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Sueño con un país sin abuso sexual

Si me encontrara una varita mágica con la que erradicar uno de los problemas más graves que enfrenta la sociedad nicaragüense, probablemente elegiría la violencia sexual. Desde mis primeros años en Nicaragua, a inicios de los años 90, me fui dando cuenta que este país carga en sus entrañas el abuso sexual como una herida que está abierta y que se hace más grande en la medida que las niñas y niños siguen viviéndolo y callando.

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Las víctimas de esta horrible violencia son las niñas, niños y adolescentes, quienes generalmente guardan silencio por años, por el temor a que no les crean y les culpabilicen, o por la amenaza que ejercen los abusadores.

Como parte de una organización de mujeres, he visto pasar por el Grupo Venancia, muchas historias desgarradoras de mujeres que vivieron situaciones de abuso y que en la adultez se han ido reencontrando con su historia y sanando una parte que fue rota por abuso, la falta de apoyo y de castigo a los agresores.

Y es que en Nicaragua, la denuncia no garantiza que se haga justicia, pues se trata de un país donde reina la impunidad. Las familias, y en particular las madres, se quejan de falta de apoyo de parte de las instituciones del Estado para emitir y ejecutar órdenes de captura contra los agresores y realizar una buena investigación que permita que éstos sean condenados. Al contrario de lo esperado, se desestimula la denuncia y se ponen muchas trabas para llevar adelante el proceso legal, los múltiples trámites a realizar encarecen este proceso para las familias pobres convirtiéndose en una expresión más de discriminación. Todos estos obstáculos hacen que en muchas ocasiones las personas no puedan seguir con sus causas.

Hay otros factores que influyen en que no se denuncie, el miedo a las represalias de los agresores, las amenazas que penden sobre ellas por parte de los familiares de éstos y el estigma que muchas veces cargan las víctimas así como la falta de apoyo familiar y comunitario.

Los daños que causa el abuso sexual son múltiples, por ejemplo los embarazos en niñas, obligadas a ser madres como consecuencia de una legislación que penaliza el aborto en cualquier circunstancia. En octubre se cumplieron 10 años de la penalización total del aborto en Nicaragua, cuando se eliminó el Aborto Terapéutico que existía legalmente desde hacía 180 años. Un hecho que no tiene sentido en un país con 35 mil embarazos en menores de edad al año, con un vergonzoso primer lugar en América Latina.

Pero la vergüenza ante este problema no es sentida por el Estado, que se ha opuesto a brindar educación sexual científica y liberadora en el sistema educativo, la que podría contribuir a la prevención de los delitos sexuales dando a las niñas y los niños, adolescentes y jóvenes herramientas para detectar situaciones de abuso sexual a tiempo y saber qué hacer en estos casos, a la vez de prevenir embarazos no deseados y contribuir a la vivencia de una sexualidad placentera y responsable.

Tampoco se avergüenza el Estado de que Nicaragua sea un país con una sociedad tan machista y misógina, donde las desigualdades de poder entre hombres y mujeres crean grandes brechas que se transforman en discriminación, normalizan la violencia y la tolerancia social a los agresores.

Por el contrario, el propio Estado es promotor de una visión antiderechos, que se vio claramente en la historia de una niña de 12 años cuyo embarazo producto de violación fue manejado mediáticamente y cuando dio a luz fue anunciado por la primera dama Rosario Murillo, como “un milagro y un signo de Dios”.

Las que sí trabajamos para cambiar esta situación somos las organizaciones de mujeres, muchas de las cuales desarrollamos procesos de atención, acompañamiento directo con las víctimas y sobrevivientes, a la par, acciones de sensibilización a la población y denuncia pública de las injusticias por parte de las instituciones del Estado.

En los 25 años que tengo de haber llegado a Nicaragua he visto a muchas mujeres organizadas, con las que he compartido y con las que he hecho camino, ir construyendo poco a poco esa varita mágica que pasito a pasito ayuda a muchas mujeres a reconstruir su autoestima y superar los traumas que la violencia y el abuso sexual deja en sus cuerpos. La magia está en la fuerza, la justicia, la vida y el trabajo que realizamos todas por hacer de este país un lugar más justo para las niñas, niños y las mujeres.

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