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El escritor en su escaño

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El día en que Fernando Delgado leyó ante los diputados de Les Corts Valencianes aquel magnífico elogio de la palabra que fue su discurso como presidente de la Mesa de Edad, pensé que solo por aquel momento todo lo pasado ya había valido la pena. Conservo en mi despacho una copia impresa de aquel texto, en el que el fugaz presidente invitaba a sus señorías a actuar con “respeto a la palabra”, evitando la tentación de “malbaratarla, someterla a la vulgaridad y a la populachería o prostutirla”. En aquel instante imaginé el eléctrico estremecimiento de alegría que debió sentir aquel micrófono, tantas veces torturado por la ininteligible lengua de Juan Cotino, cuando atravesó sus membranas, cables y condensadores la voz limpia y rotunda de aquel escritor citando por fin a Fuster, Estellés, Raimón, Brines o Miguel Hernández, recordando a esa cámara la existencia de tanta inteligencia casi veinte años proscrita de la prosa oficial del régimen caído.

Ayer, seis meses después volví al hemiciclo. Allí, en la última fila, estaba el novelista. Recostado sobre el izquierdo de los dos reposabrazos de su escaño, Delgado miraba, a veces sin querer ver, la tribuna donde actuaban ahora los míos, ahora los otros, ahora los de más allá. Atendía al orador repasando con los dedos de su mano, una y otra vez, la anatomía de su bolígrafo como si de las cuentas de un rosario se tratara, mientras murmuraba breves oraciones ateas por las almas descarriadas de aquellos que, ni aún después de haber sido condenados, se sienten pecadores.

Pasado ya un primer semestre, no resistí la tentación de especular sobre los pensamientos del escritor en su escaño. Dí por hecho que si alguna vez albergó la esperanza de que sus sabias palabras pudieran surtir efecto alguno en la mayoría de sus señorías fue sobre todo por su condición de novelista, pues sabe seguro Fernando Delgado que solo la mano omnipotente del autor puede producir en según qué personajes tal metamorfosis. Por otra parte, estoy seguro de que el periodista que vive en él siempre supo que algunos casos, como el de mi Isabel Bonig, pertenecen a la categoría de lo irrehabilitable.

Lo miré desde la distancia de la tribuna de prensa y me pregunté si el brillante constructor de relatos habrá localizado ya entre la fauna de ese ecosistema semicircular que son Les Corts Valencianes a los nuevos personajes de una próxima novela. ¿Identificó ya al vividor, al canalla, a la sufrida protagonista secundaria, al idealista autodestructivo o al traidor? ¿Serán sus anónimas señorías la fuente de inspiración del personaje atormentado por los fantasmas de su pasado, del aprendiz de mafioso que pasea la mano por su espalda o del seminarista que  perdió la fe? ¿Habrá tropezado ya el escritor en su escaño con el periodista radical enamorado de la diputada conservadora? ¿Sabrá algún día de la tórrida historia de sexo, mentiras y cintas de video de aquel ex director general que solo encontró el verdadero amor en los brazos de su asesor parlamentario?

A la mayoría de los que me preguntaron qué se me había perdido aquel día en aquella tribuna de prensa les conté que me había becado el CSIC para esclarecer el origen de una extraña epidemia que aquejaba al periodismo valenciano. Solo compartí el verdadero objetivo de mi visita con la delegada de TV3, Empar Marco, a quien hace años renuncié a engañar por ser este un objetivo imposible. Mi única intención era observar al autor del mejor discurso pronunciado  en mucho tiempo en aquel recinto antes de escribir esta columna.

Al final de la mañana abandoné el edificio con la esperanza de que la radioactiva melancolía que irradia todo escaño sobre el espíritu de las más bienintencionadas de sus señorías  no haga mella en el alma del autor de aquel brillante texto, y que los propósitos que le animaron a embarcarse en su nueva empresa resistan a la tozuda realidad de un parlamento en el que, por lo que pude oír ayer, parece que algunos, los que más tenían que aprender, no han aprendido nada, y otros, los que más atención deberían haber prestado a las sabias palabras pronunciadas aquel 11 de junio, por lo visto entendieron más bien poco.

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