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GALICIA

ENTREVISTA | Antón Costas, economista

"Le doy a la competencia un valor social que la izquierda no sabe ver"

Antón Costas (Vigo, 1949) presidió el Círculo de Economía de Barcelona, donde reside, pero vuelve regularmente por su casa natal, en la que reflexiona sobre Cataluña, la lengua o cómo los entierros en Galicia son “una extracción de rentas de familias pobres

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Antón Costas, en un momento de la entrevista en su casa natal en Vigo

Antón Costas, en un momento de la entrevista en su casa natal en Vigo PRAZA PÚBLICA

Antón Costas nació en 1949 en lo que entonces era el rural de Vigo, en la parroquia de Matamá, pero a comienzos de los 70 emigró a Barcelona, donde de la mano de Fabià Estapé entró de profesor en su universidad, en la que es catedrático de Economía Aplicada. Costas presidió el Círculo de Economía de Barcelona, tuvo cargos de responsabilidad en Endesa y es accionista y miembro de consejos de administración de varias empresas. Se define a sí mismo como economista neoclásico, “defensor del mercado” pero crítico con la deriva del capitalismo y el incremento de la desigualdad, posturas que viene exponiendo en sus numerosos libros, en los que la historia económica tiene una importante presencia. Cada verano vuelve por su casa de Matamá, ahora absorbida por la ciudad, donde se realiza esta entrevista.

¿Cómo se define usted como economista?

De formación neoclásica. Pertenezco a lo que es para bien y para mal el núcleo central de la metodología en economía. Lo que sí que tengo por formación es una dimensión más importante que la convencional en términos de historia económica. ¿Como definirías neoclásico? Pues la corriente de la economía que cree que los actores económicos tienden a ser racionales en sus decisiones. Pero tengo una visión mayor que la corriente más estrecha que es la que ve la racionalidad en términos estrictamente económicos, de maximización del beneficio. A veces, cuando doy conferencias en ambientes que se puede suponer que son muy activistas y hago crítica del capitalismo, como en el último libro, en algún momento de mi intervención meto la cuña: no, no se confundan, yo soy economista formado en la corriente principal de la economía y por lo tanto defensor del mercado como mecanismo importante, no exclusivo. Y un economista que le da un valor social muy elevado a la competencia, un valor social que la izquierda en general no sabe ver. Muchos de los problemas que padecemos en este momento no son consecuencia del mercado, digámoslo así, sino más consecuencia de la aparición de un tipo de capitalismo monopólico, concesional. Puedes llevarlo a lo más pequeñito. Cuando voy a Vigo y tengo que aparcar como un ciudadano cívico en los lugares en que está permitido, y tengo que pagar, no entiendo por qué se me hace pagar en vez del tiempo que yo quiero un tiempo mucho más largo. Esa es una concesión en régimen de monopolio que hay ahí. O cuando murió mi padre, hace seis meses. Cuando mi hermano me dijo lo que había costado enterrar a mi padre en ese monopolio que hay ahí, en el tanatorio. Él quería ser enterrado como lo que siempre fue, como un obrero. Nada de cajas... [hace gestos de exageración]. Cuando mi hermano me pasó los datos de lo que significó... eso es una extracción de rentas de familias pobres por parte de un monopolio. Cuando hablo del valor social de la competencia hablo de cosas también de este tipo.

Su último libro, La nueva piel del capitalismo (Galaxia Gutenberg, 2016), lo escribió con el también catedrático vigués Xosé Carlos Arias, que tuvo una corta experiencia en 2003 como concejal en el gobierno local del PSOE encabezado por el ex juez Ventura Pérez Marino. ¿No valoró nunca usted entrar en política?

