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El primer robot arqueólogo es catalán (y mola más que Indiana Jones)

El Harrison Ford de los robots nació en España, en la Universidad Autónoma de Barcelona, aunque sus 'padres' de adopción son italianos. Su trabajo es investigar los lugares más peligrosos, aquellos a los que un humano no podría acceder. La Unión Europea apuesta por ellos (en realidad son varios, de diferentes tamaños y funciones), pero también son bienvenidos en las pirámides egipcias o mexicanas.

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Una idea española da vida a robots arqueólogos que se utilizan actualmente como instrumento en yacimientos históricos

Una idea española da vida a robots arqueólogos que se utilizan actualmente como instrumento en yacimientos históricos

En 2005, Juan Antonio Barceló escribió una historia de ciencia ficción – 'A science fiction tale? A robot called Archaeologist'. Imaginó un futuro en que las máquinas serían inteligentes, capaces de hacer cosas igual o mejor que los humanos. Un futuro en que los robots pudieran, incluso, convertirse en arqueólogos, y sustituir a los Indiana Jones de carne y hueso.

Este investigador español, de la Universidad Autónoma de Barcelona y presidente de la Asociación Española de Arqueología e Informática, planteó el escenario como una provocación intelectual, para generar debate. Y vaya si lo consiguió: muchos pensaron que su idea mandaría a cientos de arqueólogos humanos a la cola del INEM.

Por aquel entonces, lo que no pensaba el investigador era que, diez años después, serían muchos los proyectos que usarían robots arqueólogos gracias, en gran parte, a su idea.

Del español a los robots egipcios, mexicanos o italianos

Muchos proyectos de arqueología se sirven de drones, que consiguen información desde el aire con unas perspectivas que no se pueden lograr desde un andamio; de autómatas capaces de hacer prospecciones marinas o de robots capaces de explorar galerías subterráneas, catacumbas y sepulturas. Son proyectos muy repartidos geográficamente, desde las pirámides de Egipto hasta México pasando por Italia. Barceló tuvo la idea y otros (muchos otros) la han hecho realidad.

El  proyecto Rovina, desarrollado sobre todo entre Italia y Alemania, es uno de ellos. Cuenta con el apoyo de la Unión Europea para desarrollar programas, piezas de 'software', que se han utilizado ya en catacumbas de Roma como la de Santa Priscila. Han inspeccionado el terreno, han tomado datos y lo han mapeado, según explica a  HojaDeRouter.com Cyrill Stachniss, uno de los coordinadores del proyecto. Están todavía en una fase muy inicial; por eso se dedican especialmente a analizar lugares de fácil acceso, a modo de prueba, para luego adentrarse en otros que para el ser humano son inaccesibles.

Otro ejemplo es el de Tlaloc II-TC, un robot mexicano que ha explorado el Templo de Quetzalcóatl, una pirámide de seis niveles situada a 30 kilómetros de la Ciudad de México. Gracias a su trabajo, ahora puedes explorar tú mismo el templo 'online', desde la comodidad de tu casa.

Restos del pasado italiano, egipcio o mexicano pueden analizarse hoy gracias a los nuevos robots autómatas

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¿Por qué es necesario utilizar robots?

Actualmente se utilizan robots en casi todos los ámbitos de la arqueología, pero no imagines androides con forma de humano hechos de plástico y cables. Los hay de muchos tipos, y sobre todo se encargan de automatizar el proceso de observación. “Nosotros siempre insistimos en la necesidad de robotizar ese proceso, uno de los más importantes”, explica Barceló.

Un robot, por ejemplo, es capaz de comprender la complejidad tridimensional de un sitio gracias a escáneres en 3D: capta la realidad y la convierte en geometrías con las que, después, los profesionales pueden trabajar más rápido. Un robot puede completar en horas o días las complejas operaciones matemáticas que un humano, tal vez, tardaría años en resolver.

Los robots sirven también para localizar posibles yacimientos, usando visión satelital o recorriendo decenas de kilómetros sobre ruedas. “Una persona no podría hacerlo”, asegura a este medio Vittorio Amos, otro de los coordinadores del proyecto Rovina. Además, cuando un arqueólogo humano excava un yacimiento, el sitio queda destruido y todos los datos que no se hayan guardado, se pierden. Si la excavación se instrumentaliza, la totalidad de la información arqueológica se conserva con una buena resolución, en 3D y con colores reales. Barceló asegura que, gracias a esto, después pueden 'excavar' de nuevo las veces que necesiten.

¿Miedo a perder el trabajo?

Ningún arqueólogo debería tener miedo a este tipo de tecnologías. No van a perder su empleo porque sus funciones se automaticen, todo lo contrario: las acciones que ahora llevan a cabo los robots antes se realizaban con otras máquinas, como las cámaras de fotos. Si se utilizan autómatas no es por reducir salarios, es por seguridad. Hay lugares donde los humanos no deben trabajar porque son demasiado peligrosos.

Las medidas de precaución se toman, sobre todo, en cuevas o ambientes subterráneos. Antes de que una persona acceda al entorno, debe de ser explorado por la máquina. Vale para cualquier situación arriesgada: lugares con paredes o techos derrumbados o con posibilidad de caerse, sitios que desprendan materiales tóxicos o que puedan dañar la salud de una persona. Por eso son los Indiana Jones del S.XXI.

“Al final estas máquinas se emplean para las tareas más peligrosas, oscuras, sucias y lentas”, explica Vittorio Amos. En todo caso, el trabajo de un robot está supervisado totalmente por el equipo humano. Solo es un instrumento más, y "este tipo de robots son muy tontos", añade Barceló.

No obstante, el español entiende el miedo que pueden tener algunos compañeros de profesión: los arqueólogos cobran poco dinero y una de las pocas posibilidades que tienen los jóvenes para introducirse en el sector es dedicarse a labores de campo, precisamente las que suelen llevar a cabo los robots.

Algunos profesionales temen que estas nuevas tecnologías acaben por sustituirles

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Inimaginable la arqueología sin arqueólogos

Cada robot puede estar activo hasta seis horas. Cuando su batería se acaba, solo hay que sustituirla. Fabricarlos no es barato (puede rondar los 40.000 euros), pero sale rentable por el trabajo que realizan y sigue siendo menos costoso que cualquier dispositivo de medición profesional, según afirman los expertos. “Incluso un escáner para analizar el terreno puede ser más caro que un robot”, asegura Stachniss.

Los investigadores aseguran que es impensable que un robot sustuya a un arqueólogo

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Depende de los humanos que el patrimonio histórico se siga conservando, pero los robots se han convertido en un aliado fundamental para cumplir esta misión. Son temerarios, nunca se amedrentan y resuelven los problemas más complejos con pasmosa facilidad. Definitivamente, son los Indiana Jones contemporáneos.

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Las imágenes utilizadas para este artículo han sido cedidas a HojaDeRouter.com por los investigadores del proyecto Rovina

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