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Las desventuras de un prisionero español en Mauthausen, un "tuit-libro" gratuito

La portada de la cuenta de Twitter desde la que Antonio Hernández Marín retransmitía su 'encierro'

El 21 de enero buena parte de la comunidad tuitera se quedó sorprendida ante los mensajes que empezaba a escribir un español que permanecía cautivo en un campo de concentración nazi. Su nombre era Antonio Hernández Marín y su perfil, @deportado4443, mostraba su foto real e indicaba que estaba tuiteando desde Mauthausen, en el año 1940. Tras el desconcierto inicial, miles y miles de internautas decidieron entrar en ese agujero temporal para seguir el relato descarnado y pormenorizado que ofrecía el prisionero murciano.

A lo largo de tres meses y medio, @deportado4443 describió las torturas y crímenes cometidos por los SS, el hambre y las penurias que tenían que soportar los prisioneros, la muerte en las cámaras de gas, las cenizas y el humo que escupía noche y día la chimenea del crematorio... Antonio Hernández se convirtió en este tiempo en el portavoz de los más de 9.300 españoles y españolas que pasaron por los campos de la muerte de Hitler.

La experiencia se prolongó hasta el pasado 8 de mayo, día en que Antonio Hernández se despedía de sus ya más de 45.000 seguidores narrando la liberación del campo y la incertidumbre que se abría para los supervivientes españoles que no podían regresar a la España de Franco.

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Muere uno de los últimos españoles de Mauthausen

Eduardo Escot, prisionero español de Mauthausen

Un fallo cardiaco ha acabado con la larga vida de Eduardo Escot, un zapatero que amaba la lectura y que dedicó su vida a luchar por la libertad de España y de Europa.

Durante más de 4 años Escot logró burlar a la muerte en el campo de concentración de Mauthausen.

Siete décadas después de la liberación, su último deseo, tal y como él mismo narra en esta última entrevista, no era una medalla o un acto de homenaje, simplemente quería que se conociera la verdad:

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España debe asumir su culpa en la deportación de 9.000 compatriotas que acabaron en campos nazis

José Alcubierre junto a la fotografía que le hicieron los SS en Mauthausen

España debe, de una vez por todas, asumir su pasado y reconocer, sencillamente, que fue tan culpable o más que Alemania y Francia en la deportación a los campos de concentración nazis de todos estos hombres y mujeres. Ese es ya el único y, sin duda, el mejor homenaje que podemos brindar a nuestros deportados. Y esa es la reflexión que desarrollamos en este último post de El Holocausto Español.

Es 5 de mayo. En todo el país se conmemora el Día de la Deportación Española. En los colegios e institutos se han programado exposiciones, proyecciones de vídeos y conferencias para que nuestros jóvenes conozcan todo el horror por el que pasaron más de 9.000 compatriotas. Los chavales volverán a emocionarse y a horrorizarse con el manto de muerte e intolerancia con que el fascismo cubrió toda Europa.

En las últimas semanas, sus profesores les han explicado las razones por las que Hitler, Mussolini, Pétain y Franco provocaron tanto horror y generaron tamaño sufrimiento. Estos jóvenes saben que, aunque son historias del pasado, están más vigentes que nunca. Solo hay que mirar al Amanecer Dorado que muchos desean que "ilumine" Grecia o al Frente Nacional que crece, cada día, más allá de los Pirineos, para darnos cuenta de que la amenaza sigue sobrevolando nuestras cabezas.

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El amargo baúl de los recuerdos de la deportación española

Neus Català y Esteban Pérez con sus uniformes rayados de Ravensbrück y Mauthausen

En el fondo de los cajones de sus viejas pero luminosas casas, los pocos supervivientes españoles de los campos de concentración nazis conservan pequeños tesoros. Son verdaderas piezas de museo a las que, sin embargo, este país no les ha dado valor alguno.

A través de ellos se pueden reconstruir 9.000 historias de lucha, ideales, compromiso, sufrimiento, muerte y abandono. En numerosos museos de Austria, Alemania, Polonia, Holanda, Bélgica o Francia encontraremos decenas de estos objetos y fotografías.

Aquí, solo un puñado de asociaciones y fundaciones sin ánimo de lucro se han preocupado por conservar algunos de ellos en lugares con nulas ayudas, escasos medios y, por tanto, poco conocidos. A siete días de que se cumpla el 70 aniversario de la liberación de Mauthausen, hemos intentando concentrar en 13 imágenes, ese amargo pero necesario contenido del baúl de la deportación española.

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Gran homenaje a los deportados españoles... en Francia

José Alcubierre durante el homenaje celebrado en Ruelle

Suena el viejo timbre en casa de la familia Perea en Hendaya. Pili se levanta como un rayo para abrir la puerta. Ella y su madre, María, saben perfectamente con quién se encontrarán al otro lado de la puerta: «Es el asistente del alcalde que viene a hablar de lo de papá». El sonriente funcionario rechaza educadamente la invitación a pasar, va directo al grano y señala el lugar en que el ayuntamiento piensa instalar la placa. Con él está Floren, el verdadero artífice de esta iniciativa.

