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4 Indicadores electorales que acercarán al PP (y Ciudadanos) a la mayoría absoluta

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Nos acercamos a unas nuevas Elecciones Generales que llegarán, salvo sorpresa mayúscula, envueltas en el escepticismo y desencanto. Por mucho que algunos votantes se las planteen en términos de una especie de segunda vuelta, no ha lugar el formato y, por lo tanto, la suma de estas racionalidades individuales no conducirá a ningún tipo de racionalidad colectiva.

Se trata, como es obvio, de unas nuevas elecciones en las que se parte de cero y los anteriores resultados tendrán el efecto de una “encuesta reforzada”, lo que tampoco reduce la incertidumbre en el marco de un escenario insólito en la joven democracia española: la cercanía temporal de unas elecciones Generales.

Sin embargo, sí que es posible esgrimir algunas claves que permitan atisbar un desenlace posible a tenor de los siguientes indicadores:

-Movilización. Pese a que no hay antecedentes para este tipo de convocatoria estatal, todo hace pensar en un descenso acentuado de la participación, el cual romperá la tendencia alcista, derivada de la ilusión generada por los partidos emergentes, que se produjo entre 2011 y 2015. La movilización de los electores españoles es inferior a la media europea y solo logra acercarse a ella en los comicios que son interpretados como excepcionales. Los considerados como de continuidad arrojan los datos de participación más bajos. Por lo tanto, ya se pueden sacar algunas conclusiones. Además, la fecha de convocatoria supone toda una incitación a pasar el día en la playa o montaña. Históricamente, a las fuerzas del centro-derecha español les conviene la desmovilización.

-Concentración y fragmentación. La concentración del voto (es decir, la suma de votos del primer y segundo partido) de España ha sido, tradicionalmente, una de las más altas de Europa. Como si de un sistema electoral mayoritario, en lugar de proporcional, se tratara. Asimismo, su fragmentación (esto es, la división del voto entre las formaciones políticas) es baja. Los comicios de diciembre supusieron un punto de inflexión, en este aspecto, ya que configuraron un sistema de partidos con cuatro fuerzas efectivas. No obstante, las características del sistema electoral español (distritos pequeños, cláusulas de barrera, etc.) suponen fuertes incentivos al voto útil. En este sentido, los partidos grandes tienden a concentrar votos y, al margen de las confluencias que parece que se van a dar a la izquierda del PSOE (tendentes a adaptarse a una coyuntura excepcional), existe una menor competencia en el espectro de la derecha. Y más concentración equivale a más representación…

-Competitividad. A la vista de las elecciones precedentes, debería resultar elevada, puesto que el aumento de la fragmentación del voto a favor de las formaciones emergentes la introducía en las circunscripciones medianas (las que eligen entre 6 y 10 diputados) y minimizaba los “distritos seguros” del PP. Sin embargo, la mayor previsibilidad de los resultados por circunscripciones y complicación para discernir si PSOE o la alianza a su izquierda se postulan como segundos en discordia no favorecen un aumento de la competitividad. Por contra, sí que contribuyen a garantizar la primera plaza al PP.

- Volatilidad. Llamamos volatilidad a los cambios de voto, entre unas elecciones y las siguientes, de los electores. La volatilidad de las elecciones españolas es alta, pero hay que tener en cuenta que se produce, básicamente, entre partidos de la misma familia ideológica. En resumidas cuentas, un porcentaje significativo de votantes de IU pueden pasar a votar al PSOE y viceversa (volatilidad intrabloques), pero nunca apostarían por el PP (volatilidad interbloques). Este fenómeno queda amortiguado por los partidos que tratan de ubicarse de manera transversal en el continuum izquierda-derecha (otra cuestión es que, a ojos de los votantes, lo consigan), como Podemos o Ciudadanos. En este sentido, retrospectivamente, podemos señalar que la irrupción de Ciudadanos en la arena estatal ha menoscabado importantemente la “capacidad de chantaje” (en términos de Sartori) de Podemos. El veto de Rivera ha sido elocuente. Otra razón más para la tranquilidad en las filas del PP.

En definitiva, el nirvana de Rajoy: no tener que tocar nada para que las piezas del puzle empiecen a encajar.

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