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Unas fotos tiradas al suelo

Unas fotos tiradas al suelo

Javier Caro

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Paseando por la calle me fijé en un contenedor de basura, en el suelo parecía haber una especie de cromos tirados, me acerqué a mirar de qué podían ser, pero no eran cromos, eran foto antiguas. Fotografías de alguien, de alguien que quizás no sabía que parte de su historia vital estaba desparramada por el suelo al lado de un sucio contenedor.

Había fotos de comuniones tradicionales, de familias en playas nada exóticas y de una anciana con un pañuelo en la cabeza. Fotografías como las que puede tener cualquier persona. Quizás alguien había heredado una casa y ya no quería esas cosas, también podría ser que la casa hubiera sido vendida, y las fotos que albergaba algún cajón olvidado fueran ahora basura y no recuerdos. Cuando era pequeño todavía existía el carrete y cada foto era una foto acertada o perdida, si la hacías mal no había vuelta de hoja, se tenía que revelar con el resto, te la cobraban y te reías al verla.

No lo recuerdo con nostalgia, pero reconozco que era muy romántico hacer una foto, llevarla a revelar y esperar un día o unas horas, para ver cómo habrían quedado, casi siempre con resultados muy por debajo de lo esperado. Las fotos físicas tenían muchos alicientes, podías guardarlas ordenadamente en un álbum, con fechas y todo eso, o dejarlas amontonadas en el sobre donde te las entregaban.

Ambas formas de almacenamiento eran muy comunes, y con suerte acababas perdiendo pocas. Cuando alguien deseaba una copia, simplemente le dejabas los negativo y se la hacía, era más rudimentario y menos eficiente, pero como ya he dicho, era lo que había y te apañabas. Había una tienda de fotografías donde además vendían discos, era una tienda de barrio, especializada en pop-rock valenciano, tenían un póster de Presuntos Implicados y miles de cedés y cassettes.

Esas tiendas de barrio han desaparecido, todos conocíamos al propietario, no como ahora. Quizás es de lo que recuerde con más cariño de aquellos años. No puedo olvidar mi primera cámara digital, algo increíble, un prodigio de la tecnología, con una tarjeta de medio giga, que hoy sería ridícula, como en el futuro lo serán las de 64, pero era una pasada. Las fotos se veían en pantallas pequeñas, hoy miro la de aquella época y la veo diminuta, si una foto te desagradaba o pensabas que no era lo suficientemente buena, la borrabas y hacías otra. Podías hacer miles.

Entonces mucha gente las seguía revelando en máquinas expendedoras, donde metías la tarjeta y elegías las que gustases. Todavía queda alguna de estas máquinas en alguna tienda de fotos, pero su aspecto es el mismo del de hace diez años. Y aquel avance en la fotografía digital nos ayudó a tener más recuerdo, pero en el fondo, para lo que sirve una instantánea, sigue siendo lo mismo. Es un recuerdo personal, grupal, de pareja, algo que se mira con cariño, evocando otros momentos, recordando acontecimientos únicos. ¿Qué pasa cuando morimos, adónde van esos recuerdos?. Quizás a tus hijos les puedan importar las fotos de sus padres, quizás, y con mucha suerte a los nietos también, pero después desaparecen, y ahora en la era digital también sucede. Los indios decían que las fotos te roban el alma, si fuera así, las millones de fotos de personas que circulan por el mundo serían pedazos de vidas finiquitadas.

Una foto de tu perro, de tu amigo, de tus padres o de alguien conocido se transforma en un agujero de gusano que te lleva al pasado, a ese segundo donde sonreíste junto a él, donde se os veía felices, a ese instante irrepetible. Pero cuando no hay nadie que mire esas fotos, que las disfrute y las entienda, esas fotos dejan de tener importancia, de ser valiosas, de ser historias vitales.

Y sólo se transforman en papel o en megabytes innecesarios, basura para otras personas. Es indiscutible que el mundo ahora más que nunca se vive de forma visual y que la primera revolución fue la fotografía digital, nuestra vida gira en torno a galerías de fotos en redes sociales, a wasaps llenos de fotos inmediatas, de imágenes en webs de cualquier tipo, siendo una parte integrada de nuestro devenir. Podemos sacar una foto de algún delito al verlo, podemos concienciar con fotomontajes por las redes, denunciamos constantemente injusticias por la supuesta verdad de una imagen irrefutable.

Nos ha hecho la vida más fácil, estamos en contacto con más gente, vemos sus caras o sus situaciones, podemos relacionarnos de un modo más ágil y sencillo, vemos la foto y ya. La inmediatez también nos hace no apreciar las cosas, no calibrarlas , no macerar nuestras opiniones o dejarnos llevar. Hay miles de fotos, y, ¿cómo podemos atenderlas a todas y con criterio crítico?, sencillamente es imposible. Es como los discos, antes escuchabas uno y le prestabas más atención a todas las canciones, a casa detalle, era tuyo, y le querías sacar el mayor jugo, con las fotografías sucede algo igual. ¿quién no ha pasado horas muertas mirando fotos y guardándolas bien?. No es que lo analógico tuviera algo especial e irrepetible, es más la escasez, el disponer de poco, de pocas fotos que mirar o pocos discos que escuchar.

Hoy apenas la ojeas un poco y pasas a la siguiente, y si no haces otra. No echo en falta ninguna época pasada, porque jamás volverá, miro al futuro con muchas ganas de saber qué sucederá, cuáles serán los nuevos dispositivos o  en qué consistirán las nuevas fotos. Un pensamiento que en tiempos pretéritos no se podía tener. Una de las fotos que había en el suelo me llamó la atención y me agaché a cogerla, era una pareja de espaldas a la catedral de Mallorca.

Imaginé que estaban casados, que se querían y que habían tenido hijo, podías imaginar cualquier cosa, las fotos parecían nuevas, o no muy antiguas, ¿quién podría tirar algo que no debe tener más de 15 años a la basura?. La dejé en el suelo, quizás a nadie le importaba que estuvieran allí, pero a mi me hizo sentir pequeño.

 

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