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Dificultades no faltan: un viaje a República Dominicana

Si buscáramos dos palabras, un país o un ejemplo para describir la desigualdad, ésta tendría nombre y apellido: República Dominicana

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El barrio Simón Bolivar, junto a Santo Domingo, la capital de la República Dominicana. Imagen de Oxfam Intermón.

El barrio Simón Bolivar, junto a Santo Domingo, la capital de la República Dominicana. Imagen de Oxfam Intermón.

Doce años como voluntario en Oxfam Intermón dan para mucho. Pero un viaje a República Dominicana ha acabado con mis prejuicios sobre la naturaleza o la definición de la pobreza. Ahora pienso que la pobreza, como tal, quizá no existe. Lo que existe es la pobreza como consecuencia de la mayor lacra que nos invade en pleno siglo XXI: la desigualdad.

Y en República Dominicana todo son ejemplos. En un contexto de crecimiento económico continuo (el mayor de América Latina en los últimos cincuenta años), el nivel de desigualdad no sólo aumenta año tras año, sino que se respira por cada poro de la piel de este bello paraíso caribeño. Si a esto le unimos una presión fiscal descaradamente baja y le sumamos la casi nula aportación del gobierno en educación, sanidad o vivienda, obtenemos una situación insostenible que provoca un triste presente y, lo que es peor, un futuro incierto para millones de dominicanas y dominicanos.

Es quizá el tema de vivienda, lo que más me impactó en mi reciente viaje. Nuestra visita al barrio de Simón Bolívar, en la capital del país, me llenó de indignación, pero al mismo tiempo de admiración por sus gentes, que, pese a los obstáculos, siguen confiando en un futuro mejor. Obstáculos tales como que el 85% de la superficie urbana ocupada, carece de títulos de propiedad. O como que el déficit habitacional existente supone que este problema no sea considerado por la población enfocándolo como lo que es: el derecho a una vivienda digna para todas y todos.

Y el barrio de Simón Bolívar no es ajeno a esto. Graves carencias de saneamiento, electricidad o agua potable lo convierten en carne de cañón. Es el mejor ejemplo de barrio vulnerable (de tantos en República Dominicana). Barrios que se inundan gracias a los efectos de huracanes (el Mathew últimamente) y que favorece el hecho de estar al borde del rio que se lleva lo que encuentra a su paso. Barrios que emergen de la nada una y otra vez, sabiendo que es la única forma de sobrevivir: caerse y volver a levantarse.

Pero existe el derecho a soñar. Y ese derecho se lo han ganado las gentes de Simón Bolívar; niñas y niños que juegan descalzos ajenos a la cruda realidad; mayores que buscan ese futuro inmediato en forma de pescado recién capturado en ese río amenazante o de un puñado de frijoles con el que alimentar a los suyos; y ancianos que ni tan siquiera pueden decir aquello de “cualquier tiempo pasado siempre fue mejor”. Pero se lo han ganado. Gracias en parte a organizaciones como Oxfam Intermón o como Ciudad Alternativa, cuyo trabajo con juntas de vecinos, hacen posible crear infraestructuras tan básicas como un alcantarillado o unas escaleras.

No parece mucho. Pero en Simón Bolívar lo es. Y en ocasiones se diría que lo es todo. Los que fuimos a conocer esta realidad sabemos que sólo es un simple y pequeño avance. Pero somos conscientes que hasta la más larga caminata comienza con un simple paso. Y ese ya lo han dado las gentes de Simón Bolívar. Y nosotros junto a ellas.

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Alberto Gómez es voluntario de Oxfam Intermón en Vigo.

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