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Un Trump como los nuestros

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Me cuentan que Donald Trump ha ganado las elecciones americanas y que algunos de nuestros prohombres y promujeres están en un sinvivir y gobiernan presas del pánico. A ver, un poco de calma. No es ninguna novedad que la verdad y la ciencia cotizan poco en este nuevo orden mundial y patrio en el que la asignatura de Filosofía es optativa. Nos movemos en un nuevo ecosistema en el que la supervivencia política depende más de la fortaleza del cutis de tu cara que de la de tus argumentos.

Tal vez Trump sí representa una novedad respecto a la fauna de impostores, charlatanes y corruptos de baja intensidad, pero de alta reincidencia, que todavía hoy ocupan destacados puestos en nuestros gobiernos y en los órganos de dirección de los partidos que los sustentan. La diferencia entre su Trump y nuestros “trumpitos” es que el político del pelo naranja no esconde ni su racismo ni su misoginia ni su homofobia. Al contrario, lo exhibe con la misma naturalidad y desparpajo con la que algunos de los nuestros acumulan, en horas laborables, vasos vacíos de gin tonic sobre las mesas de las terrazas que circundan los palacios que gobiernan.

Trump ha llegado a la cúpula del poder político norteamericano con los mismos resortes y estrategias con las que otros aquí han ganado congresos para después poder perder elecciones: la calumnia, la infamia y la llamada a los bajos instintos que se alimentan del miedo, el odio y el prejucio. Se dice que la candidatura de Trump usó cuentas falsas en facebook, twitter y otras redes sociales para denigrar a Hillary Clinton. Tampoco ahí se observa una gran novedad. No tendrá usted que buscar lejos para encontrar a uno de esos ciberdelincuentes con escaño aficionado a mandar mails “anónimos” ilustrando a los votantes sobre los gustos sexuales de su adversario.

Estos sujetos, como Trump, acostumbran a mentir bellaca, y a menudo cobardemente, sobre las herencias recibidas, ocultar los verdaderos propósitos que persiguen o decir hoy “sí” donde antes dijeron que “no”. No son experiencias desconocidas para nuestros líderes políticos, que son de naturaleza olvidadiza respecto de sus opinones sobre temas tan variados como la corrupcion, el nepotismo, las redes clientelares pagadas con dinero público, la publicidad institucional o la manipulación informativa. La diferencia es que en su ingenuidad pretenden, sin conseguirlo, ocultar aquello que Trump ostenta: su desfachatez.

Hay una nueva política cuyos vientos impulsan a Trump, a Le Pen y otros populistas de diverso pelaje y parecido peligro. Los viejos símbolos caen a manos de la política de “reality”. y hasta los edificios que fueron iconos de un tiempo están llamados a convertirse hoy en hotelitos con encanto. El PP valenciano ya no está en la calle Quart y ahora leo que el PSPV planea vender el de Blanquerías. Tal vez sea lo mejor. La nueva política necesita nuevos líderes es verdad, pero también de nuevos espacios y nuevos símbolos. Y aquellos edificios, que tanto han oído, tanto han guardado y donde tanto se ha fotocopiado están llamados a dejar paso a nuevos muros más transparentes, participativos y accesibles a la ciudadanía. Porque esa será la única forma de cerrar el paso a ese vendaval que nos acecha y la única manera de impedir que mañana nos gobierne un Trump como los nuestros.

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