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La gran divergencia

En su momento Oxfam utilizó una imagen muy poderosa, como recuerda Stiglitz, para ilustrar la dimensión de las desigualdades: en Davos, en el 2014, un autobús que transportara a 85 de los mayores multimillonarios del mundo contendría tanta riqueza como la mitad más pobre de la población, es decir, unos 3.000 millones de personas. 85 personas lo que 3.000 millones de seres humanos. Oxfam descubrió otra cosa además igual de llamativa: que el 1% de la población mundial poseía  la mitad del patrimonio mundial, y que va camino de tener como el 99 por ciento restante en este 2016 que está a punto de empezar.

De hecho, según el Índice de Gini de los distintos países, la desigualdad se ha disparado en los últimos años en la mayor parte del mundo, y así, según la OCDE desde el 2007 se han evaporado los escasos  progresos que se habían conseguido en los 20 años anteriores. Y no sólo ha sido como consecuencia del aumento del paro a niveles nunca vistos, de la destrucción del Estado de Bienestar y de la pérdida de derechos; el número de trabajadores pobres no ha parado de crecer como consecuencia de los hachazos permanentes fruto de las políticas neoliberales. Y de eso puede dar buena fe, tanto Estados Unidos, donde en Texas o Mississippi uno de cada cinco trabajadores es pobre, como ha demostrado Brady, o España, que es el tercer país de Europa con mayor porcentaje de trabajadores por debajo del umbral de pobreza.

Sin embargo, a la hora de abordar el porqué de este brutal aumento de las desigualdades, de esta gran y creciente divergencia, no podemos quedarnos meramente en la Crisis. Tendremos que ir a cómo se gestó, lo que explica en buena medida esas respuestas basadas en la mal llamada "austeridad". Y en la distancia, la Crisis comenzó a gestarse con la desregulación de los mercados financieros que  puso fin a las bridas que el New Deal y el Keynesianismo impusieron tras el Crack del 29 y la Gran Depresión, a la rebaja de impuestos a las rentas más altas como señala Piketty, al triunfo en definitiva de las doctrinas neoliberales que supusieron Reagan y Tatcher y que la Tercera Vía, supuestamente socialdemócrata, acabó validando. Y lo peor de todo, es que a pesar de su brutal fracaso, estas doctrinas neoliberales, siguen conformando, como señala Varoufakis, la ideología dominante legitimadora. Y ello a pesar de que, como se ha demostrado, sus pretensiones de ciencia son más parecidas a la astrología que a la astronomía. Algo de lo que el caso español es un buen ejemplo.

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La puerta giratoria, la hoz y el uroboros

Hubo un tiempo en que la utopía comunista se presentía como colofón científicamente obligado del progreso, esa relectura ilustrada y laica de aquel teogónico camino cristiano que debía llevarnos del pecado original a la resurrección y el paraíso eterno. Luego el capitalismo posindustrial, la caída del muro de Berlín y el pensamiento posmoderno se encargaron de barrer cualquier espejismo de progreso. Y fue así como nuestro imaginario acabó sustituyendo la hoz y el martillo por la hoz y el uroboros, ese símbolo conocido ya en el antiguo Egipto en el que una serpiente o un dragón se retuerce sobre sí misma para morderse la cola, encarnando la perpetua repetición de los tiempos.

La imagen no es nueva. Saturno, la melancólica divinidad romana heredera del Cronos griego, solía representarse tanto con una hoz, emblema de su implacable paso que luego asumiría la iconografía de la Muerte en su variante de guadaña, como sosteniendo un uroboros. Incluso ya encontramos premonitoriamente reunidos ambos elementos, la hoz y el uroboros, en una de las ilustraciones del manuscrito del siglo X, conservado en Munich, en el que el benedictino Remigio de Auxerre comentaba el imaginativo tratado de las siete artes de Martianus Capella. En suma, no estamos más que ante una recuperación de aquel eterno retorno que marcó el tiempo mítico de las culturas clásicas.

En realidad, del mismo modo que la imagen de uroboros siempre estuvo presente entre nosotros en aquella insulsa pescadilla mordiéndose la cola, sinónimo durante años de comida hospital, tampoco la idea del eterno retorno dejó de acompañarnos por completo. Y no solo por la revisión metafísica que Nietzsche hizo en su momento, sino sobre todo porque la economía se encargó de recordárnosla periódicamente con sus oportunas crisis, tan cíclicas e interminables como la que no dejamos de sufrir. Eso sí, por el camino perdimos la belleza del antiguo relato mítico y nos vimos atados al prosaico estilo de Standard & Poor's.

