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Muertos de segunda

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Los manuales de periodismo dicen que uno de los factores de noticiabilidad es la proximidad, es decir, nos interesa más un hecho cuando sucede cerca, y esa cercanía no es sólo física, sino psicológica. Ambos tipos de proximidad se dan en el caso de los atentados de París, por lo tanto, desde un punto de vista técnico sería comprensible que a los medios y a nosotros como espectadores nos pareciera mucho más noticioso e impactante este suceso que el acontecido sólo un día antes en Beirut, del que pocos nos enteramos: 41 personas muertas y 200 heridos en dos atentados con bombas suicidas perpetrados por el Estado Islámico (EI). Este noviembre está siendo negro pero no es el primero: en el mismo mes, en 2014, murieron más de 5.000 personas, en su mayoría civiles, en ataques y atentados cometidos por yihadistas en catorce países.

La triste realidad es que las muertes no valen lo mismo si se producen en Occidente o en otras partes del mundo. Pero más allá de la forma en que percibimos la información, condicionada por la cercanía emocional y por el reparto de poder mundial, debemos echar mano conscientemente de nuestra parte racional para darnos cuenta de que desde un punto de vista humanitario todas las víctimas deben tener la misma consideración, y también para constatar que la amenaza del terrorismo es global, condiciona otras situaciones a las que nos enfrentamos, como la avalancha de refugiados, y precisa soluciones también globales y en diversos campos.

Seguramente las intervenciones militares sean necesarias, pero no pueden en modo alguno ser las únicas, pues las bases en las que se sustenta el poder de los terroristas son diversas. Una prioridad es cortar la financiación a través de la venta de petróleo y donaciones privadas, investigar quién compra el crudo y quién transfiere fondos al EI para procurar impedirlo, así como actuar contra el suministro de armamento.

En este punto, es importante recordar, sobre todo para no volver a caer en los mismos errores, que los países occidentales, especialmente Estados Unidos, están en la base de la creación del EI, puesto que se financió y se armó a su germen, Al-Qaeda, para luchar en la yihad afgana contra la Unión Soviética, y también a los yihadistas para que combatieran contra el régimen de Siria. Igualmente, las actuaciones en la guerra de Irak y la actuación para el cambio de gobierno fueron determinantes para favorecer la proliferación del integrismo.

Otro aspecto fundamental es atacar las redes de captación, que en muchos casos enrolan a ciudadanos de la UE: se calcula que unos 3.000 europeos engrosan las filas del Estado Islámico, incluidos españoles. Aparte de la actuación policial en la investigación del alistamiento a través de Internet (una de las principales vías), son necesarias medidas de educción, concienciación e integración en aquellas zonas donde la captación suele ser mayor.

También es clave que la lucha contra el terrorismo y de apoyo a los procesos democráticos en el mundo árabe se haga mediante el consenso entre los distintos países implicados, para lo cual la OTAN y Rusia deben emprender estrategias conjuntas.

Como cuestión directamente derivada de las guerras en la zona y de la proliferación yihadista está la grave situación de los refugiados, que debe ser afrontada con firmeza. En este sentido, es vergonzosa la ralentización de la acogida a las víctimas de estos conflictos por parte de España, con sólo 12 personas asiladas, y es de elogiar el intento de comunidades autónomas como la Valenciana por impulsar la llegada de más refugiados.

En el drama de los que huyen la cobertura de los medios tiene mucho qué decir y también en este asunto nos encontramos con un tratamiento desigual, que resalta la muerte de un niño ahogado y luego pasa de puntillas día a día sobre los miles de cadáveres, incluidos los infantiles, que el mar sigue arrojando, en un interés claramente decreciente sobre la tragedia que repercute en una menor presión de la opinión pública sobre los gobiernos.

También urge rebatir la identificación de refugiados con terroristas (y de islamismo y yihad) que en nada ayuda a la integración y, por lo tanto, aumenta el riesgo de aislamiento y radicalización de la población musulmana. No está de más recordar que la marea humana que llama a nuestras puertas huye del horror de la guerra, los atentados y las violaciones de derechos humanos. En este sentido, me quedo con una viñeta que circula hoy por Internet en la que un niño le pregunta a otro: “¿en tu cole hay muchos inmigrantes?” y el otro responde “en mi cole sólo hay niños”.

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