado por Edu Galán | Foto: Marta Jara

Martin Caparrós, entrevistado por Edu Galán | Foto: Marta Jara

Una de tus crónicas del libro, Amor y anarquía, sobre la muerte de María Soledad Rosas, es característica de lo que acabas de contar. Se dan varias perspectivas sobre un mismo hecho, que se trata de entender, y manejas muchísima información. ¿Te obsesionó?

Lo interesante de trabajar en algo es que te obsesione. Siempre pienso que tanto para una ficción como para la no ficción, es que me da un marco de pensamiento. Cualquier cosa que se me cruce puede integrarse en ese material. Te da un orden para pelear contra el caos. En el caso de “Amor y anarquía” lo que pasaba es que no podía afirmar y me interesó ver cómo podía contar sin afirmar.

Decía mi maestro Domingo Caballero, “el lector, en determinados casos, que se joda”. Tú defiendes ir a la contra del lector, que es una actitud casi revolucionaria en un mundo donde lo que se quiere es que el lector clique.

En principio, hay que ir contra el lector en el sentido de no ir a favor. La mayoría siempre pide lo que conoce. Nuestro papel es ofrecerle cosas que no conoce y que, por tanto, no va a pedir. Si tú le sigues dando lo que te pide, te pide más y no sales nunca de esa dinámica. Vale la pena buscar cosas que no te están pidiendo. Eso es, supuestamente, ir en contra del lector, de la demanda establecida. No descubro nada; eso es el arte: cualquier intento de hacer algo. En el periodismo esto está exacerbado especialmente en los últimos años porque resulta muy fácil medir qué quieren, cuánto quieren o cuándo lo quieren.

Es patético: mil millones de moscas no se equivocan pero no tienes por qué comer mierda todo el tiempo.

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