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“La decisión de qué Estado de bienestar queremos la deben tomar los ciudadanos con sus votos”

Entrevista a Ignacio Conde Ruiz, uno de los autores de Economía de urgencia, un libro en el que seis economistas responden a las dudas de estudiantes de bachillerato sobre economía y finanzas

"No se ven señales que anticipen que seamos capaces de crecer a tasas suficientes para crear empleo neto de forma sistemática"

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La crisis ha hecho que los términos económicos se cuelen en los salones, en la cola del supermercado o en la barra del bar y que la salud de la prima de riesgo, las terroríficas siglas del ERE o el papel de los mercados se conviertan en el tema central de muchas conversaciones. Pero ¿están claros los conceptos? En Economía de urgencia, seis economistas de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea), bajo el seudónimo de Jorge Juan, responden a las dudas de estudiantes de bachillerato sobre esos términos que escuchan pero no llegan a poder definir.

El economista José Ignacio Conde Ruiz / M.G.

El economista José Ignacio Conde Ruiz / M.G.

“Hemos intentado mantener el rigor académico, y en varios casos no nos ha quedado más remedio que reconocer que para muchas preguntas no tenemos respuestas, ni nosotros, ni nadie”, señala Ignacio Conde Ruiz,  uno de los autores, subdirector de Fedea y profesor de la Universidad Complutense.

Con la crisis, la economía se ha colado en nuestra vida cotidiana y la gente comienza a hacerse preguntas. ¿Falta educación económico financiera en España?

Decir que la educación económico financiera es baja no retrata la situación real. La situación real es que hay una gran confusión. Se trata de asegurarse de que la gente tenga la oportunidad de acceder a un debate de calidad en los medios y que resulte fácil discriminar entre quién sabe de qué habla y quién no lo sabe. En este aspecto creo que los medios de comunicación españoles tienen una asignatura pendiente. En muchos casos únicamente se hacen eco de posturas ideológicamente opuestas que hacen pensar al público que, en la economía, el relativismo ideológico es normal. En realidad, no es así.

Ven los recortes como algo inevitable porque hay que reducir el déficit. ¿Hay formas de hacerlos de forma menos traumática? ¿Podría ayudar que fueran de una manera menos drástica?

Nosotros en el libro lo que decimos es que hay una restricción presupuestaria: no puedes gastar más de lo que ingresas. En el caso de España, la recaudación sobre PIB es de las más bajas de Europa, con un 36%, y es completamente insuficiente para financiar el gasto público actual. No entramos a defender una postura concreta, pues desde el punto de vista de la economía no está claro qué tipo de Estado de bienestar es el mejor. Pero sí sabemos con total certeza que, si pagas los impuestos que se pagan en EEUU, no puedes aspirar a tener un Estado de bienestar a la europea, con sanidad y educación públicas. La decisión de qué Estado de bienestar queremos la deben tomar los ciudadanos con sus votos. Una vez decidido esto, los ingresos tienen que ser suficientes para financiarlo. Este es el debate que, en mi opinión, deberíamos estar teniendo.

En el libro se habla de la devaluación interna de la economía. Parece que la única manera en la que estamos mejorando la competitividad es bajando sueldos. ¿No habría que apostar más por la innovación tecnológica y la eficiencia en las empresas?

A todo el mundo le gustaría tener un modelo de crecimiento basado en actividades de alto valor añadido, con trabajadores cualificados y salarios altos. Pero no nos podemos engañar. Ojalá en un futuro sea así. Pero para conseguirlo deberíamos mejorar mucho la educación, la gran olvidada de esta crisis, y esto llevará años. 

El tema de la devaluación interna vía salarios hay que matizarlo. Tenemos una parte de la economía sujeta a la competencia exterior y, dado que no podemos devaluar el tipo de cambio, como con la peseta, la única vía es hacerlo bajando los costes de producción. Muchos de los que se oponen a la bajada de costes para competir luego, como consumidores, compran el bien más barato y no el equivalente nacional más caro.