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Reconvertir Sagunto

La reciente inauguración de un centro comercial en Sagunto ha puesto de manifiesto la realidad económica del municipio y su comarca: mientras las autoridades cortaban la cinta de un edificio largamente prometido y esperado, los trabajadores de la cementera Lafarge aprovechaban la presencia política y mediática para manifestarse y denunciar el peligro de cierre de la empresa. Es una muestra de la progresiva desindustrialización de una zona que ha basado históricamente su desarrollo en este sector y que en los últimos años ha visto aumentar el paro y, en el mejor de los casos, la sustitución de puestos de calidad en la industria por empleos bastante más precarios en el sector servicios.

La situación de Lafarge, que da trabajo a 500 personas de forma directa e indirecta, es incierta, debido al desacuerdo entre la compañía y el nuevo gobierno municipal respecto a la explotación de la cantera de la montaña Romeu, un paraje protegido. Si no se encuentra una alternativa, la empresa podría echar el cierre, y sumarse así a otras industrias del municipio que ya han cerrado sus puertas, como la siderúrgica Galmed (1.000 empleos, incluidos indirectos, en la comarca) o que tienen todas las papeletas para hacerlo como Bosal (más de 300), actualmente en concurso de acreedores y con un ERE de extinción que los trabajadores han denunciado por su ilegalidad. Lo más chocante es que en todos estos casos nos encontramos ante empresas rentables, pero sus propietarios pretenden exprimir al máximo la rentabilidad y sacrifican unas plantas en beneficio de otras.

El resto de industrias importantes se han visto arrastradas por la tendencia. Así ocurre con Acelor Mittal, tocada por el cierre de Galmed, a quien vendía el 20% de su producción, sometida en los últimos tiempos a continuos ERE y con amenaza de despidos. Otras empresas, que dependen en gran parte de las grandes (Ferrodisa, Pilkington, Ros Casares, Tumesa) también están afectadas. Es el problema de una industria no diversificada en una comarca muy dependiente de este sector.

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Es el momento

Es el momento. El momento es ahora. Pueden parecer eslóganes de campaña, una operación de marketing. Pues no, rotundamente no. Cuando decimos que es ahora, que estamos ante un momento histórico marcado por la apertura de una ventana de oportunidad para el cambio político, lo hacemos desde el convencimiento. Y con la seguridad de que esta ventana es estrecha y no se abre más con el tiempo sino que se cierra. Este resquicio por el que se cuela el aire fresco en el viejo sistema de partidos se abrió en 2011, aquél 15 de mayo que transformó para siempre la historia de este país. El malestar y la voluntad de cambio se hicieron evidentes en las calles, plazas y bares, pero el terremoto social no pudo hacer temblar el tablero político y en noviembre de 2011 el partido popular obtuvo una amplísima mayoría que hemos sufrido durante cuatro largos años.

Tuvimos que esperar hasta las elecciones europeas de mayo de 2014 para que esa ventana se abriese también en el campo político e institucional, y por aquella apertura ha entrado la nueva política en los municipios y en los parlamentos autonómicos. Por esa grieta han entrado diputados y diputadas que se han puesto decididamente del lado de los servicios públicos y de espaldas a la privatización de los derechos sociales, del lado de la transparencia y las cuentas claras y de espaldas a la corrupción, del lado de las mujeres víctimas de la violencia machista y de espaldas a la indiferencia y los recortes en materia de igualdad, del lado de la democracia y de espaldas a los privilegios. Diputados y diputadas que se han puesto, en definitiva, del lado de las personas. Por esa misma grieta se han colado en los ayuntamientos del cambio alcaldes y alcaldesas que se enfrentan a los desahucios, que no temen a la solidaridad, que gobiernan para su gente. El ayuntamiento de Valencia o la vicepresidencia de la Generalitat Valenciana son ejemplos de que esa ventana nos brinda la oportunidad de asomarnos a horizontes de cambio que por fin son reales, aunque no suficientes.