No. Fui, por decirlo así, líder estudiantil en Barcelona en la primera mitad de los 70. Se suponía que acabaría haciendo política. De hecho, en mi promoción están [los ex ministros de Aznar] Josep Piqué o Anna Birulés. Se suponía que el político en aquella época iba a ser yo y la realidad es que fueron ellos. La política me gusta analizarla y estar cerca de ella, pero nunca me llamó como para ser un actor protagonista. Sí que estuve en varios momentos cerca de ella y se me hicieron proposiciones, nunca de forma directa para ser ministro, pero sí tres veces de una forma indirecta. Hasta salí en La Vanguardia como secretario de Estado. Pero nunca me tiró. Siempre mantuve la condición de académico y, en la medida en que era compatible, otro tipo de dedicaciones, como asesoría a algunos políticos muy próximos como Ernest Lluch [ministro de Sanidad con González asesinado por ETA en 2000].

¿En qué tres momentos le ofrecieron esos puestos políticos?

Pues tanto del PSOE como del PP. En el momento en que estaba Lluch, con Piqué y alguna insinuación posterior también.

¿Cuánto se influye en política desde los puestos que usted ocupó?

Nunca tienes la información cierta de en qué medida pudiste influir en determinadas decisiones, que son finalmente el efecto de muchas influencias diversas. Probablemente sólo aquel que firma los decretos, las leyes, puede decir que tuvo una influencia directa. Yo estuve detrás de Lluch especialmente en los años 80 en decisiones de política social que creo que fueron muy importantes para España como la ley de sanidad universal [Ley 14/1986, de 25 de abril, General de Sanidad]. Pero en modo alguno puedo decir que tuve influencia en ese tipo de decisiones. Las decisiones colectivas son como una lluvia fina.

Hablaba de la importancia de la competencia, pero de manera recurrente estamos viendo en distintos niveles de las administraciones públicas cómo se convocan concursos a los que materialmente sólo puede concurrir una empresa, procedimientos de contratación a dedo y monopolios de facto que siguen siendo subvencionados. En esas circunstancias, ¿en qué medida no es mejor una gestión directa de las administraciones que una falsa liberalización que supone un mayor beneficio para esas empresas privilegiadas?

Podríamos pensar ahora en el aeropuerto de Barcelona. ¿En qué medida no es mejor que la propia administración responsable de la seguridad en el aeropuerto, AENA, no haga directamente esa labor? Creo que en muchos casos tiene sentido. También desde el ámbito de la empresa somos conscientes de que algunos de los procesos de externalización probablemente en algunos casos nos pasamos. Pierdes conocimiento y capacidad de control sobre actividades que pueden ser importantes en tu cadena de valor. En la misma manera puedes aplicárselo a las administraciones en la medida en que son prestadoras de servicios y actividades económicas. Pero yo aquí no soy capaz de hacer una ley general. Tendría que ir a cada caso concreto y mirar esa actividad y esa capacidad de la administración. Desde la reforma laboral de 2012 lo que hicieron las administraciones es que para reducir el coste de algunos de sus servicios los externalizaron, porque en esas empresas podías bajar el coste que no podías bajar a través de los salarios de los empleados públicos. Frente a eso, en otras administraciones de países liberales, como Estados Unidos, en este momento, hay una tendencia, no diría general, pero sí en estados como California, que están imponiendo la norma de que toda empresa que contrate con la administración tiene que tener condiciones laborales similares a las de los empleados de la propia administración que las contrata. Barcelona está pensando en eso. En la medida en que las funciones de la administración en general crecieron tanto, tampoco creo que fuera posible que todas esas actividades nuevas que desarrolla el Estado se pudiesen hacer desde los propios servicios públicos. Sería gigantismo. Creo que en el ámbito de la sanidad tiene sentido algún tipo de externalización y algún tipo de colaboración público-privada, pero hay que examinar cada caso concreto.

Contra esa falsa liberalización, ¿qué puede hacer la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia?

Más bien qué no hacemos nosotros con la Comisión, que es darle apoyo. No tenemos la conciencia, desde el punto de vista ciudadano, de que instituciones de ese tipo sean muy importantes para nuestro propio beneficio. Ahora una institución que está haciendo un buen trabajo es la Airef [Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal, que supervisa la sostenibilidad de las finanzas públicas].