Junto al resto de miembros de la asociación “La Ilusión” de Zarautz se ha conjurado para conseguir, como primer objetivo, sacar del olvido a los 70 guipuzcoanos que acabaron en los campos nazis. De momento ya han colocado 4 stolpersteine, o placas de la memoria, en la puerta de las casas en las que vivieron otros tantos deportados de Zarautz, Rentería y Pasajes. Las stolpersteine, que surgieron en Alemania en los años 90 para rendir tributo a las víctimas del holocausto, han colonizado otras naciones como Austria, Italia y Holanda. En España, tan solo Barcelona ha seguido el camino iniciado por "La Ilusión" de Zarautz.

Mientras explica por qué prefiere que la placa sea fijada en la pared y no en es suelo como marca la tradición, Pili vuelve a sonreír. No lo hacía desde que su padre murió el pasado mes de julio. Tras 96 años de larga vida, dos guerras en las que defendió la libertad de España y de Europa y cuatro años de durísimo cautiverio en Mauthausen, Luis Perea se marchó sin hacer ruido, convertido en humo y cenizas, como sus más de 5.000 compañeros asesinados en los campos nazis. El luchador manchego nunca fue homenajeado en su pueblo natal, Socuéllamos. Esa espina la sigue teniendo Pili clavada en lo más hondo de su corazón: «He escrito varias veces al ayuntamiento pero ni siquiera me han contestado. Yo quería que recordaran a los siete vecinos de ese pueblo que acabaron en los campos nazis. ¡No solo a mi padre! ¡Los siete merecen ese homenaje! Pero…».

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Aliados y soviéticos ¿Libertadores o villanos? (y II) El "camarada" Stalin

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Stalin y Hitler fueron aliados durante los primeros dos años de guerra

El 23 de agosto de 1939 los comunistas europeos se sintieron desconcertados por el movimiento estratégico de Stalin. Una semana antes de que Hitler iniciara la ocupación de Polonia y diera comienzo oficialmente la Segunda Guerra Mundial, la URSS y Alemania suscribieron en Moscú el llamado "Tratado de No Agresión". El Führer había conseguido el objetivo que le faltaba para lanzarse a la invasión de Europa, contar momentáneamente con la complicidad soviética y, por tanto, tener garantizado que su ejército no se vería obligado a combatir simultáneamente en dos frentes.

Stalin, por su parte, dio este pragmático paso por varias razones. En primer lugar, despreciaba a las democracias europeas, a las que consideraba igual de enemigas que a las naciones fascistas. Once meses antes, en septiembre de 1938, había tenido que ver cómo los primeros ministros francés y británico se habían retratado junto a Hitler y Mussolini durante la firma del Tratado de Múnich. Este acuerdo, que bendijo la invasión alemana de los Sudetes, se hizo de espaldas a la URSS. El escenario geopolítico del momento demostraba que cada país iba por libre, al margen de su ideología. El objetivo era sobrevivir y situarse en una buena posición para sacar tajada o perder lo menos posible en el reparto de Europa que estaba por llegar. Tras la afrenta de Múnich, Stalin se cobró su venganza en Moscú.

El pacto germano-soviético contenía un anexo secreto que solo se conocería al finalizar la guerra. En el documento, que constaba de siete puntos, Hitler y Stalin habían acordado repartirse Europa y, de hecho, trazaban detalladamente las fronteras que delimitaban las respectivas zonas de influencia. Nueve días después de su firma, las tropas alemanas entraban en Polonia y provocaban la declaración de guerra por parte de Francia y el Reino Unido. Stalin, como era de esperar, no hizo nada salvo dar un giro de 180 grados en su estrategia de propaganda. En la URSS y en la órbita de los partidos comunistas europeos, la guerra se definió como un conflicto imperialista en el que las naciones capitalistas se enfrentaban por intereses puramente económicos. Eso sí, el 17 de septiembre Stalin empezó a “cobrar” por su complicidad con el Reich: ese día ordenó a sus tropas invadir la zona de Polonia que no había sido ocupada por Alemania. La propaganda comunista vendió esta acción como una campaña de liberación del pueblo polaco que había sido abandonado por sus gobernantes. Excusas similares se dieron dos meses más tarde, cuando el Ejército Rojo inició la frustrada invasión de Finlandia. A finales de junio de 1940, mientras Hitler se dejaba fotografiar por su aparato de propaganda frente a la Torre Eiffel, Stalin culminaba la anexión de las repúblicas bálticas y de parte de Rumanía.

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Aliados y soviéticos ¿Libertadores o villanos?

