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Un grumo meloso de pelos y champú

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“Pobres ilusos que no sabéis nada, que no entendéis nada… Tomad, chupad este dedito, chupadlo”. Es el final de A cada cual lo suyo, una de las siempre excelentes novelas de Leonardo Sciascia. Y ése sería también el dedo que nos meten en la boca algunos políticos y medios de comunicación para que lo chupemos como tontos. Miramos lo que pasa a nuestro alrededor y no hay tantos dedos propios o ajenos para alimentar nuestra indigencia. Vivimos tiempos de zozobra moral y en las carátulas de sus canciones y artistas más de moda descubrimos la risa burlona de un cinismo que aterra. Hace unos días se murió Pep Torrent, un periodista de raza, y seguro que sabía que en la palabra periodista se ha abierto ahora mismo un agujero de inmundicia que apesta. Los intereses mediáticos y de la economía, la justicia y la política se juntan para que la realidad se convierta en un simulacro, en una insufrible retahíla de indecencias, en un millón de manos llenas de dedos que adormecen la palabra rebelde que habría de salir de nuestras bocas en vez de callarla como si aún estuviéramos en los tiempos del miedo.

La semana pasada se celebraba el Día de la Libertad de Expresión. O algo parecido. Será, digo yo, porque nos gusta, como a los críos el tacto de los chuches, celebrar nuestras derrotas. Somos carne de retórica. Salimos del paso con una frase hecha, diseñada para la ocasión, hueca como el orgullo anacrónico de un renqueante gallo de pelea, urdida al detalle para que no moleste a quien la paga con tarifa de saldo en temporada de rebajas. La libertad -no sé por qué esa manía de ponerle adjetivos antes o después- es un bien cada día más precario. Y la de expresión ya no sé qué es cuando la nombramos. Y aún menos cuando celebramos a bombo y platillo no sé cuál de sus más que menguadas excelencias.

Vamos a vivir en las próximas semanas el arrebato emocional de unas nuevas elecciones. La neutralidad informativa se irá desagüe abajo convertida en un grumo de pelos y champú, de geles dermatológicamente contrastados y mejunjes de chamán para conservar crédulamente la eterna juventud. Las izquierdas juntas -si al final se confirman las confluencias- recibirán los trallazos de casi toda la prensa, de esa prensa que se arroga la verdad cuando en realidad esa verdad sólo existe en la insufrible y tristemente ridícula soberbia de sus responsables y en la defensa inútilmente encubierta de sus intereses particulares. La estrategia la tienen clara: despedazar cualquier atisbo de victoria electoral de las izquierdas. La batalla será de las que hacen historia. Ya se está viendo en algunos programas televisivos, en las radios, en la mayoría de periódicos. El otro día, en uno de esos programas televisivos, uno de los contertulios gritaba con espuma en la boca hablando -por supuesto que mal- de Podemos. Y un rato antes de escribir este artículo, otro de los pirómanos enseñaba en la misma pantalla progre -con una insana sonrisa de satisfacción- un documento que atestiguaba el cobro de casi trescientos mil euros por parte de Pablo Iglesias. Un documento sin firma del receptor y que se supone forma parte de las filtraciones falsas que -igual que las referentes al grupo CEPS- están saliendo de un antiguo miembro del gobierno venezolano. En la cara sardónica del denunciante se adivinaba aquel “¡que se jodan!” que se nos ha quedado como imagen de marca de la vergüenza democrática.

Pero esto es sólo el comienzo. El zafarrancho se hará más elocuente en su ferocidad cuando sean más izquierdas las que se sumen -cada una con sus legítimas particularidades- al proyecto regenerador que se augura como posible para el próximo 26 de junio. La libertad de expresión será a partir de ahora un chapurreo periodístico de exabruptos que en nada tendrá que ver con la ética de la información y aún menos con aquellas ínfulas de veracidad que alienta falsamente sus rimbombantes declaraciones de principios. Todo valdrá para impedir que los cambios se produzcan, para romper la más mínima posibilidad de que esos cambios atenten contra los intereses económicos que juntan miserablemente a la vieja política, a las grandes empresas mediáticas y a sus máximos responsables.

Será el momento preciso para meterles a ellos y a sus intereses, tantas veces unos y otros fuera de la ley, los dedos en la boca. Para conseguir, como decía Sciascia, que cada cual tenga lo suyo. Para que de una vez dejen de confundir aposta, y confundirnos, con su verborrea de frases que son sólo retórica, grumo meloso de pelos y champú, mentira cochina en unos tiempos más que nunca necesitados de verdad.

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