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EXTREMADURA

Marta Álvarez, ayuda a refugiados en Atenas: “Sentirme útil fue lo que me enganchó”

“No me siento voluntaria pero intento ser su comodín”

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refugiados Atenas

Marta Álvarez es psicóloga y artesana nacida en Badajoz. Tiene 31 años y vive en Atenas desde febrero de 2017 atendiendo a los chicos de la calle. Los considera su familia, la mayoría son “singles”, jóvenes de 18 a 30 años solteros que llevan en Grecia una media de un año y que han perdido su red social y familiar.

Proceden de Afghanistán, Siria, Marruecos, Argelia, Senegal… No son sólo refugiados (personas con derecho a solicitar asilo) algunos son migrantes, han salido de su país por diferentes motivos, no necesariamente por ser perseguidos. Marta prefiere llamarles “desplazados”. Es consciente de la urgencia de algunos casos de chicos que necesitan cirugía especializada por las secuelas de la guerra. Su expediente debe tramitarse cuanto antes, su proceso burocrático y legal no puede durar tanto como el de otros jóvenes, pero Marta no cree en las fronteras, por eso se permite trabajar con todos, porque cree en la igualdad de oportunidades y derechos.

No se define como voluntaria aunque llegó a principios de año con una amiga para trabajar como independientes huyendo de la rigidez de las grandes organizaciones humanitarias que están muy sujetas a las normas del estado. Querían trabajar de otra forma, así acabó colaborando en varios squats (14 edificios ocupados en el centro de Atenas para dar techo a más de 2000 familias y singles), dio clases, organizó la ayuda que llega al almacén de Ellenikós etc como hacen la mayoría de voluntarios pero se le acababa el tiempo y veía que podía hacer mucho más.

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Vino dos semanas a España, reunió algo de dinero -“no se vende tanta artesanía pero vivo con muy poco”- y se instaló en el barrio de Echarkia, zona por la que deambulan a cualquier hora del día muchos desplazados y voluntarios. “Sentirme útil fue lo que me enganchó”. Creía que estarían hartos de tantos voluntarios yendo y viniendo pero los encontró abiertos, agradecidos y confiaron en ella. “Buscan apoyo y una relación recíproca”.

A largo plazo, Marta quiere montar un servicio de atención psicológica y de salud mental pero “ellos están en ‘stand by’, solo quieren que esto pase cuanto antes, tienen crisis de ansiedad, no saben cómo encajar su situación, necesitan atención especializada pero no son conscientes de ello. Cuando derribas esa supuesta distancia profesional y pasas ciertas barreras emocionales, ellos confían y te cuentan su historia donde les pilla, en una plaza, en el parque…no es una consulta al uso, yo me adapto a sus ritmos y a sus tiempos. Por eso comprendí que mi misión estaba en la calle. Voy acumulando información y recursos para poder ayudarles, soy su comodín”. Sigue varios casos de cerca, comparten el proceso, les acompaña en cada trámite y situación, “al pasar la barrera te conviertes en su familia y ellos en la mía”.

Mirada de niña

Lo que le hizo cambiar el chip fue llorar por cómo la miraba una niña afghana y por la dureza de la historia que le confió su madre. Cuando ésta le pidió perdón por haberla puesto triste, algo cambió dentro de Marta. Ese día decidió saltarse las distancias profesionales, se acabó la relación asimétrica, se conectó de igual a igual, emocional y afectivamente “porque eso es lo que ellos necesitan, tener una red de apoyo”.

Los activistas griegos del barrio de Echarkia la han invitado a unirse a manifestaciones varias veces pero ella no ha participado, tiene claro que no ha ido Grecia para meterse en política. Sin embargo es consciente de que la policía y las autoridades la tratan bien por ser europea, la ven incluso ingenua pero a ellos, a los chicos (su familia) los tratan mal “son irrespetuosos, altivos. ‘Alodapon’ es como llaman los griegos a los extranjeros y hay una gran diferencia de trato, “en el centro de internamiento para indocumentados no hay ni siquiera patio, tras el juicio son deportados o reciben la ansiada “White-card” que es el primer paso del larguísimo proceso de petición de asilo”.

Para Marta la solución a esta crisis pasa por la libre circulación de personas y la apertura de fronteras pero también por el fin de la industria armamentística, aunque es consciente de que los intereses económicos del negocio de la guerra y el tráfico de personas impiden que esto ocurra de momento. “Quien hace la ley, hace la trampa, la falta de vías seguras propicia las mafias”.

Su familia ahora mismo está formada por un pakistaní, un marroquí, un sirio y un afghano. Aunque no hablen el mismo idioma se adoran entre ellos y han aprendido a turnarse con las tareas cotidianas porque comen juntos en casa de Marta. Alguno todavía duerme en la calle, está intentando buscarle techo mientras se gana su confianza.

Nuestra artesana de ojos negros y mirada serena no se vendrá hasta que todos ellos hayan resuelto su situación pero ha vuelto unas semanas a Badajoz para trabajar en su puesto de artesanía. Después volará al centro de Atenas de nuevo, a sus calles, donde tantas personas siguen llegando con la esperanza de que Europa les abra sus puertas.

 

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