¿Qué va a pasar en Cataluña el 1 de octubre?

El escenario de un referéndum normal no lo habrá. El escenario de una consulta tipo 9-N, tampoco lo habrá. Probablemente en algún pueblo saldrá alguna urna, pero no habrá lo que era la ambición de los convocantes de la consulta.

¿Y a partir de ahí?

Hay dos planos, el del comportamiento de los actores políticos y el de la sociedad. Como un economista que analiza la oferta, qué le están proponiendo a la sociedad, a los consumidores, los partidos y las fuerzas políticas catalanas. Y por otro lado, la demanda de los consumidores. En Cataluña hay un malestar social equivalente al resto de España, especialmente a partir del 15-M de 2011. Ese malestar que explota en España no tanto por la crisis sino por la llamada política de austeridad, que rompe el contrato social en la medida en que afecta a dos partidas muy importantes para la vida de las personas como son la sanidad y la educación. Pero en Cataluña se le suma ese elemento adicional que es la frustración que produce la sentencia del Tribunal Constitucional unos meses antes, en 2010. Una es la dimensión social, la de la ocupación de la Plaza de Catalunya, donde no verás banderas independentistas. Esa es la dimensión social, la que agrupa a Ada Colau, a Barcelona En Comú, a Catalunya Sí que es Pot. Es equivalente a la del resto de España. Pero en Cataluña había una utopía disponible para aquel que quisiera levantarla que era la idea de independencia. En el malestar social que se produce en 2011 y 2012 en Cataluña, combinado con la crisis y las políticas del propio gobierno de Artur Mas, que fue el primero que aplicó la noción de austeridad, antes que Rajoy, emerge una dimensión específica de ese malestar que es la demanda independentista. Curiosamente quien levanta la bandera del independentismo no son los partidos nacionalistas tradicionales, Convergencia o Esquerra Republicana, sino un movimiento sociopolítico muy efectivo que es la Assemblea Nacional Catalana, que no son los partidos nacionalistas. La manifestación del 11 de septiembre de 2012 es la expresión de ese sentimiento. En la medida en que se va avanzando en el tiempo y la situación política se va complicando, hay esa convergencia. ¿Qué va a pasar después de 1 de octubre? Ese malestar va a permanecer en Cataluña durante mucho tiempo. En las elecciones autonómicas que se celebrarán de forma inmediata, no sé si en un mes, dos meses o tres meses, el resultado va a determinar la respuesta. Y de nuevo ahí hay que ir no tanto a los partidos, a la oferta, sino a la demanda, a los ciudadanos. ¿Qué pueden hacer los ciudadanos en esas nuevas elecciones? Probablemente va a permanecer la división en Cataluña entre ciudadanos proclives a una cierta expresión de soberanía o independencia y ciudadanos que van a mostrar un deseo de cambio en Cataluña y España pero no por la vía independentista. Probablemente va a permanecer muy equilibrado. Pero donde creo que va a haber grandes cambios es dentro de cada uno de los dos grupos. En el más nacionalista y soberanista, Convergencia va a quedar bastante residualizada, por debajo del 10%, y la hegemonía va a pasar a Esquerra. Si eso es así, creo que va a haber cambio en la política catalana. Porque va a tener que tomar en consideración por un lado que no hay mayoría independentista, que eso fue lo que no tomaron en consideración las fuerzas independentistas. Sustituyeron la mayoría de votos [directos de los ciudadanos] por una mayoría parlamentaria que quedará afectada después de las próximas autonómicas. A partir de ahí habrá una dinámica política diferente, pero no me atrevo a decir en qué será diferente esa dinámica.

A usted suelen preguntarle por el conflicto identitario en Cataluña. ¿Cómo ve la situación en Galicia?

