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Qué fácil olvidamos a los que estuvieron en la lucha

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Hubo un tiempo en el que Valencia fue lugar de vino y rosas, donde gran parte de sus ciudadanos estaba viviendo en una burbuja de cloroformo, con los ojos puestos en las vacaciones, los realities shows y poco más. En ese tiempo de placeres confesos, un grupo de políticos rebeldes, de los que sabían que algo estaba cociéndose mal en las calderas de la Comunitat, y muy especialmente en la capital, alzaron la voz. Viendo horrorizados como los socialdemócratas seguían esperando algún milagro en Blanqueries.

Aquellos políticos cansados de ser un cero a la izquierda, se unieron bajo el concepto de Coalició Compromís, todos venían de partidos progresistas, con la ecología como bandera. De aquella idea surgió el germen que iba a asustar a los políticos del PP y, cómo no, a los estancados del PSOE. El salto de estos visionarios, que deseaban arrancarles el poder a los oligarcas que estaba mandando, y que parecían inamovibles, se fraguó en 2011, cierto es que con el grupo parlamentario ya asustaban, pero el golpe sonoro contra la mesa estaba a punto de darse. Un año convulso en cuanto a manifestaciones, y al nacimiento del 15-M, lo que significaba que algo nuevo y poderoso, porque emanaba del pueblo, estaba a punto de suceder. Y así fue.

En 2011 Compromís llegó a las votaciones con el desamparo del fallecido Canal 9, y con la ignominia de los dos partidos mayoritarios en Valencia, pero al final mordieron el polvo. Y aunque parezca que no fue así, porque volvió a ganar el PP, en algún momento dado el corazón y la cabeza les dijo que aquello podía ser el principio del fin. Compromís obtuvo 6 diputados, el 7% de los votos, es decir, la gente que se acercó a las urnas y que deseaba cambiar las cosas fueron 175.087 personas. Y Mónica Oltra estaba entre las elegidas.

Todo ello no fue casualidad, no fue, en absoluto, flor de un día, todo lo contrario. La gente desafectada, y cansada de una izquierda que navegaba a la deriva, y que parecía que no deseaba gobernar, sólo mantenerse en el cargo, necesitaba a alguien nuevo. Cuando la corrupción llegó a sede parlamentaria, nadie podía imaginar que una política llevara una camiseta con la cara del “molt honorable” Camps, donde se pudiera leer “Wanted, Only Alive”. Aquel puñetazo en la cara, en el hemiciclo, donde la demagogia y la mentira, de unos y de otros, campaba a sus anchas, fue lo que necesitaba mucha gente quemada, cansada, con ganas de cerrar los ojos y no pensar demasiado. Mónica defendió lo que otros no defendían, o que lo hacían de un modo poco vehemente, fue la voz de los accidentados en el Metro de Valencia, mucho antes de que el gran Jordi Évole fijara su foco en ellos, y también fue arrastrada por los suelos cuando defendía las casas del Cabanyal. Compromís devolvió la confianza en la política combativa, de la que era normal que estuvieran en la acampadas del 15 M, de las que aparecían en Canal 9 con camisetas donde denuciaban la manipulación del medio, manipulación que reconocieron sus trabajadores cuando desmantelaron el ente.

Y ahora llegamos a Podemos, un partido de marcado carácter izquierdista, que bebe de los Indignados, que crece al calor de las manifestaciones y que es portada por su mediáticos dirigentes. Pero antes de ellos hubo lucha en algunos políticos valencianos, hubo rabia cuando el caso Gürtel estaba en su cénit, cuando el Cabanyal estaba a punto de desaparecer, cuando la Fórmula 1 obnubilaba las mentes de los ciudadanos. Antes de Podemos había política y lucha. Ahora existe la posibilidad del voto útil, el que haga que los del PP salgan de las instituciones, que exista un renacer de la Comunitat, ahora nos debatiremos entre darle al César lo que es del César, o votar a Podemos y unir fuerzas. Quizás el único camino serán coaliciones y unidad.

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