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Los niños de Fátima, Kichi y san Pedro Sánchez

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Desde que Nietzsche decretó la muerte de dios siempre he pensado que lo mejor que podría hacer la iglesia católica era reconvertirse en una empresa de pasatiempos. El éxito del negocio estaría asegurado. Porque, vamos a ver, ¿cómo puede competir el más sesudo crucigrama, el sodoku más algorítmico o el más endiablado cubo de Rubik con rompecabezas tan perfectos como la Santísima Trinidad, por poner un ejemplo? El día que Edipo fue capaz de descifrar su famoso enigma, la Esfinge tuvo que cerrar su tenderete con tamaño disgusto que acabó suicidándose. Pero, ¿qué pasa con los misterios de la fe? Pues eso, que son tan insondables que no los desvela ni dios.

Todo esto viene a cuento por la reciente canonización por el papa Francisco de Jacinta y Francisco Marto, los dos pastorcillos que hace un siglo aseguraban haber visto a la virgen en Fátima. El vicario de Cristo más laico que ha tenido hasta la fecha la autoproclamada Santa Madre Iglesia conseguía así un golpe de efecto que descolocaba a sus poderosos enemigos en el Vaticano. El problema es que sin pretenderlo ha dado pie a un debate teológico mucho más apasionante que el juego de la oca. Porque, veamos, si un santo es aquel que nos proyecta una vida ejemplar, ¿qué ejemplo pueden darnos un par de niños que murieron poco después de la pretendida visión? ¿El de su inocencia? ¿Pero acaso no son puros todos los niños a los ojos de dios, como se preguntaba con escepticismo un teólogo portugués?

Y luego está el peliagudo tema de los milagros. No olvidemos que en las oposiciones para la santidad solo los mártires gozan de discriminación positiva, les basta con mostrarse degollados, apedreados o descuartizados y ya tienen plaza directa en los altares. Al resto no les es suficiente con haber llevado una vida de virtud, tienen que tener algún milagro en el currículo: uno si se contentan con ser beatos, o dos como mínimo si aspiran a ser santos de plantilla. Pues bien, también en esto iban justitas las santas criaturas. Si aceptábamos como prodigio la propia aparición de la virgen, que a juicio de algunos teólogos ya era mucha suposición, les quedaba todavía un milagro por presentar. Al final lo encontraron en Brasil donde, al parecer, un niño que tenía no sé qué enfermedad se curó no sé cómo después de que unas devotas monjitas le rezaran no sé cuántas plegarias a los futuros santitos lusitanos.

En fin, que como se ve, la canonización de Jacinta y Francisco, tan anhelada por comerciantes y hosteleros de Fátima, no ha podido ser más controvertida. Así que ha sido prudente el alcalde de Cádiz, José María González Kichi al apostar por un valor seguro, como es la Virgen del Rosario, a la hora de concederle la Medalla de Oro de la Ciudad. Otra opción con menos consenso social y teológico hubiese sido temeraria, visto el revuelo que este acuerdo tan ponderado ha desatado. Hasta su socio Alberto Garzón le ha afeado la conducta mostrando en público su disconformidad con esa disposición del simpático gaditano a estampar medallas en seres inanimados. Menos mal que Pablo Iglesias ha tenido a bien desvelarnos una obviedad tan evidente que nadie había reparado en ella: que condecorar a una virgen es el mayor gesto de coherencia al que un laico puede aspirar. Se dejó el líder de Podemos otro incuestionable argumento en la recámara, tal vez pensando en el inminente debate de la moción de censura: la vocación de gobierno. Porque, a fin de cuentas, qué mayor ejemplo de su vocación de gobierno puede mostrarse que la de emular la misma visión de estado que la del ministro del Interior. Eso es seriedad y lo demás especulaciones.

Claro que esta afición al santoral no es exclusiva de la formación morada. También en las filas socialistas, tras la resaca de las primarias, andan fervientemente entregados a la tarea de subir a Pedro Sánchez a los altares. Probablemente por influencia de José Bono. De Sánchez esperan que con su simple presencia obre el milagro de los peces y los panes. O en su caso de los votos en las urnas. Mientras llega el día se conforman con las encuestas, sin reparar en que el reelegido líder ya ha comenzado a obrar prodigios que ya quisiera para él san Cucufato. Por lo pronto ha dado muestras de su habilidad para convertir el vino en agua. Así, si ayer se afanaba en reiterar que no es no y en reclamar la dimisión de Rajoy nada más llegar a Ferraz, hoy nos sorprende poniéndose a las órdenes del presidente frente al díscolo catalán o coincidiendo con PP y C’s en la conveniencia de cerrar lo antes posible las investigaciones sobre la policía política. Incluso, como muestra de su bondadosa rectitud, se ha mostrado respetuoso con la decisión de su aliado canario de echarle un capotazo a Montoro con los presupuestos. Ante semejantes milagros hasta Juan Luis Cebrián, afectado por el síndrome de Saulo de Tarso y su caballo, parece haber olvidado de golpe su viejo oficio de perseguidor.

En suma, lo dicho, que el catolicismo es una máquina de misterios capaz de saciar las aspiraciones a pasar el tiempo de cualquier mente inquieta cansada de las simplezas de los crucigramas. Yo, sin ir más lejos, en cuanto me aburro un poco siempre me pongo a pensar en la Santísima Trinidad. Porque, la verdad, los santos no me van mucho. Solo despiertan algo mi curiosidad aquellos que vienen cargados con dos pistolas.

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