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París: Noche de viernes con sirenas

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Hace un frío que pela el viernes en París. El jueves hacía calor, más de catorce grados cerca de Notre Dame. Estoy aquí para participar en un Congreso de homenaje a mi amiga y profesora de la Universidad de Nanterre, Marie-Claude Chaput. Es un gozo encontrar a gente que hace mucho que no ves. El tiempo no lo borra todo. Por eso después de las sesiones de trabajo está bien salir a cenar, a tomar una copa que, en mi caso, siempre es una Perrier con limón aunque sea a la hora de los wiskis o gintonics. La costumbre es tradición o al revés. Qué más da. Se trata de respirar un rato antes de irte a la cama. Los hoteles son sitios sin alma. Las noches de noviembre son frías en París y las calles de Bastille se llenan de gente que va y viene, que anda a lomos del móvil y se calienta a voces por la calle Lappe y sus alrededores. Esto es como el Carmen o Russafa pero en francés. Demasiada gente. La edad no permite según qué concentraciones de exultante juventud. No es patetismo, es la cruda realidad.

Salimos de la algarabía, buscamos una terraza tranquila. Voy con Jean-François, amigo de siglos y profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad de Grenoble. Antes hemos bajado del Metro en Gare de Lyon y buscado la salida por Rue de Lyon. Le he dicho que podíamos salir por Richard Lenoir. Mejos la primera, dijo. Salimos al aire frío de la calle. Cuento esto con los detalles de un novelista a quien precisamente no le preocupan los detalles. Pero esta noche no soy novelista, soy un viajero que después de las sesiones de un Congreso se da una vuelta por la ciudad que lo acoge. El sábado he de dar la conferencia de clausura de esa reunión. Todo por Marie-Claude, por el reencuentro con los viejos amigos, por estar una vez más en una de las ciudades que más amo del mundo.

Salimos del bullicio de la rue de Lappe. Buscamos una de esas terrazas con estufa. Total es para un rato, el sábado hay que madrugar para la última sesión del Congreso en Nanterre. Una cerveza. Una Perrier. Lo de siempre. A los pocos minutos se oyen sirenas. Ambulancias. Coches de bomberos. Policías. No muy lejos. Aún no demasiado cerca. Es viernes por la noche, pensamos. A la poli le gusta hacer ruido para demostrar que está presente en nuestras vidas. También pensamos eso. La cerveza rubia i la Perrier. Viernes por la noche. Las sirenas aumentan, y los coches de policías y bomberos. Más ambulancias. Ahora ya no están lejos. Pasan por delante de nosotros. Ahora unos autos. Al poco rato, otros. Miramos el móvil. Las noticias. Nada. No pone nada. Seguimos con la cerveza y la Perrier. Las calles siguen llenas de gente. El móvil. Los vasos de plástico, grandes como un pozal de cargar agua en la época del hambre. La juventud que pasa, alegremente, sin sirenas ni ambulancias en los auriculares. De pronto más coches, más motos, más de todo. Otra vez a las noticias. Varios muertos. No se sabe nada. Sólo hablan de varios muertos. Siguen aumentando los coches policiales y los otros. Al final pasan coches oficiales negros entre los motoristas. Gente con traje y corbata dentro. Pasa algo gordo. Seguro. Salir casi corriendo. Busca jean-François la vuelta a su hotel cerca de Gare de Lyon. Yo me meto en las bocachas del Metro. He de volver a la Cité Universitaire, pasar por el parque Montsouris donde perdió la Maga su paraguas en la novela de Cortázar, buscar en las noticias lo que ha pasado a dos palmos de nuestras narices hace media hora. El horror. La palabra maldita en la locura de Kurtz cuando es rescatado del Apocalipsis en la novela de Joseph Conrad y la película de Coppola. El horror. Estábamos a un paso. Si hubiéramos salido a las calles por Richard Lenoir nos hubiéramos encontrado en el centro de la mierda. O si nos hubiéramos sentado en una terraza de Beaumarchais o Voltaire. Era el epicentro de la muerte. Ahora lo cuento. Sólo el breve relato del azar que te lanza como a un perro a un lado u otro de la noche.

El dolor llena hoy sábado la ciudad de París. Anoche no se podía dormir porque las sirenas extendían por todas partes sin descanso los trazos del daño irreparable. Tantas guerras para qué. Tanto culpable que no cabe en un sólo plano de nuestra realidad. No puedes reflexionar tranquilamente cuando ya se habla de ciento veinte muertos que serán seguramente más con el paso de las horas. París es una ciudad en toque de queda. Yo no sé ni lo que escribo. Ni por qué lo escribo. Ahora son las doce del mediodía. Las sirenas siguen a lo lejos. Pero hay más silencio que sirenas. Un silencio que se mete en las entrañas del dolor. Del miedo. Por la ventana hasta los árboles están quietos, sin que se les mueva una rama, una hoja. Anoche. Viernes. Las calles llenas de gente. ¿Y ahora?

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