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La ciencia no es una chaqueta reversible

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Mientras la ciencia europea hacía posible lo imposible (posar una sonda en un cometa), Jean Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, destituía a Ann Glover. ¿Y quién es Glover? La asesora científica de la Comisión, un puesto externo y vital que se encarga de que aquellas decisiones que se tomen en Europa tengan base científica y se ajusten a la información disponible y la evidencia empírica. Por la espalda y con la atención del mundo científico centrada en Philae, Juncker cedía ante los lobbies y eliminaba una voz incómoda.

¿Que de qué lobbies hablo? De Greenpeace, claro. Porque la destitución de Glover responde, básicamente, a su defensa de los transgénicos, que la asociación ecologista aborrece. Y en realidad, más que defensa, lo único que dijo Glover fue que “los cultivos de organismos genéticos no presentan mayor riesgo que sus equivalentes tradicionales”. Eso dijo Glover y eso es exactamente lo que dice la ciencia. No defendía a ninguna empresa, ningún interés particular, comercial o estatal. Sencillamente cumplía su papel: hacer de correa de transmisión del conocimiento científico e informar las políticas públicas europeas.

En el documental “ Con el culo al Sol”, Juantxo López de Uralde, director de Greenpeace durante 10 años y actualmente co-portavoz del partido ecologista Equo, dice textualmente: “El Partido Popular español y bueno, pues su propio líder, Rajoy, han hecho manifestaciones diciendo que, bueno, escépticas sobre el cambio climático. Creemos que esto es un escándalo, que en política en el siglo veintiuno un partido de gobierno todavía mantenga esas posiciones podemos decir arcaicas o fuera de la realidad científica.”

Y coincido plenamente con Uralde: quienes niegan lo que nos dice la ciencia a sabiendas deben ser considerados peligrosos. Nos sitúan fuera de la realidad, y nos impiden tomar las decisiones adecuadas. Por algo los negacionistas del cambio climático son una de mis obsesiones particulares. Pero el problema viene, parece ser, cuando la ciencia no nos dice lo que queremos escuchar, porque no es una chaqueta a la que se le puede dar la vuelta sin más. Y todos los estudios hechos al respecto –especialmente aquellos más amplios y rigurosos- nos dicen una y otra vez lo mismo: que los transgénicos son seguros. Que la evidencia científica disponible para afirmarlo es la misma, o incluso mayor, que la que poseemos para afirmar que estamos viviendo un cambio climático. Y por ello Ann Glover se ha ganado también la oposición de los negacionistas del cambio climático, como el columnista del Telegraph Christopher Booker, quien la acusó de formar parte de la acrítica línea de pensamiento oficial y del “lobby climático”.

Pero la cuestión no radica en defender a Ann Glover como “la voz de la verdad”, porque la ciencia no es eso y Glover es sólo una persona. Lo realmente importante es reivindicar el papel de asesor científico de la comisión, que ha desaparecido.Es crucial apostar por la ciencia y por tender puentes a través del despeñadero que aún se abre entre evidencia científica y acción política. La figura de asesora científica de la comisión, aunque insuficiente, era un paso decidido en la buena dirección. ¿Queremos los europeos tomar decisiones sobre nuestro futuro común al margen de las evidencias disponibles y la mejor información a nuestro alcance? Entonces adelante: después de seguir apostando por la austeridad tras su estrepitoso y persistente fracaso, desterrar a la ciencia de la política será sólo un paso más en el divorcio entre Bruselas y la realidad.

Las cuestiones que orbitan alrededor de los hechos probados son ya otro asunto. De la misma forma que pueden criticarse a determinadas empresas biotecnológicas por su afán monopolístico y prácticas censurables, puede criticarse también a los estados por usar el cambio climático para poner en marcha reformas insuficientes e ineficientes o fiarlo todo al burdo mercado de emisiones de CO2. Pero ése no es el papel de un asesor científico. Ése es el papel de una Europa fuerte, cohesionada y con voluntad de liderazgo.

Y eso, desgraciadamente, es ya otro tema.

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