Al mismo tiempo, tenemos otra parte de la economía que no está sujeta a la competencia exterior. Son servicios como la telefonía, la energía, el transporte o los servicios locales. En ausencia de competencia empresarial, la bajada de salarios no garantiza descenso de precios. Sabemos que cuando las empresas se pueden organizar libremente forman cárteles para coordinarse y fijar los precios más altos posibles, aquellos que maximizan sus beneficios. Por todo ello, la devaluación interna a través de salarios solo será efectiva si se garantiza la competencia entre las empresas. Y tengo la sensación de que miramos demasiado los costes laborales sin atender a la competencia. Esto es un error.

Respecto al tema del empleo, explican en el libro que son partidarios de un contrato único con una indemnización por despido creciente. ¿Sería este un paso en la solución de los problemas del mercado laboral?

No tengo la menor duda de que el contrato único sería de gran ayuda en este momento. El poco empleo que se está creando es gracias a la contratación temporal. Algunos de los que se oponen a este contrato se asombran o se quejan, pero ¿qué esperaban? Ha sido así desde prácticamente el inicio de la democracia. Al final, no es justo que un tercio de los asalariados viva en la más absoluta precariedad. La flexibilidad es fundamental para que las empresas puedan sobrevivir en un mundo cada vez más globalizado. Y, por lo tanto, hay que redistribuir la seguridad en el empleo. Y un contrato único bien diseñado no tiene por qué reducir el coste agregado por despido que pagan las empresas. Además de injusta, la temporalidad es ineficiente y cara.

¿Habría que cambiar la prestación por desempleo?

No creo que este sea el momento de reformar las prestaciones por desempleo, ahora es el momento de mejorar las políticas activas. Tenemos seis millones de parados, de los cuales cerca de 3,5 millones no tienen los estudios obligatorios. Es urgente y necesario formarlos y ayudarles a buscar el empleo. El tiempo aquí es crucial, o el paro de larga duración será crónico, y mejorar las políticas activas es realmente una prioridad.

Algunas de las respuestas del libro pueden chirriar a los lectores: “Lo que nos toca es dar marcha atrás en algunas cosas, trabajar más, ganar menos y sentar una base industrial para crecer en el futuro”. Cuando el salario anual más frecuente está alrededor de los 15.500 euros, según datos del INE, ¿en qué sostienen esta afirmación?

La economía nos dice que el salario que percibe un trabajador tiene que ser igual a lo que aporta a su empresa, a su productividad. Esta es una de las reglas de la economía. Yo creo que es entendible que ningún empresario contratará a un trabajador por un salario superior a lo que aporta. Por lo tanto, la afirmación no es generalizable: algunos salarios subirán y otros bajarán. El problema que tenemos actualmente en España es que muchos de nuestros parados no tienen acabados los estudios obligatorios y cuentan con experiencia laboral en sectores sin futuro, como la construcción. Está claro que estos trabajadores, o bien se reciclan o bien, cuando les contraten y hasta que adquieran la experiencia profesional en el puesto de trabajo, no van a tener una productividad muy alta, y, por lo tanto, el salario tampoco puede ser alto. Es a esto a lo que nos referimos.

El último capítulo del libro se titula Cómo será el futuro. ¿Estamos en el camino hacia la luz o todavía queda mucho por hacer?

Lo que nos dicen los datos es que la economía ha dejado de caer, y esto ya de por sí es una buena noticia. Pero, por desgracia, no se ven señales que anticipen que seamos capaces de crecer a tasas suficientes para crear empleo neto de forma sistemática. Estos indicadores serían la inversión, la creación de empresas, el crédito o la producción industrial, entre otros, y estos, que serían los auténticos brotes verdes, no dan señales de fortaleza. En otras palabras, saldremos de la crisis cuando llegue la inversión en capital productivo para contratar a nuestros desempleados. Y para ello aún quedan reformas pendientes importantes como la reforma fiscal.

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