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Sueños y certezas

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Si hay que elegir entre cumplir la ley de estabilidad y la ley de dependencia, Mónica Oltra lo tiene claro. Y es perturbador que alguien lo tenga claro, porque hasta ahora nos habían dicho que si no se aplicaban políticas sociales en época de vacas flacas era porque no se podía, porque era una ecuación imposible en un sistema capitalista, incluso en un sistema capitalista con control del Estado, incluso en un sistema capitalista gobernado por la socialdemocracia. Y la inmensa mayoría lo habíamos creído. Fantaseábamos con la idea de que fuese posible, de que no fuese una utopía; a veces hemos pensado por un instante que la idea de poderes económicos manejando los hilos de títeres políticos y mediáticos tras las bambalinas, urdiendo el gran engaño de que no se puede ser productivos y sociales al mismo tiempo, no era fruto de nuestra imaginación conspiranoica, pero al momento nos convencíamos de que eran sólo eso: momentos de autoengaño.  Mira qué pasó en Grecia… Que sí, que hubiera sido bonito, que hubiera sido romántico, que nos hubiera convenido creerlo como ciudadanos del montón, pero que no era realista.

Y ahora viene esta muchacha tan tranquilota, con tan buen rollo, y nos vuelve a revolver las certezas, y nos remueve de nuevo al Pepito Grillo que llevamos dentro, y otra vez esa idea inconveniente y fugaz vuelve a cruzar nuestro cerebro de curritos: “¿pero y si sí es posible…?”.

Yo no puedo evitarlo, me asalta esa duda, sé que sería más feliz si esos pensamientos inocentes no me acecharan tras cada cabezada que doy en la almohada, y en realidad creo que no es que yo los piense sino que son ellos, los pensamientos estúpidamente esperanzadores, los que me piensan a mí. No los llamo yo, vienen ellos solos, y desde que he escuchado a Oltra, les ha dado por venir acompañados de otras ideas aún más perturbadoras: había estado escuchando en la radio a la vicepresidenta por la mañana, y en la siesta, en ese momento inquietante en que uno no sabe si empieza a dormir o termina de estar despierto una ilusión acampó en mi cama: en algún lugar de Madrid unos hombres grises estarían ya preparando el siguiente complot. Otra vez el inverosímil contubernio empresarial-político-periodístico estaría maquinando cómo hacer que las Oltras que campan demasiado a sus anchas por esta su España no tengan fondos, ni contantes ni prestantes, con que ganar su pulso al poder. Y yo quería volver a la lucidez, pero me había levantado demasiado temprano, y no podía. El sueño se hacía cada vez más espeso y cada vez tenía menos sentido, como cualquier pesadilla surrealista que se precie de serlo.

Así que en el colmo de la estupidez onírica, vi cómo los hombres grises trajeados nos hacían tragar unas pastillas, grandes y blancas y, entonces, ahora sí por fin, el sueño se volvió realista y razonable; aquel bendito medicamento, a modo de suero compacto de la verdad, nos hacía ver la evidencia: los gurús del cambio, del discurso social, de la esperanza en un sistema más justo, más igualitario han sido siempre unos vendemotos. Y el capitalismo es el menos malo de todos los sistemas, y como a cualquier buen padre, a nuestros gobernantes, cuando hacen algo duro, como los recortes, les duele más que a nosotros, pero siempre, siempre, siempre, es por nuestro bien, y nosotros a veces, infantiles ciudadanos no lo entendemos, y por eso ellos mandan y nosotros no, pero no hay otra. Menos mal que ellos sí, tienen sentido común (que por eso es el menos común de los sentidos, porque solo algunos lo tienen), si no esta chiquita con carita de empollona hubiese vuelto a hacerme dudar.

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