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Los prisioneros de Mauthausen reciben a las tropas aliadas

«No hubo ninguna intención de terminar con los campos. La prioridad nunca fue la de rescatar a las víctimas». Estas duras palabras vienen de alguien que tiene toda la legitimidad para arrojarlas: Jack Fuchs, un escritor judío que estuvo internado en Auschwitz donde tuvo que ver cómo sus padres y sus dos hermanas eran asesinadas en la cámara de gas. El análisis de los hechos y también de los documentos de la época, demuestran que la acusación de Fuchs no es, precisamente, fruto de un calentón. Quien miente, algo oculta. Este sencillo axioma nos lleva a pensar que la actuación de los líderes aliados no fue tan heroica como nos consiguieron hacer creer.

  Excusa y mentira nº1: «No sabíamos lo que pasaba»

Para acallar algunas críticas que surgieron tras la guerra, los dirigentes estadounidenses y británicos afirmaron no conocer, hasta mediados de 1944, lo que ocurría en el interior de los campos de concentración. Una afirmación falsa, ya que desde diciembre de 1942 el presidente Roosevelt tenía sobre su mesa un detallado informe elaborado por el Congreso Judío Mundial en el que se explicaba lo que ocurría en los campos de exterminio de Polonia: «Trenes enteros cargados de niños y adultos judíos son masacrados en los enormes crematorios de Oswiecim (Auschwitz). Casi dos millones de judíos de Alemania y de los países ocupados por Hitler ya han sido asesinados», se decía textualmente en ese documento.

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Simone Vilalta: prisionera en Ravensbrück

En compañía de Pilar, hija del deportado Luis Perea, conocemos a esta veterana luchadora. Simone Vilalta, miembro de la Resistencia francesa, fue detenida por los alemanes en abril de 1943. Tras un breve paso por dos cárceles nazis, fue enviada al campo de concentración de Ravensbrück. Allí sus compañeras prisioneras la cuidaron y le hicieron un valioso regalo del que sigue sin desprenderse.

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Los empresarios de Hitler y el negocio de los campos de concentración

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Prisioneros de Mauthausen transportan piedras para la construcción del campo

El adjetivo "fanático" es el que más se ha empleado en la historia para definir a Hitler y al amplio grupo de lugartenientes que dirigieron el destino de la Alemania nazi. Sin embargo, hay otro calificativo mucho menos utilizado que resulta igual de imprescindible para explicar su estrategia política y militar. Hitler y el resto de su camarilla eran grandes "hombres de negocios". En sus mentes pesaban más el dinero y las cuestiones económicas que su deseo de exterminar a los judíos. Su modelo de capitalismo fascista, pese a estar basado en una fuerte intervención estatal, resultó muy atractivo para los empresarios alemanes y también para importantes magnates extranjeros, principalmente estadounidenses.

Las SS crearon sus propias empresas para beneficiarse del trabajo esclavo de los millones de prisioneros capturados por el ejército alemán. La DEST y la DAW fueron las dos más destacadas. El objetivo de Himmler era que, gracias a estas compañías, las SS pudieran jugar un papel predominante en la economía alemana, incluso en el escenario de paz que se abriría tras la guerra. 

Hacer negocio a cualquier precio

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Francia concede la Legión de Honor a los deportados españoles. ¿Y aquí? Mirando para otro lado

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Pierrette posa junto a la foto de su marido, el deportado José Sáez Cutanda

Suena el teléfono en una pequeña casa de las afueras de París. La anciana que atiende la llamada nota como su mano comienza a temblar mientras su interlocutor le da la noticia. Aunque trata de evitarlo, las lágrimas recorren su rostro curtido por una larga y durísima vida. Tras un breve silencio consigue recuperar su voz, lo justo para responder con un escueto: «Merci». La emoción y el llanto contenido dan paso a una amplia sonrisa. Pierrette se siente profundamente feliz. Desde que murió su marido, el deportado español José Sáez Cutanda, ella colabora activamente con la Amicale française de Mauthausen. Uno de sus compañeros acaba de anunciarle la buena nueva: el Gobierno francés se ha puesto en contacto con la asociación para comunicarle que ha decidido conceder la Legión de Honor a todos los deportados españoles que permanecen con vida.

 «Estoy muy ilusionada preparando el dossier con los nombres y direcciones de todos nuestros deportados. En cuanto lo tenga, se lo enviaremos al Gobierno francés» me dice Pierrette. «Son pocos porque la mayoría ya ha muerto. Pero más vale tarde…». La anciana no olvida que otros españoles ya fallecidos recibieron en su día esta misma distinción o alguna otra condecoración por parte del Gobierno y el Ejército galo. «En España, en cambio, son los grandes olvidados. Mi José nunca tuvo ni siquiera un homenaje. En 2006 hicieron un acto en Albacete para recordar a los deportados de esa provincia, pero él ya había muerto».

Víctimas de la transición, de la cobardía y del pragmatismo

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