No la conozco tan bien. Vengo mucho a esta casa, que es donde nací. Si sumo, casi tres meses al año. Pero no tengo un conocimiento de la política gallega como para poder expresarme. Lo que miro es que una persona como [el presidente de la Xunta, Alberto Núñez] Feijóo tiene un apoyo en términos de votos muy amplio y no miro señales que me hagan pensar que vaya a haber una alteración muy fuerte de esto.

¿Percibió en algún momento que el idioma propio fuese un problema para el crecimiento económico de Cataluña?

Las lenguas no tienen un efecto negativo sobre el crecimiento, en todo caso lo tienen positivo. Soy accionista y miembro del consejo de administración de una empresa que utiliza únicamente el idioma gallego en sus productos, que es Bodegas Terras Gaudas. Sus botellas van por el mundo adelante en gallego. Crecemos bien. Creo que la lengua no lo tuvo [efecto] en Cataluña, por mi experiencia personal, profesional, vital y social. El malestar autonomista político catalán yo me atrevería a decir que tiene menos que ver con la dimensión económica que con otros elementos que son sentidos como agresiones inexplicables, que es en el ámbito de la lengua y de la enseñanza. La Ley Wert [LOMCE, 2013] fue un ataque estúpido a una competencia que estatutariamente pertenece al gobierno catalán. Y la idea de que la escuela catalana es un nido, un instrumento de fabricación de independentistas, es una chorrada. No dudo de que hay personas, familias, que se pueden sentir en ocasiones agredidas. Pero que eso no es un problema social en Cataluña es indudable. Los asuntos pendientes sobre esta cuestión en la justicia, si se fallan con un sentido de Estado, pueden hacer un gran favor a la convivencia social y política en Cataluña.

¿Por qué el gallego no se usa tanto como el catalán en el ámbito empresarial?

Probablemente porque no se usa tanto en el ámbito social. No miro por qué motivo hay que pedirle a las empresas que sean más activistas en este sentido que la propia sociedad. Se usa bastante más que cuando yo era joven. Estudié en Peritos [Industriales en Vigo] y aquí no había ninguna clase en gallego excepto la de Xaime Isla, que era en las conversaciones con él, pero no en la propia clase, que era en castellano. Tiene que venir más de la sociedad que de la empresa.

En una  reciente entrevista dijo que en España no sólo falló la supervisión del sistema financiero sino que también “dejaron de funcionar otros mecanismos reguladores, como la prensa o los sindicatos”. ¿Qué hicimos mal los periodistas?

En la vida tienes que analizar las conductas en el marco de las situaciones en que se producen, porque si no es una crítica genérica. Los años 90, especialmente la segunda mitad, y los primeros años de este siglo, fue una época de gran confianza, en el funcionamiento de la economía y en términos sociales amplios. Todo parecía funcionar bien. En ese escenario los economistas fuimos poco críticos, poco incisivos en que estaban ocurriendo cosas que no eran sanas a medio plazo. Y creo que en el ámbito de la prensa también. Todos fuimos menos exigentes. Cuando le sacas ahora ese medio ambiente, ese clima de confianza, de pronto ves cosas que eran evidentes. Si miras los balances de algunas instituciones financieras, es evidente que no eran sostenibles. ¿Por qué no fuimos todos, no sólo los reguladores, más incisivos? Esa es la crítica no sólo a los periodistas sino a todos aquellos actores de la vida social y política que quizás tenemos un poquito más de responsabilidad en lo que es el análisis cotidiano de las cosas. Si tengo que dar una explicación, no es tanto basada en la avaricia de los responsables financieros, sino el conjunto del sistema en ese clima de confianza.

Usted es crítico con los populismos, que vincula a la crisis económica. Pero en Galicia si algo ha influido en la política de los últimos siglos es el caciquismo.

