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La maldad se pasea

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Mi padre me llamó hace unos días con la voz extraña, el ritmo acelerado y algo sorprendido. Mi madre había salido en televisión, pero por algo horrible. Mi padre me preguntó si recordaba a una chica, yo hice memoria, la poca que tengo, y no le ponía cara, me habló de su marido y sus hijos, y al cabo de unos segundos caí. Era la vecina de mi madre, a veces las había visto charlando en la calle. Su marido la había matado, y mi madre había aparecido en la televisión hablando de la noticia. Me quedé perplejo, reconozco que apenas la conocía, creo que alguna vez crucé alguna palabra protocolaria con ella, pero no sé si fue así o lo estoy imaginando. Su marido, al que tantas veces había visto por la ventana con su furgoneta, la había matado, y sólo pude sentir tristeza y rabia, ya os digo, no la conocía mucho, pero sentí rabia.

Parece que la lacra de la violencia de género sigue sumando víctimas, Sonia, que así se llamaba la chica, ha sido la segundo en la Comunidad Valencia en 2015, algo dramático e insoportable, y la cuarta en todo el estado. Fue su marido el que llamó por teléfono para avisar del crimen, ese mismo hombre que algunas veces se paraba a comentar alguna cosa en calle, ese mismo que abrazaba a sus hijos cuando salían del portal, el mismo que sonreía caminando de la mano de su víctima. Ese hombre era un hombre normal, y ahora es un asesino.

Sentí una punzada rara cuando leí la noticia en la prensa, noté el frío aséptico que deben sentir todas las víctimas de cualquier suceso, como se relataba ordenadamente el asesinato, como parecía que hablaban de algo intrascendente, pero no lo era, porque una vida más se ha perdido. No es algo baladí, sus hijos, los que veía desde mi ventana en su carro o corriendo a por la merienda, ya no abrazarán a su madre y no volverán a mirar a los ojos a su padre. En unas cuantas cuchilladas sus hijos han perdido sus vidas, sus sueños, su futuro, su amor. Y eso no es algo que merezca media hoja en un tabloide hablando de modo descarnado del dolor.

Todos los vecinos que los conocían, esa noche los tuvieron en su mente, la muerte despiadada y sin sentido corrió libre por esas calles, los gritos agónicos no se escucharon, o sí, quién sabe. Cómo podrán subir sus vecinos, amigos de mi madre, por la escalera, sabiendo que el horror y el dolor que se vivió tras esa puerta, tras la puerta de Sonia y de su familia, sin apartar la mirada.

A veces vemos una misma escena en televisión y perdemos el horizonte, la perspectiva del acontecimiento: niños soldados, bombas segadores de piernas, gritos en algún lugar o personas que lo pierden todo. Y ya nada nos afecta. Hace poco un hombre saltó por la cornisa de una azotea en Elche, un bombero estuvo a punto de salvarlo, abajo habían cientos de personas con sus móviles, ¿para qué?, para grabar el final feliz o sólo para grabar el final, sea cual fuera. El video, por descontado, corrió como la pólvora, quizá alguno de los que lo vieron lo estaban viendo comiéndose una manzana, yendo en bus a cualquier lugar o deteniendo su juego on-line para ver el video del que todo el mundo hablaba. Si Sonia, o cualquier mujer asesinada por violencia de género, fuera asesinada en plena calle, ¿cuántos levantarían sus móviles y lo grabarían?.

Verían el video otras personas y no sentirían nada, porque la muerte y la tragedia, sólo pasaría, fotograma a fotograma, por delante de sus pupilas y no por su barrio, no habrían ambulancia sonando estruendosamente en la calle, y semblantes de preocupación, nos habría llanto y olor a miedo, solo una pantalla de cristal líquido, y la sensación de que esas cosas suceden en otros lugares, en otros contexto, y que el espectador está a salvo, libre del pecado de mirar hacia otro lado.

Mi madre no quiso ponerse al teléfono cuando la llamé, ella sí vio, en una lluviosa mañana de Febrero, que las cosas malas y la propia maldad, también pueden pasearse por su barrio.

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