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EXTREMADURA

Opinión

Educación concertada en Pionyang

“Se precisa de mucha relajación moral para instrumentalizar a 25.000 niños de primaria y secundaria en defensa de tus intereses o/y tu ideología, y sacarlos al patio a exhibirlos junto a las pancartas que previamente les has hecho escribir”

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Colegio Santa Teresa de Badajoz apoyando a la escuela concertada en la Lectura del Manifiesto de Escuelas Católicas / @FSIExtremadura

Colegio Santa Teresa de Badajoz apoyando a la escuela concertada en la Lectura del Manifiesto de Escuelas Católicas / @FSIExtremadura

Me había pasado inadvertido, pero me lo recordó, el otro día, un perspicaz compañero: la jornada reivindicativa de la escuela concertada del pasado miércoles fue lo más parecido que se pueda ver por aquí a las típicas demostraciones de adhesión incondicional a una idea o un líder.

Se interrumpieron las clases, se hizo formar a los alumnos en el patio – la mayoría de uniforme y con globos blancos –  y, tras la lectura del consabido manifiesto, se ordenó a los niños soltar los globos mientras restallaban los flashes de la prensa y los aplausos. Una coreografía perfecta. Y una muestra, no menos acabada, de falta de escrúpulos e impotencia por parte de los promotores de la protesta. 

Digo falta de escrúpulos porque se precisa de mucha relajación moral para instrumentalizar a 25.000 niños de primaria y secundaria en defensa de tus intereses o/y tu ideología, y sacarlos al patio a exhibirlos junto a las pancartas que previamente les has hecho escribir.

Y esto va tanto por los directivos y equipos docentes como por los padres que lo permiten. Y, por supuesto, por todo aquel que manipula a los niños y adolescentes, sea por la causa que sea, para intentar legitimar con la más abyecta demagogia sus particulares reivindicaciones. 

Se dice que los niños dicen siempre la verdad. Pero la verdad que revelaban sin decirla estos niños sacados de sus aulas para hacer de mobiliario escénico en la trama de sus mentores no era la que estos desgranaban en su discurso, sino otra bastante más simple y luminosa: la verdadera impotencia de aquellos que ven, con lógica preocupación, cómo se van acumulando razones y datos para justificar una progresiva, pero necesaria e inevitable, desaparición de los conciertos educativos.

No lo duden: sacar lo niños a la calle es una prueba inequívoca de que alguien se ha quedado sin argumentos, y de que solo le queda apelar a los sentimientos que puedan inspirar miles de chicos uniformados soltando globos al unísono. 

Porque las razones y los datos están ahí. No hay forma ni coreografía de niños capaz de ocultarlos. En primer lugar, el número de nacimientos – ya de por sí muy bajo – en Extremadura descenderá en los próximos 15 años, según todas las previsiones, en torno a un 20%. Una tendencia muy difícil de revertir.

Dado que el descenso de ratios profesor/alumno tiene, obviamente, unos límites (no solo económicos, también pedagógicos), en un momento u otro habrá que tomar decisiones en orden al principio de eficiencia y racionalización del gasto público que establecen tanto la ley como el sentido común. 

En segundo lugar, los conciertos educativos no son una suerte de derecho constitucional ni nada remotamente parecido, sino una simple medida política establecida, hace poco más de 30 años, para resolver un problema logístico (la falta de plazas, en ese momento, en la escuela pública) que ya está prácticamente resuelto. Luego, como es lógico, son estos conciertos los que hay que suprimir progresivamente, una vez que ya no se necesita el “auxilio” de la educación privada para satisfacer la demanda de escolarización. 

Pero, en tercer lugar, y contra toda lógica, la educación concertada (la subvención estatal de colegios privados) – algo casi inexistente en Europa – se ha extendido durante todos estos años (crisis incluida) pasando, en algunas comunidades, a copar en torno al 50% de la oferta educativa (y a concertar, incluso, niveles no obligatorios, como el bachillerato).

Esto es algo absolutamente incomprensible e inaceptable, incluso desde una lógica puramente empresarial. La educación privada puede competir todo lo que quiera (¡faltaría más!) con la pública. ¡Pero no subvencionada con el dinero de todos! 

En cuarto lugar, la educación concertada, en la mayoría de los casos (y con muy honrosas excepciones), no ejerce por sí misma (colectas aparte) más labor social y de integración de colectivos desfavorecidos (como dice la ley que debería hacer) que la de favorecer que tales colectivos se integren – mejor – en la escuela pública.

Es eso lo que algunos directivos de colegios concertados recomiendan a los solicitantes de plaza, o lo que indirectamente promueven pidiendo pagos “voluntarios” para actividades extraescolares o mediante otras estrategias más o menos subrepticias.  No se olvide que el objetivo (y el reclamo comercial) de la mayoría de los colegios privados es el de educar élites (y por lo mismo, y ya de paso, cimentar y aumentar la desigualdad social).   

En quinto lugar, es rotundamente falso que el artículo 27 de la Constitución establezca que el Estado deba sufragar económicamente la educación privada en nombre del derecho a la libertad de elección de los padres. Lo que el famoso artículo afirma es que “los poderes públicos garantizarán el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”.

Y a fe que lo hacen, tal como debe hacerlo el Estado. De un lado, manteniendo la pluralidad ideológica que se le debe exigir a la escuela pública (en la que, entre otras cosas, se oferta religión y moral católica desde primaria hasta el bachillerato). Y, de otro lado, permitiendo – dentro del respeto a los principios constitucionales – la libertad de creación de centros docentes (que no tienen porque ser empresas que cobren tasas prohibitivas para, de paso, seleccionar así a su alumnado – que es obviamente, y como todo el mundo sabe, lo que se hace en la mayoría de los colegios privados – ).   

Porque – y esto no se nos puede olvidar – sí en algún lugar hay falta de libertad ideológica es, precisamente, en las escuelas concertadas religiosas (que son la inmensa mayoría), en las que el ideario confesional del centro es inculcado de mil maneras, se quiera o no, a los alumnos, y en las que la elección del profesorado no obedece a criterios objetivos o científicos (como ocurre en la escuela pública), sino a las preferencias ideológicas y subjetivas de los propietarios del colegio. 

En unas desvergonzadas y recientes declaraciones a Canal Extremadura Televisión, una representante de CONCAPA (Confederación Católica de Padres de Alumnos), Macarena Muñoz, afirmaba con desparpajo que una de las razones para no eliminar conciertos era la educación de la capacidad crítica y la no manipulación de los alumnos que – según ella –  aseguraban las escuelas privadas concertadas...

Para muestra – habría que replicarle –  los 25.000 niños de primaria y secundaria del pasado miércoles formados en los patios (¡por supuesto que por propia iniciativa!) para aplaudir un discurso como el suyo (¡seguro que en un alarde de entusiasmo espontáneo y pensamiento crítico!). Visto lo visto, supongo que la señora Muñoz se refería a la educación de la capacidad crítica, sí; pero a la de Corea del Norte.

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