Nos falta dar un paso más, el definitivo: las elecciones generales. El 20 de diciembre el PP no va a revalidar su amplia mayoría, el 20 de diciembre el escenario va a ser muy diferente. En esas elecciones, como viene ocurriendo cada vez que se abren las urnas, los viejos partidos volverán a ver rebajado su suelo electoral y el sistema de partidos propio del régimen del 78, la alternancia entre caras de la misma moneda, estará definitivamente tocado de muerte. Y en ese escenario de incertidumbre y oportunidad, los valencianos y valencianas tenemos una doble responsabilidad: contribuir a un cambio político que garantice un gobierno de la mayoría y para la mayoría, y conformar un grupo numeroso y fuerte de diputados y diputadas en el Congreso que de verdad defiendan nuestros intereses. La sociedad valenciana ha demostrado que está preparada para afrontar ese reto, como pusieron de manifiesto los resultados de las elecciones autonómicas. Durante décadas nos hemos sentido avergonzados de nuestros gobernantes, dedicados a arruinar nuestra sanidad y nuestra educación, decididos a maltratar nuestro territorio y nuestros recursos naturales, empeñados en ahogarnos en una deuda impagable para costear sus aires de grandeza y concentrados en desviar lo que era de todos a los bolsillos de sus socios y amigos del alma. Ahora hemos dicho basta, nosotros no somos la mafia que nos ha gobernado, los valencianos y valencianas somos los que sustentamos con nuestro esfuerzo esta sociedad y ahora vamos a ser protagonistas de nuestro futuro.

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La hipòtesi confluència

El temps no és neutral. Si la política versa sobre les relacions de poder, l’estratègia política mai ha pogut escapar de la qüestió del quan. Els grans debats del moviment obrer, més que sobre el què, eren sobre el com i el quan, oferint un continuum de manuals que van des de “el poc a poc” de la reforma contínua socialdemòcrata al “ja mateix” de l’acció directa llibertària. El temps tampoc és uniforme. Els curts i intensos moments de sístole s’alternen amb els llargs i calmats de diàstole; els primers augmenten les tensions i eixamplen les qüestions que són discutibles; els segons relaxen el tauler amb un tancament parcial de les discussions que regirà durant un temps. Cada cosa té el seu moment: a voltes cal ser formigues lentes i constants; altres seguir el ritme, sent ràpids, imprevisibles i desbordants com un tsunami. Les eleccions de desembre no són plebiscitàries, però quasi: o prolonguem la sístole en termes constituents o els de sempre ens preparen una diàstole que pretenen duradora. L’actual acceleració del temps polític –“els dies que condensen 20 anys”- fa que les decisions no siguen neutrals; el que no fem ara potser ja no estem en condicions de plantejar-ho més tard. Si no ho fem ni la Història ens absoldrà.

El resultat que van donar les urnes el 24M permetia intuir per primera vegada en dècades el reflex d’un nou espai sociològic hegemònic construït entorn a tres demandes bàsiques: recuperació de la democràcia, protecció dels drets socials, dignitat per als valencians. La hipòtesi que existia una majoria social de canvi havia estat confirmada: més de 800.000 vots i 32 escons, tot i una llei electoral injusta. En el convuls escenari post-24M va anar emergint una conjectura: la Hipòtesi Confluència. Si existia una majoria que apostava pel canvi real i si esta multitud anava més enllà de Podem i més enllà de Compromís, calia fer-la emergir com a l’actor central de la política valenciana. La forma d’articular eixa majoria de canvi era amb un discurs de poble i una candidatura única, capaç de guanyar unes eleccions. L’alternativa era molt pitjor: no articular-la permetia al PSOE conservar velles glòries i a Ciutadans inflar-se d’aparences.

No estem parlant, però, d’una coalició electoral a lo vella política, merament conjuntural, forçada per unes expectatives d’algun diputat més ací o allà però sense química real. No consisteix en sumar partits ni negociar quotes. No es tracta només de sexe d’una nit. No és tant una qüestió d’aritmètica com d’una relació que done a llum un nou actor polític per a tornar a sacsejar el tauler i partir-lo en dos. Al desembre es baten dos models de país: la societat de privilegiats front a la societat de ciutadans iguals. Al desembre hi ha d’haver només dues paperetes: la dels partits de l’Íbex, la CEOE i el FMI i la de la candidatura de la gent decent. Per a crear-la, Podem i Compromís són ingredients necessaris. Però la cosa no va només de partits sinó també de moviments i de ciutadania. La unitat popular no és la suma d’organitzacions preexistents sinó l’articulació d’eixe subjecte nou capaç de guanyar. Això passa necessàriament per una candidatura en la qual la ciutadania participe i es reconega com qui es mira a l’espill.

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Dos anys d´infàmia… i el descompte

Dos anys d'infàmia, dos anys sense RTVV, que, tot i el laberint jurídic que implicà el tancament, esperem que no tinguen una continuació excessiva.

