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¿Qué dice y qué calla el informe del Banco Mundial sobre pobreza y desigualdad?

Es imposible conocer la desigualdad real si no acabamos con la opacidad de los paraísos fiscales. Es urgente que aflore lo mucho que aún sigue escondido.

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La desigualdad es la clave para luchar contra la pobreza. Imagen de Evan Kirby (unsplash)

La desigualdad es la clave para luchar contra la pobreza. Imagen de Evan Kirby (unsplash)

Sin mayores esfuerzos para reducir la desigualdad entre los que más tienen y el resto, no será posible acabar con la pobreza. Lo dice alto y claro el Banco Mundial (BM) en su nuevo informe sobre la evolución de la pobreza y la desigualdad, presentado en octubre en Washington. Pero podría decir más.

La  mejor noticia que el informe nos trae es, sin duda, que el porcentaje de personas que viven con menos de 1,90 dólares al día se ha reducido del 35% al 10,7% en los últimos 25 años. Sin embargo, las diferencias son notables según la región observada: mientras que en América Latina y Asia los avances han sido espectaculares, el 41% de la población en África subsahariana sigue viviendo en la pobreza más absoluta.

La mala noticia, no obstante, es que la desigualdad entre los que más tienen y el resto, dentro de un mismo país, ha aumentado en los últimos 25 años. Solamente 39 países de los 91 estudiados por el Banco Mundial tienen hoy menores niveles de desigualdad que antes. Además, confirma que, allí donde se ha medido, el crecimiento de las rentas del 1% más rico es mucho mayor que el de las rentas del 99% restante. Como resultado, 50 personas más se sumaron en 2015 al club de los que poseen un patrimonio superior a los mil millones de dólares. Es desolador saber que el 0,7% de la población posee ya el 45,7% de la riqueza mundial.

Es cierto que la desigualdad global en términos de renta –la diferencia entre los que más ganan y los que menos– se ha reducido, gracias especialmente a los avances logrados en India y China. Sin embargo, no hay lugar para la complacencia: ese país ficticio que sería el mundo, con un índice Gini del 62,5% en 2013, sigue siendo tremendamente desigual, al mismo nivel que países reales como Haití o Suráfrica. En efecto, aunque la economía mundial se ha más que doblado en los últimos 30 años, los datos demuestran que el reparto del pastel es injusto: mientras que el 10% de la población más pobre vio su renta aumentada en tan solo 65 dólares entre 1988 y 2011, el 1% más rico aumentó su renta promedio en más de 11.700 dólares.

Los datos son terribles, pero la realidad podría ser aún peor. El propio BM repite hasta la saciedad que el método utilizado para la medición de la desigualdad infravalora las rentas de la población más rica, por lo que el nivel de desigualdad es seguramente aún mayor que lo que el informe muestra. Necesitamos, por tanto, que gobiernos e instituciones como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y las Naciones Unidas redoblen sus esfuerzos para lograr mejorar la disponibilidad de datos relativos a la desigualdad, poniendo el foco donde más problemas hay: la medición de las rentas de los más ricos y de la riqueza que éstos acumulan. Como demuestran los sucesivos escándalos de Luxemburgo, Panamá o Bahamas, es imposible conocer la desigualdad real si no acabamos con la opacidad de los paraísos fiscales. Es urgente que aflore lo mucho que aún sigue escondido.

Pero la principal advertencia del informe es que, dado el contexto de bajo crecimiento económico que cabe esperar en las dos próximas décadas, no será posible lograr los objetivos de reducción de pobreza acordados en los Objetivos de Desarrollo Sostenible si no se logra redistribuir mejor las rentas y las oportunidades dentro de los países.

En España, por ejemplo, la renta del 10% más rico equivale a 1,14 veces la renta del 40% más pobre. Y aunque el Banco Mundial lo diga con la boca casi cerrada, es necesario añadir que el objetivo de una mejor distribución de la renta implica un mejor equilibrio en las relaciones de poder. La desigualdad que existe entre el 1% más rico y el 99% restante supone un riesgo para la salud de nuestras democracias cuando las élites económicas logran que las reglas del juego se dicten en beneficio propio , y a expensas del resto.

Es por ello que es bueno que el BM reconozca que el crecimiento de la desigualdad no es inevitable, sino la consecuencia de las decisiones que toman los gobiernos. Los estudios de caso de países como Brasil, Tanzania o Camboya, contenidos en el informe, así lo demuestran. Adoptar medidas de protección social para no dejar en la cuneta a las personas más vulnerables, asegurar que recibimos un salario decente por nuestro trabajo, garantizar el derecho de acceso a la vivienda, la educación y la salud, o luchar contra la discriminación que sufren las mujeres son vías seguras y factibles para la reducción de las desigualdades. ¿Que cómo se paga todo eso? El Banco Mundial tiene la teoría clara: luchando contra la evasión y la elusión fiscal, y haciendo que los que más tienen paguen más impuestos que el resto.

En realidad, poner a las personas en el centro de las decisiones que toman los gobiernos para lograr que vivamos en sociedades más justas es mucho más simple de lo que en ocasiones nos quieren hacer ver . O se quiere o no se quiere. Y nos corresponde, como ciudadanía –y tantas veces como haga falta– exigir que se deje la retórica y se pase a la práctica.

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