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Islas de agua, los oasis valencianos

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Una vista de Calp, en Alicante

Cuando pensamos en una isla, solemos imaginarnos un pedazo de tierra rodeada por el mar, o como mucho por un ancho río; así, al menos, es como se nos enseña en las escuelas y como aparece en las enciclopedias. Pero, ¿y si invertimos el orden? ¿Y si el mar fuese de piedras y la isla líquida?

El concepto de isla entronca con el de aislamiento, sea éste del tipo que sea. Y es que lo que hace únicas a las islas es justamente su falta de conexión con otros entornos similares, el hecho de estar rodeadas de algo completamente distinto. Ello provoca fenómenos extraordinariamente interesantes: las islas, aunque su riqueza biológica global sea menor que la de tierra firme, tienen una tasa de endemismos (es decir, de especies que sólo se encuentran allí) muy superior a la de los continentes. Además, la evolución suele tomar derroteros distintos, agrandando los animales pequeños (como la extinta rata gigante de Tenerife o los lemures de Madagascar, también desaparecidos) y empequeñeciendo a los grandes (el ejemplo más habitual son elefantes enanos, cuyos fósiles han sido encontrado en multitud de islas). La falta de depredadores o competidores hace innecesarios los tamaños liliputienses (para esconderse) o los desmesurados (para defenderse).Las islas son algo más que continentes pequeños.

Una típica zona de marjal valenciana

Y además, las islas de agua existen, y tenemos buena muestra de ello en el territorio valenciano, en el que hace siglos existía una gran conectividad entre los ecosistemas acuáticos, pero en los que ahora nos podemos encontrar auténticos tesoros aislados del resto de sistemas. Los que siguen son sólo algunos de los múltiples ejemplos que podemos encontrarnos.

Sal entre rocas y cemento

Si pensamos en espacios naturales y Calp visualizaremos, sin ninguna duda, el Penyal d’Ifach, la imponente mole calcárea que domina la población y buena parte de la costa. El peñón era una antigua isla, que se unió al continente mediante barreras litorales, dejando una zona de marjal a sus espaldas. En ese espacio, desde el siglo XIII, se explotaron unas salinas, actividad que se mantuvo hasta finales del s. XX. Durante los últimos cincuenta años ha sufrido una urbanización desmesurada (sólo hay que comparar fotografías de la primera mitad del siglo pasado) y el resultado ha sido su encapsulamiento entre la montaña, el asfalto y el cemento, convirtiéndose en una isla de agua entre coches y apartamentos de playa. Ello, sin embargo, no impide que más de 170 especies de aves vivan o paren allí a descansar y alimentarse, como si fuese una gasolinera en medio de una autovía larguísima, o una isla en la que los marineros paraban a aprovisionarse antes de cruzar el océano. La supervivencia de la lámina de agua es pues algo más que estética: es un deber conservar el agua salada también tierra adentro.

Vista aérea de Calp, Alicante

Humedales de llavero: l’Estany de Nules

La importancia de este espacio no viene dada únicamente por la superficie, sino por el carácter de resistencia frente a la transformación de su entorno: cultivos, infraestructuras, casas, aterramientos. Como si fuese el pueblo de Ásterix y Obelix, l’estany de Nules ha resistido siglos, llegando hasta nuestros días con una menguada superficie de 2,74 hectáreas pero consiguiendo (en 2004) un estatus legal que lo protegía definitivamente de futuras agresiones, la figura de paraje natural municipal. Si observamos la fotografía aérea, vemos con claridad que el trozo que queda con agua formaba parte de un todo, pero que ahora le toca sobrellevar su condición isleña. Y a pesar de todo, a pesar de ser un humedal de llavero, su importancia para las aves migratorias y la fauna de la zona (por ejemplo, el galápago europeo): es un auténtico hervidero de diversidad biológica, como si fuese una isla tropical.

Vista aérea de Nules, Castellón

El archipiélago de los ullals: oasis entre naranjos

De la misma forma que hay islas a miles de quilómetros del puerto más cercano, también es cierto que existen los archipiélagos, y a eso justamente es a lo que se parecen los ullals de l’Albufera: a una constelación de espacios separados por campos pero formando parte de un único sistema. En el triángulo que dibujan Sueca, Sollana y Albalat de la Ribera se encuentra uno de los reservorios más preciados de biodiversidad valenciana: múltiples manantiales de agua que se abren paso entre caminos, acequias y cultivos. Estos ecosistemas, que se forman al brotar el agua de los acuíferos al encontrarse con la llanura aluvial, representan la mejor marca de transición entre el naranjo y el arrozal, entra el Xúquer y la marjal. Están cerca de su continente (que en este caso sería el lago de l’Albufera), pero a la vez son islas únicas, albergando valiosísimas poblaciones de peces endémicos muy amenazados, como el samaruc o el fartet. Además, algunos se imbrican de tal forma en el paisaje que se hacen indispensables para el riego o, hace algunos años, el abastecimiento de agua potable. El más notorio de los ullals es el ahora restaurado Ullal de Baldoví, cerca de Sueca, en el paisaje de Na Molins, pero hay auténticos tesoros escondidos, como l’Ullal de la Tanca (1), els Ullals de la Senillera (2), l’Ullal de la Mula (3) o l’Ullal Gros (4), los cuales es recomendable descubrir a pie o en bicicleta, siguiendo las indicaciones de Paco Tortosa y Pepa Prósper en su libro “L’Albufera: guia de descoberta del parc natural”. En la imagen del satélite se aprecia de forma muy clara cómo se sitúan en la zona en la que el paisaje cambia de árboles frutales a cultivos de la gramínea, y constituyen sin duda auténticos oasis, explosiones de naturaleza en mitad de líneas geométricas y árboles controlados al milímetro.

Vista aérea dels ullals

Hay muchas más islas de agua en el territorio valenciano (y seguro que más adelante hablaremos de ellas), pero estos pequeños humedales son suficientes para enseñarnos algo fundamental: que cada espacio natural es valioso, independientemente de su tamaño, y que el carácter insular también puede apreciarse a la inversa. Y también, claro, que en cuestiones de marjales sigue siendo válido el dicho de “ al potmenut hi ha la bona confitura”.

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