Soy columnista en El País, La Vanguardia y El Periódico de Cataluña. En La Vanguardia es donde el perfil es más político y lo vengo argumentando en mis artículos . El término populismo, como pasa con otros como el de capitalismo, llega un momento en que no es útil para nada. Antes de iniciar una conversación tienes que decir qué significa para ti. Para mí es aquella conducta política o social que tiende a destruir las instituciones de intermediación entre el poder político o el líder y el pueblo. La constitución de los Estados Unidos comienza diciendo “nosotros el pueblo”, por lo tanto no me asusta la palabra pueblo, porque pueblo conjuga con democracia. Me asusta cuando es usada por personas que quieren tener la relación directa con el pueblo pero que no haya instituciones intermedias, ni prensa, ni sistema judicial, ni asociaciones de ningún tipo. El miedo es este.

Usted fue alto cargo de Endesa. La producción eléctrica con un fuerte peso de las renovables es una de las especializaciones económicas de Galicia pero hay voces que dicen que no se está beneficiando todo lo que debería de ese hecho. ¿Qué opina?

Se podría decir lo mismo de Cataluña si se habla de energía nuclear. No nos beneficiamos del hecho de que tenemos en Cataluña las principales fuentes nucleares. Yo creo que está más relacionada con la cuestión de recursos naturales. Ese es un debate que lo miro muy atrás, en aquellas épocas de Fenosa, Barrié de la Maza y su relación con Franco. Cuando miro la economía gallega, que no soy experto en ella, no tiendo a pensar en una economía especializada en fuentes de energía eléctrica. No vinculo el dinamismo de la economía gallega, ni pasado, presente o futuro, con la generación de electricidad, ya sea con fuentes tradicionales o renovables. La capacidad de crecimiento y generación de riqueza está más relacionada con la estructura productiva más amplia. La generación de energía eléctrica, mirando al futuro, lo miro más como un problema ambiental que como una fuente específica de bienestar. La energía afecta a esas otras actividades básicamente por la vía de los precios, de los costes.

Más que su puesto en Endesa, su gran ocupación vital es como profesor universitario. ¿Cómo ve la educación en Galicia y su influencia en la economía?

La dotación de recursos culturales, educativos y de habilidades profesionales a las personas de un territorio es esencial en primer lugar para ellas mismas, para el capital humano. La expresión es muy economista pero creo que tiene sentido. La inversión que una persona hizo en su pasado en términos de habilidades, capacidad de comprensión y análisis, empatía, es muy importante para su propio desarrollo. Y es un elemento importante para el dinamismo de la economía. Pero habría que hacer una salvedad. La educación es muy importante para el futuro de las personas y de la economía, pero la educación no es hoy por hoy la estrategia de crecimiento que precisa la economía gallega o española. Esos más de dos millones de personas, y el porcentaje equivalente en Galicia, que hay en España de parados de larga duración. Tú no puedes pensar que la educación es la estrategia para darles un futuro. En términos más generales, y hablando más desde fuera que desde dentro, frente a la crítica que se hizo de la dispersión universitaria en Galicia, quitándole a Santiago el monopolio que tenía y extendiendo la educación universitaria, se dotó a los ámbitos económicos de Galicia de instrumentos muy potentes. Hoy, y no es un problema solo para Galicia, nos hace falta un conocimiento útil. El I+D gallego, como el del resto de España, y ahí los vascos probablemente lo hicieron mejor, hasta llegar a la crisis corría en paralelo lo que se hacía en las universidades con lo que se hacía en el ámbito de las empresas, pero no había puentes, conexiones. Probablemente porque no era muy necesario ni para la empresas ni para la propia universidad en la medida en que tenía fondos públicos para investigar pensando más en la publicación y en los resultados puros. La crisis crea un espacio de colaboración necesaria. Las empresas cada vez más somos conscientes de que sin ese componente genérico de I+D no puedes tirar para adelante, y por otro lado la restricción de recursos presupuestarios en las universidades hace a estas mirar hacia las empresas. La necesidad crea una virtud. Estamos en un buen momento para buscar un conocimiento útil.

