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Un Dylan de la manga entre las mordidas papales de la Gürtel

José Ramón García Bertolín

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Desde que le concedieron el Premio Nobel a todo el mundo le ha dado por sacarse un Bob Dylan particular de la manga para hacerlo un poco suyo recuperando aquel recuerdo, acaso lácteo, diluido, difuso, de un momento vivido , compartido, junto, cerca, sobre o alrededor del cantante cuya elevación a los altares literarios ha sentado tan mal a gente como Isabel San Sebastián o Federico Jimenez Losantos. Hasta Amaral y Calamaro han recordado aquel momento en que compartieron escenario con él, y algunos más ha reconocido que pasó a su lado y ni siquiera les devolvió el saludo.

Los valencianos, sin embargo, tenemos la oportunidad de acercárnoslo en el roce del que nace el cariño del recuerdo, de ligarlo a acontecimientos de relevancia en nuestra reciente historia, y sin embargo estamos dejando pasar la oportunidad, como siguiendo la estela de algunos medios nacionales que cuando estaba de gira por España nunca daban referencia de los conciertos de aquí y sí de los que ofrecía en otros lugares, como si no existiésemos. Fue durante el verano de 2006, en julio, cuando Dylan actuaba cinco fechas en España y la de Valencia vino a coincidir, precisamente, con la víspera de la llegada a nuestra ciudad de Benedicto XVI con motivo de aquel evento llamado Congreso Mundial de las Familias que ha pasado a la historia no por el fervor religioso de los peregrino llegados, que fueron menos de los esperados, que gastaron mucho menos de lo esperado porque se alimentaban en los supermercado y dormían ecuménicamente en zonas de acampada como las habilitadas en el viejo Cauce del Jardín del Turia, que por todas las tropelías ligadas al Caso Gurtel y cometidas bajo la coartada de aquel grito de guerra de Camps y Rita Barberá: ¡¡¡Para el Papa lo que haga falta!!!“ .

Con esa ¿santa? excusa llegaron las tropelías y las mordidas millonarias que la trama corrupta se adjudicó dentro de las contrataciones de la megafonía, las pantallas, las emisiones televisivas de la Papal visita adjudicadas a RTVV. Una visita en olor de Su Santidad de la que Dylan, que unos años antes habían cantado en el Vaticano ante otro Papa , Juan Pablo II, fue víctima propiciatoria sin enterarse. Las camisas amarillas y aquel hervidero humano obligaron a adelantar su concierto a una hora inusual y todavía solar, aunque no está claro que esa fuese la causa de que la estrella del rock ni siquiera se dignase a saludar al público que había pagado a precio de convierto nocturno y sin servidumbres de gran evento confesional. Ya dicen los académicos de Suecia que es descortés y arrogante y ni siquiera se pone al teléfono. Tal vez temen que en lugar de recoger el más preciado de los galardones literarias pase de todo como en el Príncipe de Asturias o envía una india nativa a Estocolmo como Hizo Marlon Brando con el Oscar.

Sé que los recuerdos son traicioneros, pero el mío es de un Dylan arremetiendo con el “Masters of War” sin dignarse a mirar y bajo ese sol que en julio castiga o premia a los valencianos, según donde estén, hasta muy bien entrada la tarde. Posiblemente se esgrimieron razones seguridad, operativas o de protocolo para adelantar la actuación del ahora Premio Nobel en un recinto a ciudad cuyas puertas habían sitos tomadas por las paradas de merchandasing papal y peregrinos con aquellas mochilas amarillas de las que todavía se ve alguna por ahí, y Juan Cotino, jefe del cotarro, había llevado a cabo por toda la ciudad el mayor despliegue de urinarios portátiles que se recuerda en la historia de Valencia, sin que hasta la fecha se sepa por qué ni si en ese ese asunto las cuentas están claras.

Aquellas fueron fechas en las que estaba muy presente en el ambiente el accidente del Metro de solo tres días antes en la estación de Jesús, aunque se diría que los gobernantes de entonces decidieron hacer una pausa en el dolor y la aflicción para que la muerte de 43 personas y otros 47 heridos no estropease más allá de estrictamente necesario una visita Papal tan esperada , tan preparada y, a la postre, tan lucrativa para algunos que hoy forman parte de la pieza valenciana de la Gurtel. Me encantaría no, lo siguiente, poder preguntarle al cantante y compositor Bob Dylan como se tomó su extraño y soleado concierto de Viveros, cómo pasó por aquella ciudad donde habían cortado calles del centro, había vallas y un montón de policías por todos partes, pero no creo que ni el más desinformado seguidor de Dylan pensase que era por la actuación del músico poeta. Simplemente al día siguiente venia el Papa, y para el Papa lo que hiciese falta. La gente empezaba a coger sitio mientras algunos ultimaban los detalles de su mordidas, y Bob cantando a plena luz bajo uno de sus sombreros de ala ancha, en la misma ciudad donde dos años y quince días más tarde, un 21 de julio de 2008, en otro concierto suyo en Valencia, esta vez en el Pabellón Deportivo Luis Puig, la temperatura ambiente fue todavía más alta hasta convertirse en calor de inhumano de sauna que provocó un aluvión de desmayos y lipotimias, tantas que se oían más los gritos de los sanitarios de aquí para allá que a ese tío tan raro que compone canciones maravillosas.

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