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Cada dos por tres

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Señores políticos y sesudos analistas de su séquito: ¡dejen de hablar por mí! ¿Qué quiere decir eso de que los españoles estamos hartos de las urnas? Si lo dicen por un servidor se lo pueden ahorrar. Cuando era niño hablar de política estaba perseguido; reunirse, también; y no digamos eso de manifestarse en plena calle a la luz del día para reivindicar lo que fuera, incluido un paso cebra a la puerta de un colegio. En la época de la dictadura estaba vetado, incluso en algunos casos se tildaba de pecado, conjugar ciertos verbos como divorciarse, abortar, leer (libros del extranjero) y también votar. A mí, ya ven, no me da ningún miedo, ni me aburre, ni creo que sea ningún abuso, que me convoquen a unas terceras elecciones.

Tengo mucha curiosidad acumulada por saber el resultado de unos terceros comicios consecutivos. Tengo unas ganas inmensas por cerciorarme si alguno de los 900.000 votantes valencianos del PP reconsidera su opción política después de confirmarse que casi toda la cúpula directiva de ese partido -en el poder las últimas décadas en territorio valenciano- tiene asuntos turbios entre manos a mansalva. Son maestros del pillaje. Y lo de maestros va por CIEGSA, una sociedad pública que construía colegios carísimos, de mala calidad, con constructoras de extrema confianza y con sobrecostes desmesurados (esta semana Les Corts examinarán su nefasta gestión). Este es el penúltimo capítulo de un escenario dantesco: una comunidad, con un potencial económico y social enorme, arrasada, devastada por los aires de grandeza, a precios desorbitados, de unos cuantos desaprensivos que se lucraban a lo bestia, sin reparar en gastos, como dice una vecina mía.

Estoy fuertemente intrigado por conocer, en unas nuevas elecciones, el número total de deserciones que registran las siglas populares después de conocer el alcance del vía crucis de Rita Barberá, como registran los sismógrafos mediáticos. Me gustará conocer de primera mano, y casi en tiempo real, la incidencia en las urnas de la caída en desgracia de la exalcaldesa de Valencia en toda España. Muy pocos han mostrado conmiseración cristiana con ella. Su figura se extingue. La “Perestroika” valenciana se la ha llevado aguas abajo. La deslealtad con ella era inimaginable hace unos pocos meses, por eso estimo conveniente que se evalúe ahora en votos esa desafección generalizada, aunque sea esta próxima Navidad.

En esa nueva cita electoral también podremos valorar las consecuencias del cirio conyugal que montó el tal Benavent- exlugarteniente de Rus-, yonqui confeso del dinero, que ha dejado abierto en canal al PP valenciano al destapar tantos enredos truculentos. Muchas veces las desavenencias matrimoniales son, sin duda, una fuente inagotable de exclusivas periodísticas Se trata de que si la justicia dilucida la responsabilidad penal de muchos gerifaltes del PP, el cuerpo electoral también debería poder pasarles factura por el descalabro social, moral y económico al que hemos sido sometidos. Y si no lo hace, y les indulta, me dará igual: sabré a ciencia cierta con qué tipo de congéneres me toca compartir cola en el ambulatorio y asiento en el autobús de línea. Seremos todos testigos de cuánta capacidad de perdonar atesora el pueblo valenciano, el nuestro.

Que negocien y que pacten ya unos presupuestos si quieren, pero, por favor, que nos dejen votar de nuevo. Al final, posiblemente, los populares valencianos volverán a subir en votos (sus expectativas electorales siguen cotizando al alza) y ese espectáculo sociológico no me lo quiero perder de ninguna manera. ¡Bienvenidos a las terceras, de momento, elecciones consecutivas! Si Franco levantara la cabeza se volvería loco de remate: los españoles se pasan el día yendo al colegio electoral, los descendientes de sus oprimidos “súbditos” no hacen nada más que votar cada dos por tres y, principalmente, por el PP. ¡Hay que ver!

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