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Cooperantes: el trabajo contra la inequidad

Era enero de 2003. El primer día de clase de las 35 personas que nos especializábamos para ser cooperantes con un postgrado en la Universidad Complutense. Nuestro trabajo comenzó con esta pregunta: ¿Por qué las desigualdades siguen creciendo después de 50 años de cooperación internacional?

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Trabajadora humanitaria. Imagen de equitablementvotre.net

Trabajadora humanitaria. Imagen de equitablementvotre.net

Nuestras respuestas fueron muy diversas, de acuerdo con la historia personal, política, religiosa o de las creencias de cada quien. Pero lo que esa primera pregunta puso de manifiesto era que, desgraciadamente y a pesar de todo lo avanzado, nuestro trabajo tenía todavía mucho tiempo de vigencia por delante, más allá de la moda.

Y parece que, 14 años después, la situación sigue sin mejorar, o incluso ha empeorado en algunos lugares o ámbitos de nuestra labor.

La ayuda al desarrollo de España ha tendido a decrecer en los últimos años. Ya nada es igual al momento en el que comencé a estudiar, cuando  se gestaba el llamado ‘estatuto del cooperante’ ), que nos reconocía como profesionales. Ese período en el que se quería llegar, poco a poco, con aciertos y fallos, al 0,7% de ayuda oficial al desarrollo, y por el que ya me manifestaba en las calles desde la época del instituto. Todo parecía crecer en el ámbito de la cooperación. Daba la sensación de que se necesitaban muchas personas motivadas para conseguir sus objetivos, y abundaban becas y oportunidades de formación en todo el país.

Pero las llamadas ‘crisis económicas’ son cíclicas. Mi familia, por ejemplo, sufrió con dureza la de principios de los 90. En cada una de ellas no sólo se reducen presupuestos o iniciativas sociales y políticas, sino que pueden llegar a nacer nuevos ricos y nuevos pobres. No hay país, desde mi experiencia entre los que he tenido la suerte de conocer en este trabajo, que sea la excepción. Todos los países avanzan y dan pasos atrás. La principal diferencia está en el grado de desigualdad que hay en una sociedad con respecto a otra, y que genera como resultado mayores grados de pobreza.

Por esto algunas acciones de cooperación vienen a sustituir ‘de facto’ la labor de los gobiernos para reducir las desigualdades, y por tanto pueden ser cuestionables. Sin embargo y a la vez, esta colaboración gobiernos-cooperantes es aún muy necesaria para evitar que las crisis y las violaciones de Derechos Humanos se sigan sucediendo. Miremos a los actuales flujos de personas refugiadas, o a los cambios drásticos en las relaciones de género en ciertos lugares, por poner sólo dos ejemplos. Frente a esas situaciones la cooperación tiene mucho todavía por hacer.

Mientras tanto, se siguen firmando declaraciones en conferencias internacionales y los países siguen adoptando acuerdos como los  Objetivos de Desarrollo Sostenible para lograr un mundo más justo e igual. Hemos de partir de estos compromisos internacionales para exigir avances y lograr cambios tangibles.

Por eso, hoy 8 de septiembre, en el llamado “día del cooperante”, quisiera resaltar la necesidad de mantener el entusiasmo por nuestro trabajo, sin perder la profesionalidad y valorando la aportación de nuestro colectivo. Pero sobre todo me gustaría llamar a la reflexión para analizar la raíz de los problemas y contribuir a generar un nuevo ciclo en España en el que la ayuda al desarrollo y la acción humanitaria sean pilares clave para asentar nuestro futuro.

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