Tal volta, sí que hem aprés ja una lliçó. L'incompliment de la promesa electoral de posar en marxa la radiotelevisió autonòmica pel 9 d'Octubre es pot considerar disculpable. Si s'aposta per un model sostenible, no tenim més presses que les necessàries.
I, en realitat, sí que es requerix certa celeritat. Les causes són diverses i només en citaré algunes, tot i que segur que tots tenim el nostre memorial de queixes:

-Deixant a banda les iniciatives més vigoroses del mercat autòcton, alternatiu o consolidat, el valencià necessita una ferramenta de prestigi, com RTVV, per fixar les pautes d'un model de llengua del qual el poble es puga sentir orgullós.

-En el mateix sentit d'abans, produccions pròpies com Trau la Llengua o L'Alqueria Blanca demostraven que valencià i audiència no són conceptes incompatibles. Els temes locals, contats a la nostra manera, interessen. Més prop, més bo.

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¿Recuperación? ¿Qué recuperación?

Seamos sinceros; la tan cacareada "recuperación" económica que vende con sonrisa "profidén" el Gobierno del señor Rajoy ni está ni se espera por ningún lado. Esos anuncios espectaculares que hablaban de una tasa de crecimiento del PIB para este año del 3 % se está demostrando que eran eso; anuncios de cara a la galería y con carácter meramente electoral. Y es que las mentiras tienen las patas cortas, y jamás con ese crecimiento económico una economía no crearía apenas empleo. Y la nuestra no lo crea. Así de claro. Y no sólo eso; además la precariedad, los salarios que directamente llevan a la pobreza, están a la orden del día y cada vez aumentan más.

Desde el verano, una vez acabada la campaña estival, se está destruyendo empleo a marchas forzadas en este país. Otra vez. Y el IPC, por mucho que se acuda al precio del petróleo y a la inflación subyacente, muestra una atonía que indica que nuestra economía continúa gripada, continúa parada. Tal vez por ello, según la Encuesta de Coyuntura Laboral del INE, el 92% de las empresas valencianas dice que no contratará más trabajadores, y que no lo hace porque no los necesita. De hecho, según el INE, apenas hay 4.000 vacantes laborales en nuestra Comunidad. Además, según la OIT, uno de cada cinco trabajadores es pobre, es decir tiene una renta inferior al 60% de la renta media, en un porcentaje que ha aumentado del 18% de los trabajadores  en el año 2.000 al 22,2% en el 2014.

Así, en contra de la burda propaganda gubernamental conviene recordar que si hubo una leve mejoría en la economía española y valenciana en el primer semestre del 2015, fue por una serie de factores exógenos a la dinámica económica de nuestro país. De esta forma, en primer lugar hubo una política deliberada y potente de compra de Deuda pública por parte del BCE. Y en segundo lugar hubo una caída de precios del petróleo. Y además, en el factor interno, el Gobierno, en año electoral, aumentó el gasto público y relajó la política de lo que ellos llaman recortes. También aumentó algo el gasto privado, gasto cuyo aumento ya se ha detenido.

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Arriar banderas

Si hacemos caso de las últimas encuestas y de los resultados de las elecciones autonómicas y municipales en España, el aumento de la pluralidad de partidos da un nuevo protagonismo a los pactos, que se convierten en herramientas indispensables para conseguir la gobernabilidad. PP, PSOE y Ciudadanos, que serían las tres fuerzas más votadas, no se plantean alianzas pre electorales, aunque a nadie escapa que la formación de Albert Rivera, en alza, puede ser la bisagra más deseada por los, hasta hace poco, partidos mayoritarios, tras los comicios generales.

La subida de Ciudadanos coloca a Podemos en una situación de desventaja respecto a las optimistas previsiones que el partido morado tenía y que lo colocaban, como mínimo, como tercera fuerza, e incluso en algunos momentos por delante de los socialistas. Consciente de un escenario que cada vez parece más desfavorable, Pablo Iglesias busca pactos con otras fuerzas progresistas que puedan hacerle sumar apoyos. Las negociaciones con IU no han dado frutos, ya que Podemos no se resigna a ser uno más en una coalición de izquierdas, e IU no quiere acabar su trayectoria histórica siendo fagocitada.

