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¿De verdad no hay sillas para todos?

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Imagen del proyecto 'Los 12 mexicanos más pobres', de Oxfam México.

Imagen del proyecto 'Los 12 mexicanos más pobres', de Oxfam México.

 “ La desigualdad no es como un fenómeno meteorológico”, dice José María Vera, “ni es un mandato divino. Lo que estamos viendo en Latinoamérica es algo escandaloso”, continúa. Estamos en un seminario sobre eso, sobre desigualdad en América Latina, y el director de Oxfam Intermón va encadenando ejemplos y datos que muestran y explican por qué esa región está a la cabeza… o a la cola más bien. Y es que si en el mundo los 62 mayores millonarios tienen lo mismo que el 50% más pobre de la población, en América Latina basta con 32.

Mientras le escucho, me acuerdo de lo que me contó una vez una mujer mexicana, Susana. Como en su casa no había lugar para que todos se sentaran, y con el fin de convertir esta cotidiana desgracia en algo que hiciera disfrutar y no sufrir a los más pequeños, realizaba a la hora de comer el rito del juego de la silla, fingiendo una alegría exuberante que estaba lejos de sentir. México es el país de Susana pero también el de Carlos Slim, con cuya fortuna se podrían comprar sillas para las posaderas de toda la humanidad y parte de los extraterrestres, si es que estos tienen trasero.

Susana es indígena, de Oaxaca pero emigrada desde niña a la ciudad de México, donde aprendió a leer sola y a buscarse la vida limpiando casas igualmente sola. Pienso en otros indígenas con mucha menos suerte o iniciativa que ella. La desigualdad en América Latina los mantiene en el escalón más bajo, no sólo en ingresos, sino en todo lo que está ligado a ello. De los 45 millones de indígenas, muchos viven en la marginación, y esto lleva al alcoholismo, la depresión o el suicidio. Leo  en un documento de la CEPAL que desde hace varios años “ se observan en la región cifras alarmantes en el número de suicidios de niños, adolescentes y jóvenes indígenas en la Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Nicaragua, Paraguay y Venezuela”. Leo en ese mismo documento que las enfermedades castigan mucho más a los indígenas, como si el tiempo no hubiera pasado. Por ejemplo, la tuberculosis. En Antofagasta (Chile) afecta a 8 de cada 100.000 no indígenas, pero a 57 de cada 100.000 indígenas.

La relación entre desigualdad y política fiscal es obvia. Leoncio, un campesino de la República Dominicana, nos lo explica a su manera, quizá ausente de matices pero clara como el agua: “ Los ricos no pagan impuestos, porque los ricos son amigos del gobierno. Hay ricos que pagan, pero muy pocos. Ellos tienen todos los servicios que merece el ser humano: agua, buenas calles… de todo reciben los ricos. Están en la esfera de arriba, ya usted sabe cómo ellos se manejan. A veces no lo vemos,  pero los campesinos y la gente marginal son los que llevan a los gobiernos al poder”.

Chema Vera cita a Leo para abundar en que la batalla contra la desigualdad es uno de los ejes centrales en la guerra contra la pobreza. Las r aíces de esta desigualdad en América Latina beben de los oligopolios, las industrias extractivas, la concentración de la tierra o los problemas de acceso al agua. Todo bien regado con unas políticas fiscales que pueden resumirse no en dos sino en un mandamiento: la riqueza no tributa. Exenciones y exoneraciones para beneficios empresariales, propiedades inmobiliarias, rentas del capital o ingresos no salariales. Los maestros del escapismo fiscal tienen el viento de cara en América Latina, así que hay que soplar fuerte en la dirección contraria.

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