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Salir de la olla

La salud integral de las mujeres incluye la capacidad de acceder a los recursos para vivir una vida digna, con igualdad de oportunidades y exenta de todo tipo de violencias.

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Una rana sentada en el asa de una cacerola. © 2010 J. Ronald Lee. CC BY 2.0

Una rana sentada en el asa de una cacerola. © 2010 J. Ronald Lee. CC BY 2.0

Si ponemos a una rana en una olla con agua hirviendo, la rana inmediatamente intentará salir. Si ponemos a la rana en el agua a temperatura ambiente y no la asustamos, la rana se quedará tranquila. Cuando la temperatura se va elevando poquito a poco, la rana no hace nada, incluso parece pasarlo bien. Pero a medida que la temperatura aumenta, la rana está cada vez más aturdida y finalmente no está en condiciones de salir de la olla.

Recordando esta fábula, a veces me pregunto si las mujeres seríamos capaces de salir de la olla, o si somos un ingrediente importante en una cocción a fuego lento de más desigualdades.

Desde 1987, cada 28 de mayo se celebra el Día Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres . El derecho de las mujeres a gozar de salud integral a lo largo de toda su vida, es un derecho humano universal consagrado por el sistema internacional de derechos humanos. La salud integral incluye la capacidad de las mujeres de acceder a los recursos para vivir una vida digna (vivienda, educación, alimentación, trabajo, servicios de transporte, sanidad,…) , con igualdad de oportunidades (no discriminación en acceso al trabajo, igual salario por igual trabajo, poder de decisión, participación…) y exenta de violencias (físicas, psíquicas o estructurales).  

La salud de las mujeres y hombres es diferente y desigual y vivimos de forma diferente los procesos de salud y enfermedad. Que es diferente, por cuestiones biológicas, es obvio, comprensible y no debería presentar ningún problema si se tienen en cuenta estas diferencias cuando hablamos de garantizar la salud, es decir: mujeres y hombres no tenemos los mismos síntomas ante un problema (tampoco tenemos los mismos problemas), no enfermamos igual y podemos responder de forma diferente ante un tratamiento.

Pero que es desigual, también es muy evidente. Nos referimos a diferencias en salud que son innecesarias, injustas y evitables. El ordenamiento social de lo masculino y lo femenino aterriza también en unos sistemas de salud y políticas sociales con un claro sesgo de género; marca diferencias sustantivas entre los hombres y las mujeres no sólo en materia de riesgos y necesidades sociales y biológicas, sino también en cuanto a oportunidades, recursos y contribuciones a favor de la salud.

No podemos hablar de salud, ni vida digna ni igualdad de oportunidades si el 60% de las personas que padecen hambre crónica son mujeres y niñas, si el riesgo de pobreza de las mujeres es un 12% superior al de los hombres, o si las mujeres representan los dos tercios de las 796 millones de personas analfabetas del mundo. Tampoco podemos hablar de salud, si hasta un 70 por ciento de mujeres sufre violencia física y/o sexual a lo largo de su vida, o si cada día mueren unas 800 mujeres por causas prevenibles relacionadas con el embarazo y el parto.

Evidentemente, hay países en mejores condiciones que otros en temas de salud, pero no todo está garantizado y corremos el peligro de acomodarnos, como la rana dentro de la olla y, poco a poco, ser incapaces de percibir que aún queda trabajo por hacer o que incluso están limando ese bloque de derechos que tanto ha costado conseguir. ¿Seremos capaces de salir de la olla?

 

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