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El centro histórico

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Aunque en la ciudad de Valencia hay otros tejidos históricos que provienen de la anexión realizada en la segunda mitad del XIX (Russafa, Benimaclet, Marxalenes, Campanar, Patraix , Poblats Marítims etc.), me centraré en lo que habitualmente se conoce  como centro histórico, esto es, el espacio comprendido en la primera ronda que sigue el trazado de la antigua muralla que fue derribada a partir de 1865. Un espacio que a principios del siglo XX albergaba  a unos 100.000 habitantes (casi toda la población menos los barrios extramuros y el disperso agrícola) y que hoy no llega a los 25.000 habitantes. Un espacio que sufrió las sucesivas operaciones de  reforma interior (Convento de la Puridad; calle de la Paz; Barrio de Pescadores, remodelación de toda  la plaza de Emilio Castelar y del espacio entre la antigua estación y la ronda; Avda. del Oeste etc.) con la consiguiente  destrucción del tejido urbano preexistente y la expulsión de las clases populares que lo habitaban. Un espacio en el que se impuso la conocida lógica del binomio degradación/renovación y que hasta 1979 presentaba un barrio renovado (Sant Francesc aunque con bolsas de degradación) y cuatro barrios degradados en diversa medida (El Carme, Velluters, El Mercat i la Seu-Xerea). Un espacio, por último, que fue objeto de nuevo planeamiento para frenar la barbarie sustitutiva (la calle Colón como ejemplo) y donde la intervención pública en el periodo 1979-1991 (primero el Ayuntamiento y luego el Plan Riva) cambió la tendencia e hizo vislumbrar que era posible un centro histórico habitable y gozable. Entre 1991 y 2015  el interés se desplazó a la periferia de los PAI's pero el centro histórico mantuvo un nivel de intervención principalmente privada y en mucha menor medida pública (Plaza Redonda, la intervención “dura” en Velluters, la Plaza de Brujas...) que  impidió -sobre todo la privada- la reproducción de los viejos mecanismos de degradación.

Dicho eso de forma sumaria (detallar el proceso nos llevaría varias páginas), nos encontramos en 2015 ante la posibilidad de dar un salto cualitativo e irreversible y conseguir por fin que el centro histórico, que condensa una parte muy importante de nuestra memoria colectiva, sea un espacio, habitable, paseable y enriquecedor tanto desde la perspectiva económica (el turismo sigue prefiriendo esta clase de espacios) como desde la perspectiva cultural y patrimonial.

Hay esperanza pero no certeza porque todavía queda mucho trabajo por hacer. Sin perjuicio, como siempre, de más y mejores sugerencias, quisiera centrar esta pequeña aportación de ideas en cuatro elementos: la circulación privada, los solares, la política en “batería” y los temas patrimoniales.

Del coche ya se ha hablado mucho. Si son el mayor problema para la habitabilidad de la ciudad y el incremento del espacio público, para el centro histórico la circulación privada sin severas restricciones es mortal de necesidad. No se puede pasear comprimidos entre los horribles bolardos y las paredes en calles que nunca se pensaron ni diseñaron para el coche. Los nuevos gobernantes van dando pasos de agradecer: el fomento del transporte en bicicleta, “calmar” el tráfico (València a 30) etc. Si me perdonan el atrevimiento, yo sería bastante más radical. Sólo podrían circular por el centro los residentes, las bicis, no sé si las motos, el transporte público, los servicios públicos y los camiones de reparto a las horas fijadas. Elíjanse 5 o 6 entradas al centro bien distribuidas, evalúense las necesidades de aparcamiento y el aprovechamiento de los parkings existentes intramuros y deposítense en el inicio del resto de las calles que dan a la ronda unos enormes  y estéticos pedruscos que nos eviten la policía local. ¿Por qué tanto gradualismo? A día de hoy todavía se puede circular en coche por Serranos-Caballeros-Quart (sólo un ejemplo) y eso es una salvajada.

Segundo tema: los solares. Los hay en exceso y de diferente tamaño y tipología (el ex Cine Princesa, La calle Llíria, la calle en Gordo, el solar contiguo a ADEIT y como mínimo una centuria más. Tolerancia cero. Con el Registro Municipal de Solares  como instrumento o como digan los  expertos. Pero ni un solar en el centro. El centre es nostre i el volem ocupat. Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? (¿Hasta cuándo Catilina, abusarás de nuestra paciencia?) como decía Cicerón. El sacrosanto derecho de la propiedad debe dejar paso a la razón. Edifíquese  o utilícese sin más monsergas ni pamplinas.

El tercer  tema es el de la  necesidad de entender la política del centro histórico como una batería de medidas que se realizan de forma paralela y coordinada y que afectan principalmente a la urbanización básica, la promoción económica y los servicios sociales. Como difícilmente los gobiernos locales  tienen capacidad financiera  suficiente para  abordar todo el programa de regeneración urbana, habrá que  aceptar  la combinación de la iniciativa pública y privada. Esta última (si hablamos de inversión) reclamará una tasa de beneficio que hará  que sea prácticamente imposible mantener la estructura social intacta y por tanto habrá un proceso de sustitución de rentas bajas por rentas medio- altas. Ése es un coste de transacción del que hay que ser muy consciente aunque debe facilitarse el que aquellos grupos sociales de rentas bajas que quieran permanecer puedan hacerlo. De todas formas, vista la demografía y el grado de ocupación los desplazamientos indeseados pueden ser pocos y la política de servicios sociales puede mitigar los efectos. A medio plazo (otro problema es si hay o no demanda) tendremos un centro histórico de diferente estructura social pero que conserve la memoria colectiva y sea todo él un espacio  público. Preferible este escenario a un centro degradado con procesos de filtrado , vaciamiento demográfico y ruina física. ¿Discutimos?

En el apartado de promoción económica, evitar la excesiva concentración de  espacios de ocio y promover la utilización de los bajos (mejor si es a favor de jóvenes creativos) parece una posición razonable.

Por último, la memoria colectiva es el bien por excelencia a proteger y propietarios (incluyendo la Iglesia) y poderes públicos deben garantizar la adecuada protección  no sólo de los edificios de indudable interés sino del entorno. Con la protección hay que andar con mucho cuidado pues un exceso injustificado puede generar una momificación del tejido urbano( si es muy difícil reformar se abandona el proyecto y la ruina acecha). Pero doctores tien la Iglesia y a ellos me remito. Los Planes de Reforma Interior y Protección vigentes pueden revisarse puntualmente para obtener un difícil pero beneficioso equilibrio.

Estas pocas ideas sobre el centro histórico admiten, faltaría más, todo tipo de pegas y desacuerdos. ¡¡¡Ojalá!!! Salut.

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