Así las cosas, Podemos mira a acuerdos con otras formaciones afines, como Compromís. El pacto, con el PSPV como tercer socio, fue posible en el Botánico pero amenaza con no poder realizarse de cara a las generales del 20 de diciembre, debido a la oposición de la inmensa mayoría de las bases del Bloc, que temen perder identidad valencianista en una alianza con un partido estatal.

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Entre las “matrias” y la fiesta nacional

Octubre siempre llega a las costas valencianas acechante de gota fría y predispuesto al debate identitario. Si la primera depende de la conjunción de humedad relativa y masas de aire frío, el segundo llega con fecha ineludible cada día 9 y 12 de este otoñal mes. En cualquier caso, al igual que para afrontar las cíclicas tempestades es preciso el cobijo de la casa o la protección de un impermeable, para sobrellevar los estragos del segundo fenómeno no está de más tener a mano un buen paraguas de escepticismo.

Por mi parte, en esto de las celebraciones identitarias siempre me he sentido inclinado por la recomendación de Georges Brassens de aprovechar la fiesta nacional para quedarse en la cama. Con todo, esta postura me ha venido más de la pereza y el descreimiento, que del rechazo beligerante hacia las señas míticas del terruño. Eso sí, puestos a elegir, siempre he preferido las matrias a las patrias. Las matrias son identidades colectivas que cada cual se construye como quiere, comparte con quien quiere e integra a quien le da la gana. Por supuesto, se trata de identidades construidas, delimitadas a nuestro gusto, pero esto no las convierte en menos reales que las identidades sexuales o los castillos de arena. Por lo pronto las matrias tienen muchas ventajas frente a las patrias. Por ejemplo no sólo están libres de patriotas sino que incluso -y esto es lo más destacado- han conseguido mantenerse a salvo de cualquier tentación matriótica. Además, a diferencia de las patrias, nunca son excluyentes de forma que uno puede perfectamente pertenecer a varias matrias a la vez, o si lo considera oportuno cambiar de matria con total tranquilidad en el corto trayecto que le lleva de casa a la panadería de la esquina.

Esta inclinación por las matrias me viene de la infancia. Viniendo al mundo en un espacio tan desarraigado como el Port de Sagunt tenía poco margen donde elegir. Creciendo la infancia y la adolescencia en aquel espacio obrero de los años 70 y 80, los paisajes de escoria y las columnas de humo negro de las chimeneas, la presencia de los grises en los estertores de la dictadura, los estragos del caballo en los extrarradios y un tiempo acompasado por los aullidos de la sirena de la fábrica, fueron configurando en mí un imaginario con banda sonora de los Sex Pistols que me vinculaba más a Liverpool que a los naranjales que nos rodeaban. Luego llegaría la reconversión y su huracán postindustrial frente al que algunos intentaron protegerse defendiendo supuestas esencias patrias tan extravagantes como soltar patos en unas cucañas marinas, o reivindicando una condición de pueblo, con procesión y banda de música incluida, que dejaba mis ensoñaciones cosmopolitas transformadas en simples restos museísticos de patrimonio industrial.

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L'Horta Sud es nuestro Ohio (2)

En las Elecciones Valencianas de 2007, 2011 y 2015, la comarca de L’Horta Sud ha sido la que ha presentado un comportamiento electoral más similar al de la totalidad de la Comunidad Valenciana, algo parecido a lo que ocurre con Ohio en Estados Unidos. Sin embargo, considerando aisladamente cada una de las seis fuerzas políticas que obtuvieron más votos (PP, PSPV-PSOE, Compromís, C’s, Podemos y EU), se observan disparidades tanto en lo que se refiere a sus comarcas más representativas como en la distribución territorial de sus apoyos electorales.

En este sentido, La Costera fue la comarca donde el PP se acercó más a sus resultados en toda la Comunidad Valenciana (26,67% de los votos). Concentró sus peores resultados en la comarca de la ciudad de Alicante y en las que conforman la mayor parte del área metropolitana de Valencia; y consiguió sus apoyos relativos más firmes en las comarcas del interior de Castellón y Valencia, y en la Vega Baja.

Ciudadanos (C’s) tuvo en El Alto Vinalopó un 12,5% de los votos, prácticamente lo mismo que en el conjunto de la Comunidad Valenciana. Esa fue su comarca de referencia media; sin embargo sus mejores resultados se dieron en las comarcas donde se encuentran las principales ciudades valencianas (Valencia, Alicante, Elche y Castellón de la Plana); es decir, en las comarcas más pobladas y urbanas. Allí donde los dos grandes partidos tradicionales han retrocedido más. (Gráficos 1 y 2).

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