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Será Mariano, pero poquito

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“Sí robé, pero poquito”. Con este arrebato de sinceridad convertido finalmente en slogan ganó las elecciones Hilario Ramírez Villanueva, candidato independiente a presidente municipal de San Blas, Nayarit, México. Este no es el único ejemplo de las bondades electorales de asumir con desparpajo y naturalidad que lo que como candidato te falte de decencia será sobradamente compensando por tu devoción por la patria, la autonomía o el municipio. También en México, el Partido Revolucionario Institucional lleva años combinando su mensaje oficial, el que se imprime en los carteles y se repite en sus spots, con otro más efectivo y que sus candidatos y candidatas verbalizan ante los electores en “petit comité” a caballo entre la promesa y la confidencia: “Todos roban, pero el PRI salpica”.

Los entusiastas de aquella teoría según la cual denunciar la corrupción no da votos andan estos días de celebración. Unos, lo harán subidos en los balcones que alicataron en negro, sin esconderse, ante las cámaras y fingiendo celebrar en realidad esa extraña victoria consistente en haber pasado en seis meses de gobernar con186 diputados a tener que hacerlo con 137. Otros forofos de la impunidad, por aquello de ser de alguno de los partidos que han perdido, el mío por ejemplo, descorcharán el champán en la discreta oscuridad de los sótanos donde guardan todos esos secretos que, como grandes hombres de partido que son, se llevarán con ellos a la tumba. Pero cuando se les pase la borrachera del momento descubrirán con estupor que la citación del juzgado continua sobre la mesilla de noche y que el extraño furgón gris que hace semanas que está aparcado frente al chalet que escrituraron a nombre de sus suegros continua allí, ajeno al voto exculpatorio que creen haber recibido.

No se enfaden con ellos. Son y siempre serán pobre gente. Desgraciados sin oficio que se vanaglorian de la proeza de haber llegado a vivir toda una vida sin más talento que una homicida capacidad para sobrevivir al calor de su triste secta. Si les conocieran como yo les conozco sabrían que en el fondo están condenados a la infinita angustia de esperar que el próximo congreso de su partido renueve su vergonzosa suerte. No pueden darse el lujo de la amistad porque para cualquier rata la lealtad es un peso incompatible con la agilidad necesaria para saltar del barco en el último momento. También les está prohibido el odio y los terapéuticos efectos psicológicos que este sentimiento conlleva, pues nunca saben si con aquel joven alcalde al que ayer tanto quisieron detestar tendrán que pasar mañana de la felonía a la felación, pues ya se sabe que los contubernios orgánicos hay que ganarlos.

Ya sé que resulta insultante verles saltar en ese balcón. Cuesta entender que uno de cada tres compatriotas prefiera ser gobernado por el jefe de Bárcenas a asumir el riesgo de conlleva confiar su voto a quien en el peor de los casos pueda impulsar un programa político equivocado. A mi me angustia tanto como a usted ver deslizarse a mi país desde la “Berlusconización” en la que ya vivimos hacia la “mexicanización” más obscena. Pero si a usted le parece bien, por ahora, nos consolaremos con la evidencia de que Mariano Rajoy seguirá haciendo lo que siempre hizo Mariano Rajoy… pero poquito.

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