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El PP ya enterró a sus muertos

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Otra vez con lo mismo. Y así será hasta el infinito, como no cambien las cosas. La Diputación de València está trabajando a tope para localizar fosas comunes y llevar a cabo los trabajos de exhumación. Las fosas están llenas de cuerpos amontonados. Así, de cualquier manera, los ametrallaban al lado de las carreteras o en los paredones de los cementerios, les soltaban el tiro en la nuca y arreando que es un gerundio en este caso lleno de odio a quien no pensaba como los asesinos. No son palabras mías. Son palabras de los militares golpistas Yagüe, Mola y Queipo del Llano: que no quede uno que no piense como nosotros. Los “nosotros” eran los fascistas en la guerra. No era una operación sólo bélica contra la legitimidad republicana, era una clarísima operación de exterminio. Una de las famosas frases del general Mola: “Esta guerra tiene que terminar con el exterminio de todos los enemigos de España”. Y se aplicó, con sus cómplices rebeldes, apasionadamente a la faena. Tocaba, pues, exterminar la República y a quienes la defendían. Luego ganaron la guerra y siguieron con la misma operación. Ahora somos el segundo país del planeta con más desaparecidos, después de Camboya. Lo hemos dicho muchas veces. Y por desgracia hemos de seguir diciéndolo. Y escribiéndolo.

El cementerio de Paterna es uno de esos sitios en que levantas un palmo de tierra y sale un montón de cadáveres. Lo que queda de esos cadáveres: huesos y a veces utensilios personales, una hebilla, restos de una suela de zapato, alguna pitillera… Lo que dejaba la metralla en los cuerpos que luego eran dejados caer como fardos de ropa sucia en los contenedores del horror. El otro día estuve en una de esas fosas, la 113. Allí las familias de las víctimas republicanas explicaron su lucha incansable, las razones por las que sus familiares fueron asesinados y por qué siguen ahí después de tantos años. No sé si lo dijeron ellos, pero lo apunto yo: esos cuerpos siguen en la vergüenza de su invisibilidad porque en este país nunca hubo una política decente de memoria. Ningún gobierno la hizo. Ninguno es ninguno. Hasta ahora fueron leyes flojas, dictadas por el miedo a la derecha, hechas a la medida del famoso consenso de esa Transición “tranquila” de los seiscientos muertos. No sé cómo le gusta a tanta gente esa Transición: no fue tranquila sino extremadamente violenta, igualó vergonzosamente a las víctimas republicanas de la guerra y de la dictadura franquista con sus verdugos, dejó para el futuro la igualmente vergonzosa estrategia del silencio y el olvido. Paletadas de tierra sobre los cadáveres. Paletadas de tierra sobre quienes defendieron con sus vidas una democracia que nunca ha respetado su memoria.

La diputada Rosa Pérez Garijo se está volcando hasta la extenuación para que las exhumaciones no se detengan por falta de voluntad política y de dinero. Muchos pueblos se han sumado a esas peticiones de exhumación. De eso se trata, de que en los pueblos se tome conciencia de las desapariciones locales, del patrimonio robado en esos pueblos por los vencedores, de la necesidad de dignificar la memoria de tanta gente caída injustamente en el olvido. ¿Y qué ha pasado en la Diputación de València? Pues algo muy claro y transparente: el PP se ha negado a aumentar esas subvenciones para atender todas las solicitudes de exhumación posibles. La excusa -siempre ponen excusas los del PP- es que ese dinero ha sido extraído de una “partida que no tocaba”. Ya lo dijo ese prodigio de desfachatez que es Rafael Hernando: sólo nos acordamos de nuestros padres enterrados en fosas comunes cuando nos dan subvenciones. Claro que Hernando y los suyos no necesitan subvenciones para desenterrar a sus muertos de la guerra: ya se cuidó Franco de desenterrar dignamente a la mayoría de los suyos (a todos los que pudo, que fueron casi todos) y de destacar su heroicidad en los libros de texto y en las fachadas de todas las iglesias. Y hablo de sus muertos de la guerra porque algunos utilizan a las víctimas del bando fascista y de la zona republicana en ese periodo para ocultar la cruelísima represión que tuvo lugar después de la victoria del ejército franquista en 1939. Y también se utiliza ese culto a la equidistancia para ocultar otra realidad que no admite ninguna discusión: que la guerra llegó de un golpe de Estado fascista contra la legalidad de la Segunda República legítimamente instituida por las urnas.

Por eso la mayoría de los enterrados en las fosas son víctimas de la dictadura franquista, esa dictadura a la que tan apasionadamente aman los del PP de todos los rincones de España y parte del extranjero. No hay subvenciones para abrir las fosas, pero sí que las hay para que las que recibe la Fundación Miguel Ángel Blanco (por poner un ejemplo reciente) se dediquen a financiar ilegalmente al PP. Para ese PP que sigue cínicamente despreciando a los muertos republicanos porque los únicos muertos decentes son los suyos.

Y acabo con un testimonio que es claro como el agua. El cura de Villamuñío, en Lugo, celebraba con sus amigos el 18 de julio. Celebrar el golpe de Estado fascista ya es algo gordo en democracia. Pero más gordo es lo que dijo en esa celebración el cura Jesús Calvo: "La represión tendría que haber sido mayor para así evitar muchos de nuestros actuales males". Y aún añadió otra igual de terrible: que Franco fue “demasiado noble e indulgente con los criminales rojos”. Dijo eso y más barbaridades el cura y se quedó tan ancho. La pregunta me viene enseguida a la cabeza: ¿para qué sirve la Ley de Memoria que se aprobó en los tiempos de Rodríguez Zapatero? Por lo visto, en casos como ése y otros parecidos no sirve para nada. Por eso Rafael Hernando y el portavoz del PP en las Cortes Valencianas, Luis Santamaría, pueden cagarse tranquilamente en las fosas republicanas. No les pasará nada. El dictador puede descansar tranquilo en su tumba faraónica. Tiene en esta democracia un partido que lo defiende a machamartillo y lo sigue paseando bajo palio como si no hiciera cuarenta y dos años que se ha muerto.

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