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Un álbum redescubre al Tino Casal menos obvio 25 años después de su muerte

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Un álbum redescubre al Tino Casal menos obvio 25 años después de su muerte

Un álbum redescubre al Tino Casal menos obvio 25 años después de su muerte

Artista polifacético, aventajado a su tiempo y exhuberante en las formas, Tino Casal fue un cordero con apariencia de lobo o, como reza acertadamente una de sus canciones más ambiciosas, con una "Piel de diablo" al que 25 años después de su muerte cabe redescubrir a través de sus temas menos obvios.

Con la excepción de alguna que otra mención a la Virgen de Covadonga, José Celestino Casal Álvarez (Tudela Veguín, Oviedo, 1950) se dejó en su Asturias natal casi todas las mochilas que un joven provinciano puede cargar y, tras su paso por Londres, retornó a España en 1977 convertido en un enamorado del "glam" y de la música británica en general.

Eso le unió a su gran amigo Julián Ruiz, veterano cronista y productor musical que conoció al músico siendo artista de Polydor, "cuando intentaban convertirlo en el nuevo Nino Bravo y le obligaban a participar en el Festival de Benidorm interpretando unas canciones horrorosas"... Luego, en libertad, llegaría su primer álbum.

"'Neocasal' (1981) llevaba una versión de 'Life on Mars?' de Bowie y otra de 'White room' de Cream. ¿Quién hacía eso en España en aquella época? Tino dio un paso adelante y por eso sus canciones han envejecido tan bien", defiende el periodista en una charla con Efe.

Antes del accidente de tráfico que le costó la vida un 22 de septiembre de 1991 en Madrid, cuando viajaba como copiloto y sin cinturón de seguridad en un coche que se estrelló contra una farola, alumbró cinco discos de estudio.

Del tamaño de su obra quedan éxitos como "Embrujada", "Pánico en el edén" o "Champú de huevo", pero Casal fue mucho más, como reivindica Julián Ruiz con "Piel de diablo", un álbum doble que también recopila temas que, en su opinión, merecieron mejor suerte y que redimensionan la talla completa del artista.

"El propio 'Piel de diablo', en el que invertimos 3 o 4 meses de idas y venidas hasta darlo por terminado, y 'Corazón bimotor' fueron dos temas espectaculares", subraya Ruiz, quien destaca de Casal que, sin saber tocar ningún instrumento, "tenía un oído exquisito" y una voz incomparable de casi cuatro octavas, que aún hoy no ha encontrado parangón en España.

En su opinión, "Tino Casal no está suficientemente reivindicado. Era exagerado, excesivamente exhuberante en su aspecto, y eso en España no se llevaba bien", afirma, antes de señalar que, ante los comentarios que lo tachaban de "mariquita de pop blando", él se destapó como productor de una banda de "heavy", Obús.

"Entendía de todas las músicas. La de noches que hemos pasado en mi casa viendo vídeos, cuando no existía MTV en España. Era un artista muy visual y así veía las canciones, como si fuesen videoclips. Internet le hubiese vuelto loco", considera.

A pesar de su imagen de divo, Ruiz recuerda que "era el hombre más sencillo y humilde, aunque quisiera llamar la atención de todo el mundo con su ropa, un hombre muy irónico y dotado de un sentido del humor maravilloso".

Su peor momento lo vivió tras el lanzamiento de "Hielo rojo" (1984), cuando en plena gira sufrió un esguince y, lejos de guardar reposo, decidió automedicarse con antiinflamatorios, lo que le produjo su hospitalización por una necrosis.

"Cuando tienes éxito, te crees invencible, y en esa gira era la primera vez que ganaba mucho dinero", rememora Ruiz.

Para su retorno, tras un parón de dos años, buscó "un álbum que fuese la bomba" y así nació "Lágrimas de cocodrilo" (1987), el segundo disco más vendido de aquel año, por detrás de "Descanso dominical" de Mecano y el álbum que incluía su versión de "Eloise" de Barry Ryan, la canción que su repertorio que más le enorgullecía.

"No le dejé hacer un disco de baladas y siempre se quedó con ganas de hacer 'And I love her', de Paul McCartney. Estaba obsesionado con esa canción", recuerda el cronista.

Después llegaría "Histeria" (1989) y, finalmente, el mortal accidente. En el tintero se quedaron proyectos prometedores, como un posible montaje de "El fantasma de la ópera" junto a Miguel Ríos o su primer álbum para Sony Music, que quería grabar en Tokio y del que quedan unas maquetas apenas esbozadas que probablemente nunca vean la luz.

"Si Tino viese ahora los artistas que triunfan, se volvía a morir. Llevaría muy mal el flamenquito ese que practica el de El Último de la Fila (Manolo García). Él hubiese evolucionado electrónicamente, porque en aquel momento yo me había hecho amigo de Ryuichi Sakamoto (miembro entonces de Yellow Magic Orchestra) y andábamos como locos", recuerda.

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