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El espacio de la infancia en la ciudad

Los escasos lugares que reservamos a los niños en nuestras ciudades son espacios confinados. En oposición al contraproducente proteccionismo frente a lo urbano, la ciudad se reivindica como ambiente educativo por excelencia.

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Pas a Pas.

La ciudad es reflejo de la civilización que la construye y habita. Nos representa, evidencia el modo en que funcionamos como sociedad. Partiendo de esta premisa, algo que me preocupa es la pobre imagen que nuestras ciudades proyectan de la infancia. La que es una de las pocas experiencias cercanas a lo universal está casi desaparecida del paisaje urbano.

Actualmente, los escasos lugares que reservamos a los niños en nuestras ciudades son espacios confinados y especializados. Ejemplo típico al hablar de esto es el parque infantil, cada día más y más cerca -conceptual y físicamente- del pipicán . Llevamos allí a nuestros niños a que desfoguen un rato, a que les dé un poco el aire, luego de vuelta a casa. El segundo ejemplo sería el colegio, menos abiertos de lo deseable a lo que ocurre a su alrededor. Hubo urbanistas que con optimismo sugirieron que nuestros barrios podían organizarse alrededor de los centros de enseñanza, pero hoy en día el rasgo por el que se identifica cualquier escuela es la tapia con la que mira a la calle.

Siguiendo con los colegios, últimamente me han salido al paso varios artículos que hablaban de modernos métodos pedagógicos, basados por ejemplo en aprender a tocar el violín para reforzar las matemáticas, o de sofisticados interiores diseñados para estimular al máximo los sentidos del niño y ayudarlo a desarrollar la percepción. Pecaré de escéptico, pero las experiencias de este tipo me parecen terriblemente simplificadoras. El proceso educativo sucede en un aula que, aunque proclame huir de lo reglado, se vuelve aún más especializada, una suerte de laboratorio en el que se intenta moldear al niño. Creo también que ese aprendizaje a puerta cerrada esconde la idea de que el niño o la niña no están preparados para enfrentarse a la complejidad de la vida exterior, que hay incluso que protegerlos de ese afuera y armarlos con los recursos que la dura vida urbana -supuestamente- ha extirpado del crecimiento (la sensibilidad artística, la curiosidad y la atención, la capacidad para organizar su tiempo…).

Si encerramos la educación en las escuelas y el juego en parques convenientemente vallados es porque hemos empezado a entender la infancia como una etapa previa al ingreso del niño en la sociedad. Mientras se forma, el niño no es todavía parte reconocida y simplemente por eso su imagen no aparece integrada en la ciudad. Negamos a la infancia el derecho al tiempo presente. Los niños son “los ciudadanos del futuro” pero no del ahora. “Ya te enterarás de cómo es la vida cuando crezcas”, les advertimos despóticamente. Mientras esperan a salir al campo de batalla, los recluimos en parques y colegios, porque en algún sitio habrá que ponerlos.

El paisaje urbano es también un espacio cargado de significados que tienen una influencia clave en la manera en la que construimos explicaciones del mundo que nos rodea. No sólo hacemos la ciudad, sino que la ciudad nos hace a nosotros también. Intentamos preservar al niño de la calle, espacio peligroso, negativo incluso para su educación, ¿pero qué tipo de ciudad ve a través de la ventana del coche camino al colegio? ¿Qué sentido empieza a dar a una realidad que ve sólo de pasada sin que se le permita tocarla? En oposición al contraproducente proteccionismo del niño frente a lo urbano, hay quienes han defendido la ciudad como ambiente educativo por excelencia. Diverso, complejo, plural, rico en estímulos, contradictorio, arriesgado incluso… Sobre todo vivo y cercano.

El sociólogo Paul Goodman fue otro de esos defensores de sacar a los niños a la ciudad. Para Goodman, esto no sólo beneficiaría a los pequeños, sino a la sociedad misma. Según decía, hay dos cosas que un niño debería aprender: “capacidad y sabotaje”. La capacidad se orientaría a dar continuidad y mejorar lo que las generaciones precedentes construyeron, mientras que el sabotaje serviría para hacer saltar por los aires ese orden previo cuando las cosas se volviesen burocráticas, herméticas y pesadas. Así explicado puede sonar a desvarío, pero Francesco Tonucci propone eso mismo cuando dice que la infancia es un buen actor para rebelarse contra las injusticias de la ciudad porque no está corrompida por ellas ni acostumbrada a darlas por sentado.

Probablemente, los muros de los colegios y las vallas de los parques sean sólo una manifestación palpable de la contención que imponemos a esa posibilidad de rebeldía. Al otro lado de la tapia se oyen risas y gritos, y uno se pregunta por qué no se abren de par en par las puertas de las escuelas, se libera toda esta energía y se deja que impregne la ciudad entera. En lugar de pensar en los niños como páginas en blanco en las que los adultos vamos escribiendo contenidos, deberíamos volver a mirar las cosas a través de los ojos de la infancia. Gracias a esa mirada nueva y no viciada podríamos ver el mundo que construimos desde nuevas perspectivas.

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