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DESALAMBRE

El futuro de Siria, a las puertas de Europa

“Nadie nos dice que tenemos que hacer, ni la policía ni las administraciones. Y hay gente que se aprovecha de nuestra desesperación y nos engaña", dice un sirio que espera en la frontera marroquí con Melilla

La Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) calcula que unos 8.000 niños esperan solos o con sus familias en el Magreb, principalmente en Marruecos

Nadie explica por qué las autoridades marroquíes impiden a los sirios acceder a la frontera española con su pasaporte y sus documentos de Siria en regla

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Khaled y Moham, padre e hijo sirios que esperan en la frontera de Marruecos con Melilla/ Blasco de Avellaneda

Khaled y Moham, padre e hijo sirios. Kaleh ha podido pasar a Melilla mientras que el resto de su familia se ha quedado en Marruecos y no pueden pasar/ Blasco de Avellaneda

Dice Khaled que si algo representa verdaderamente a su tierra es la risa de los niños. Que sea la hora que sea siempre hay chavales en las calles jugando con piedras, golpeando un balón, divirtiéndose con videojuegos o simplemente sonriendo. Un viernes por la tarde en Homs es el peor día si quieres echar la siesta, asegura. Cientos de niños abarrotan las calles y el ruido que producen sube por las paredes y se te mete a través los oídos en el interior de la cabeza y no te deja pensar en nada. Los niños están... -calla, se le salta una lágrima y suspira-, “estaban por todas partes”.

Tres años después del comienzo de la guerra civil en Siria, más de 120.000 personas han perdido la vida. De ellas, unas 20.000 eran sólo niños. Los que han sobrevivido a la guerra más cruenta del siglo XXI, y han conseguido huir del país, buscan desesperadamente refugio seguro en otros lugares. Más de 2,5 millones de sirios han dejado sus casas, o lo que quedaba de ellas. Un gran porcentaje de ellos no han cumplido todavía la mayoría de edad.

La Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) calcula que unos 8.000 niños esperan solos o con sus familias en el Magreb, principalmente en Marruecos, a que acabe la masacre para volver a la tierra que les vio nacer.

Muchos quieren entrar a Europa, pero pocos lo consiguen. Se agolpan en hoteles y pisos patera de las principales ciudades del norte del país a la espera de poder entrar a Melilla o Ceuta y desde allí llegar al otro lado del charco para poder relajarse interiormente y sentir que, aunque sea de forma temporal, su éxodo y calvario han concluido.

Inexplicablemente, las autoridades marroquíes impiden a los sirios acceder a la frontera española con su pasaporte y sus documentos de Siria en regla. Muchos tienen que sobornar a los agentes de aduanas para que les dejen pasar y otros adquieren documentación marroquí falsa en el mercado negro para saltarse los controles. Los que no tienen dinero para lograr su libertad deben seguir malviviendo hacinados en cubículos de pocos metros cuadrados en los que llegan a dormir hasta diez o doce personas.

Hay familias cuyos miembros están divididos: algunos se encuentran ya en la España peninsular, otros han conseguido pasar la frontera pero permanecen retenidos en Melilla y los que no han tenido suerte, o se han sacrificado en favor del resto, continúan su martirio en el norte de Marruecos.

Es el caso de Salima de 15 años. Ella consiguió burlar los controles y llegar hasta Melilla. Vino sola. Los servicios sociales la llevaron a un centro de menores pero ella escapó. Tenía miedo. Sus papás permanecen en Marruecos, en un pueblo al sur de la provincia de Nador. El padre está muy enfermo del corazón y la madre no se separa de él ni un instante. Tiene dos hermanos en Barcelona. Un hermano, también menor, que reside de forma irregular y una hermana mayor de edad que tiene concedido el asilo político junto a su marido.

Salima./Jesús Blasco de Avellaneda

Salima./Jesús Blasco de Avellaneda

Vive en un habitáculo deteriorado de poco más de 20 metros cuadrados que comparte con otros 10 sirios, cinco de ellos menores de edad. No tienen cocina y para ir al baño han de salir de la vivienda y pasar a un cubículo mugriento que comparten con otra residencia anexa. Ellos mismos han tenido que poner la instalación eléctrica para poder gozar de la luz de un par de bombillas y cada vez que llueve entra el agua por hasta tres agujeros del mohoso techo.