¿Cómo ve el sector financiero gallego?

Un desastre. Una pena. El tiempo nos hará conscientes de que las cajas de ahorros eran instrumentos muy importantes tanto en la financiación familiar, especialmente hipotecaria, como en la empresarial, especialmente de pequeñas y medianas empresas gallegas. Pero en tercer lugar las cajas representaban una especie de segundo estado del bienestar, a través de lo que era la obra social. Y hasta diría, en cuarto lugar, que las cajas de ahorro eran en Galicia un instrumento muy importante para la integración financiera de los pobres. En todo pueblo gallego, incluso en Matamá que es una parroquia, había una sucursal de una caja. La crisis de las cajas llevó consigo una caída tremenda de oficinas especialmente en los pueblos más pequeños. Hay riesgo de pérdida de la integración financiera de los pobres. Hay que tener cuidado con este aspecto. Con estos cuatro aspectos, la crisis de las cajas gallegas es un drama económico y puede ser un drama social. Las razones ya nos llevan a otro terreno.

Desde Cataluña suele criticarse el AVE gallego, como se denomina en parte a la electrificación y modernización de una red ferroviaria obsoleta. ¿Qué dice al respeto un gallego-catalán?

Primero le pondría matices a ese “desde Cataluña”. No creo que todos los ciudadanos o todos los políticos de Cataluña hagan esa crítica. En todo caso, cuando esa crítica llega desde Cataluña hay que enmarcarla en una más general, que llega hasta Valencia. Cuando miras que todo ese eje ferroviario mediterráneo no tiene doble vía ni AVE, puede tener un cierto sentido la crítica general a la política ferroviaria en España. Pero no creo que sea en particular a Galicia. En segundo lugar, en España creo que no tiene mucho sentido económico y social una política de infraestructura ferroviaria pensada en alta velocidad, no en velocidad alta, ámbitos en los que hay una diferencia muy elevada en términos de costes y no tanto de tiempos. En una sociedad que no es rica, a la hora de invertir los recursos escasos que tienes, tienes que pensar en qué otras inversiones serían más rentables socialmente. Si somos el segundo país del mundo detrás de China en kilómetros de alta velocidad, es que algo estamos haciendo mal. Pero volviendo al inicio, no encuentro desde Cataluña una crítica específica al AVE de Galicia. En la medida en que se hizo una política ferroviaria de alta velocidad en España, Galicia y el País Vasco tienen que tener líneas de alta velocidad. ¿Que no son rentables desde el punto de vista económico? No. Tampoco lo es la catalana o la andaluza. Pero el problema desde que se tomó aquella decisión no es de rentabilidad económica. La velocidad alta que hay entre A Coruña y Vigo puede tener consecuencias a largo plazo muy importantes en la economía gallega. El problema de Galicia para su crecimiento es que no tiene una gran ciudad. Cataluña es Barcelona, el resto es dependiente. Cuando analizas el crecimiento económico de los países ves que el tamaño de las ciudades es muy importante. Si Estados Unidos crece en términos medios un poco más que Europa se debe al mayor tamaño medio de sus ciudades más importantes. Y no crece China, crecen 17 ciudades chinas. En Galicia, una ciudad que tuviese desde hace tiempo medio millón de habitantes o más sería un buen elemento. No la tenemos, pero probablemente ahora esa unión ferroviaria ayudará.

Prepara usted nuevo libro. ¿Qué puede adelantar?

Saldrá a finales de septiembre y se titula El final del desconcierto. Un nuevo contrato social para que España funcione. El contrato se basaba en que los que van bien hagan algo por los que van mal. Y en que los que no creen en la economía de mercado la acepten porque también da beneficios. Pero aumentó la desigualdad y, si le das un hachazo a la sanidad y la educación, la situación se agrava. El desconcierto es que se disolvió ese contrato.

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