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El 4º mundo

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Desde hace unos días no veo a un hombre mayor, que podría ser mi abuelo, en la entrada a un banco de La Caixa. El hombre siempre estaba tapado y la última vez que lo vi unos chicos de Cáritas estaban junto a él, le ponían un manta sobre el cuerpo y le daban un café caliente, el hombre asentía, daba las gracias, en aquel momento me quedé con su cara. Era un rostro ajado y lleno de arrugas. No era un hombre mayor, era un anciano. Ahora arreglan el cajero, y allí ya no están sus mantas o sus escasos enseres.

Hace algunas semanas moría el tercer indigente (palabra que siempre he odiado), en Valencia. Y no es una anécdota, es un drama, es una pena, es que algo se está haciendo mal. En sólo 15 días, y con el agravante del frío y la humedad, han muerto tres personas que vivían en la calle. Solo de imaginarme cómo deben sentirse las personas sin hogar ante ese panorama, siento miedo. Miedo a enfermar, a perderlo todo, a tener una mala racha y acabar en la calle viendo la escena desde el suelo. La escena que todos vemos a diarios, tanto en ciudades grandes como en lugares pequeños. Escenas de miseria y de injusticia, de tristeza y humillación.

Manos temblorosas y suplicantes, miradas que vagamente se cruzan, cuerpos en el suelo sentados y gente caminando delante de ellos, absortos, distraídos, queriendo pasar rápido delante de ellos, como si el sólo instante de estar junto a esas personas que piden, nos contagiaran de su pobreza.

He escuchado algunas veces, y lo recuerdo porque me causó ira y desazón, que están así porque quieren, que son inmigrantes, que en el fondo no viven tan mal o que algo habrán hecho para estar así. Y es en ese momento donde pienso que el ser humano es directamente imbécil.

Quizás los que hablen con esa falta de condescendencia y humanidad lo hagan en virtud de la desinformación, y no por ser unos completos inútiles. ¿Cómo puede pensar alguien con cabeza que existe una justicia inmanente, que castiga a los que se portan mal con la indigencia?, ¿Cómo puede pensar alguien que vivir en la calle, a merced del frío y de la buena o mala voluntad de la gente, desee estar en esa dantesca situación?. Seguro que esos pensamientos o frases sólo obedecen a una única cuestión: hacer más llevadera la posibilidad real de que todos podemos acabar así.

Aún guardo en la retina cómo una mujer fue quemada viva en un cajero, una mujer que había cometido un pecado muy grave: el de dormir en un cajero y ser pobre. Sus atacantes y asesinos fueron condenados a 17 años de prisión, atacantes que le tiraron de todo antes de verter un disolvente en el suelo y lanzarle un cigarrillo para quemarla viva. Ella había sido como cualquiera de nosotros, incluso su vida estuvo llena de éxitos. Fue secretaria de lujo y de joven, cuentan, que era muy guapa. Todo a su favor. Tal vez jamás pensó en verse en esa situación, malviviendo, durmiendo en los cajeros, pasando frío y temiendo por su integridad. Ella, como cualquiera, descendió a la mendicidad por culpa de la droga. Pero podía haber sido la perdida de un trabajo, como los 4.512.153 de parados que ahora hay en España o por la pérdida de una vivienda. Ahora esos cimientos de sostenibilidad que pensábamos tener se derrumban, ya no es el yonki que pide en la entrada del supermercado, en que no te ves reflejado, ahora puede ser tu amigo, tu vecino, tú mismo sin trabajo, casa o esperanza. Y entonces qué, acaso esa persona lo busca o sólo es que se lo quitan todo y acaba en alguna calle con la mano temblorosa pidiendo caridad.

Y ese anciano que no cotizó lo suficiente o esa prostituta de cierta edad que jamás supo lo que era un contrato, pero que trabajaba las calles. Ellos son los nuevos indigentes, los que no tienen nada, a los que ayudan Cáritas, para lo que el gobierno, y lo que desean entrar en él, no tienen plan, por ellos no votarán, no saldrán en la foto, y por descontado, no se manifestarán, porque ¿contra qué o quién se manifiesta alguien que carece de todo?, ¿a qué gobierno puede asustar personas sin hogar ni posibilidad de organización, si lo único que quieren en comer, beber y tener un techo donde resguardarse?.

Recuerdo una vez que una profesora de religión nos dijo que era peor ser pobre en un lugar lleno de gente con dinero, que ser pobre en un sitio donde todos eran pobres, entonces no lo comprendí. Hoy veo esos dos mundos que no se tocan, que no se miran, que parecen no saber de la existencia del otro y me estremezco. La globalización, el desprecio al ser humano (no hablemos del animal), el neoliberalismo o la crisis inventada por las agencias de calificación, son la dinámica en la que nos encontramos insertos sin pedirlo, sin poder hacer nada. Se habla de la exclusión social como algo ajeno, una palabra que define un concepto que parece nuevo, tal vez no lo sea para los gitanos, para los inmigrates sin papeles o para los mendigos, pero sí nuevos e incómodos para los que miraban a las personas que piden de refilón, escudándose en que ellos jamás estarán ahí, que no serán de los intocables.

Sigo sin ver a anciano que dormía en el cajero, las obras han acabado hace tiempo, tal vez esté en algún centro o quizás ya no esté con nosotros, pero pensándolo bien: hace mucho que dejó de estar, porque para los ojos de la mayoría al sentarse a pedir comida se había vuelto invisible.

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