Lleva dos meses en suelo español y no sabe qué quiere. Está segura de que desea salir de ese agujero y de que merece que le concedan el estatus de refugiada, pero tiene miedo de que por pedir asilo en Melilla tenga que estar más tiempo aguantando esta situación. Además, la mayor parte de su documentación la tienen sus padres en Marruecos y sus hermanos no pueden bajar a por ella porque temen que luego no les dejen pasar el control fronterizo para volver al continente europeo.

Está sola, pero no pierde la sonrisa. Juega con Luay como si de un peluche se tratara. Lo coge en brazos y le hace cosquillas en el estómago con su nariz. Es un bebé precioso con unos ojos grandes y negros que guardan en su interior la esperanza de conocer algún día la devastada Homs, de donde salió su padre dejando atrás miles de recuerdos entre escombros.

Él ha nacido en Melilla, fruto del matrimonio entre Feras, sirio, y Halima, marroquí. Cuando Feras lo inscribió en el registro civil y luego en la oficina de extranjería de la Jefatura Superior de Policía, sin consultarle, le dieron al niño la nacionalidad de Halima. Por eso no pide el asilo porque tiene miedo de que se lo concedan a él pero no a su mujer y a su hijo. No quiere perderlos. Y mientras el tiempo pasa y la desesperación de Feras en ese cuchitril crece cada día. Ayer una rata estuvo a punto de morder al pequeño Luay: “Esta no es forma de vivir. Tenemos niños, niños pequeños. Sólo queremos que nos acojan un tiempo, donde sea. Y cuando acabe la guerra volveremos a Siria. Es nuestra tierra. Donde vamos a estar mejor que en nuestra tierra”.

Khaled continúa con los ojos llenos de lágrimas. Entiende la difícil situación de Feras pero, al menos, él está con su mujer y su hijo. Cuando Khaled intentó cruzar a Melilla con su familia sólo le dejaron pasar a él. Su esposa y sus tres niños pequeños se quedaron en Marruecos. Desde entonces han pasado cinco semanas, demasiado tiempo. Su mujer y sus hijos han ido a Tánger para intentar entrar por Ceuta. Él hace un mes pagó 400 euros a un abogado que le prometió que su familia entraría a España y que pronto se irían todos a la Península, pero se siente engañado: “Nadie nos dice que tenemos que hacer, ni la policía ni las administraciones. Y hay gente que se aprovecha de nuestra desesperación y nos engaña. Sólo quiero estar con mis hijos, mis pequeños”.

Khaled junto a otro de sus hijos, Luay./Blasco de Avellaneda.

Khaled junto a otro de sus hijos, Luay./Blasco de Avellaneda.

Moham, un chiquillo sirio de apenas siete años, abraza a Khaled e intenta consolarle, aunque, al final, él también rompe a llorar y se aferra con fuerza a Khaled. Es sólo un niño.

Europa les ha dado la espalda. Siria agoniza y el mundo no se decide a actuar para salvar a una generación de niños traumatizados, que viven con miedo y que no terminan nunca de huir ni de encontrar tranquilidad y consuelo.

Solos y desatendidos no dejan de cruzar fronteras que se levantan a su paso, unas veces entre dos territorios y otras en las administraciones, las comisarías de policía o en el interior de la mente de muchas de las personas que se cruzan en su camino.

Desde España, organizaciones como Accem, CEAR o Rescate se han marcado el objetivo de que Europa se comprometa de forma decidida con la acogida y protección de las personas, especialmente los niños, que han conseguido escapar del conflicto en Siria.

Es una lucha continua en la que hacer presión para que Europa facilite el acceso a la protección a los refugiados a través de una apuesta fuerte por el reasentamiento o flexibilizando la reagrupación familiar no lo es todo. También es importante sensibilizar a la ciudadanía sobre la catástrofe humanitaria que supone para un país una generación perdida. Hacer ver a la gente que el futuro de Siria está a las puertas de Europa y que llama de forma desesperada al timbre de las conciencias, pero que nadie parece oírles con el ruido que desde dentro genera la insolidaridad y el desconocimiento.

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