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Esto pinta mal, pero que muy mal

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El otro día, en el Instituto Cervantes de Burdeos, un joven me preguntaba si en España existía una memoria oficial. Se refería, claro está, a esa memoria que nos junta en un tiempo histórico que va desde la II República hasta ahora mismo. Y al día siguiente, en un Instituto de Enseñanza Secundaria de preparación para la Universidad, una joven que había leído algunos de mis artículos de eldiario.es hacía lo mismo acerca de lo que está saliendo en la prensa relativo a la libertad de expresión. Dos casos que son el mismo caso. La memoria y la libertad de expresión. La continuidad del franquismo en las instituciones y en la calle. La justicia que persigue con una dureza insospechada todo aquello que considera insultos a la dictadura franquista, a sus símbolos y a sus protagonistas principales. Nadie se explica fuera de aquí lo que aquí está pasando. Nadie. Cómo se lo van a explicar fuera de aquí si aquí cuesta mucho entender lo que nos pasa.

El joven de Burdeos contaba lo que había leído: que en los presupuestos generales del Estado no había un céntimo de ayuda para poder aplicar la Ley de Memoria y que, en Cádiz, el gobierno acababa de multar al ayuntamiento de izquierdas por colgar una bandera republicana. El gobierno. De dónde vienen ese gobierno y quienes lo abanderan con los trapos fachas de una biografía anclada en la dictadura. De ahí vienen, de la admiración a quienes durante cuarenta años implantaron lo que ya habían empezado a urdir cuando la República -con sus aciertos y sus errores- intentaba sacar adelante un país que hasta entonces estaba en manos de los grandes terratenientes y de la iglesia. Y esa admiración la siguen manteniendo en unos tiempos que deberían de ser muy distintos a aquellos de la indignidad y la vergüenza. Pero no lo son. La Ley de Memoria -lo poco que de ella podemos aprovechar en términos de justicia democrática- se la saltan muchos jueces a favor de quienes, desde la rancia prepotencia que no les ha abandonado desde que ganaron la guerra, siguen gobernando las instituciones de un país cada vez más entregado a la perplejidad y al desconcierto. ¿Será verdad que seguimos siendo un país franquista con todos los matices que ustedes quieran?

Si pensábamos que, con la sentencia a un año de cárcel y siete de inhabilitación para ejercer oficio público a Cassandra Vera por sus tuits sobre Carrero Blanco, ya habíamos tocado techo en la iniquidad que tantas veces caracteriza a la justicia, estábamos equivocados. Ahora les toca el turno a Wyoming y Dani Mateo. La causa de esa barbaridad: hacer una broma, en su programa televisivo El Intermedio, sobre el Valle de los Caídos. La Asociación para la defensa del Valle de los Caídos (otra más surgida de la extrema derecha al amparo de la impunidad cómplice que disfrutan en los tribunales de justicia) puso la querella y un juez la admitió a trámite. Aquí se juntan las dos respuestas a las preguntas de los jóvenes franceses: la versión oficial de la memoria llamada histórica y la libertad de expresión más recortada que el bigotito cursi de Hercules Poirot. La versión oficial de esa memoria está clara: cuarenta años después de morirse el dictador, el franquismo es intocable. Y la libertad de expresión sigue en manos de jueces ultraconservadores que están asediando sin contemplaciones todo aquello que pone en tela de juicio los símbolos franquistas y -como decía antes- a sus protagonistas principales. Aquí sólo tienes libertad de expresión si te dedicas, por poner dos ejemplos, a insultar a Pilar Manjón y a las víctimas republicanas del fascismo. Esos insultos no van a tener ningún problema con la justicia. Pero si se te ocurre escribir algo -por leve que sea- sobre las canalladas del franquismo estás más perdidamente jodido que el pobre Carracuca.

Y la cosa no parece que vaya a mejorar en los tiempos inmediatos. Este mes de abril es el de las celebraciones republicanas. Pero lamentablemente esas celebraciones se aparcan después hasta el año siguiente. Es lo que suele pasar con eso tan a veces paradójico de los aniversarios. Mientras tanto, la Monarquía sigue su marcha como si nunca hubiera roto un plato y la dictadura que la nombró nunca ha visto decrecer su poderío en estos cuarenta años de democracia más que insuficiente. Y, para terminar, vuelvo al principio: cómo van a entender fuera de aquí lo que nos pasa si quienes aquí vivimos no conseguimos salir del susto cotidiano, de la insana perplejidad y el desconcierto. Mal pinta la cosa, pero que muy mal. ¿O no?

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